Próximo




Escribía ayer acá sobre el amor y el teatro y, en esa línea de causalidades que Buenos Aires siempre teje, terminé el día con el privilegio de asistir a uno de los ensayos de Próximo, la nueva obra de Claudio Tolcachir que se estrena la semana próxima en el Sarmiento. Fue una de esas pasadas donde ya todo late a buen ritmo y el tono es afinado pero se sabe que aún puede haber cambios, que cualquier cosa que suceda en este tiempo, en esos ensayos abiertos a público amigo y curioso, puede modificar, no la sustancia del trabajo, pero sí, quizá, su alquimia. Pocas cosas se disfrutan más, y de casi nada se aprende tanto, como de esa fragilidad de los elementos que constituyen una puesta donde todo está siendo probado.

Próximo aborda uno de los temas más complejos de este futuro insólito en el que nos encontramos: nuestra identidad virtual, ese compendio de información que depositamos online sobre el que se proyecta una ilusión desdibujada de nosotros mismos, ilusión que, no pocas veces, alcanza para enamorarse. ¿Y qué es hoy el amor? ¿De qué nos enamoramos cuando el otro no sólo es un extraño, sino que ni siquiera está? Ya no parece haber dudas sobre el hecho de que podemos enamorarnos sin conocer el olor o el sabor de nuestro amado. Alcanza con la voz, ya se manifieste por escrito o en infinitas conversaciones que la tecnología facilita obviando geografías y husos horarios.

Pablo y Elián se conocen así. Son dos entre millones de conectados que se encuentran y eligen. Los dos están solos a su modo. Pablo, como inmigrante ilegal en Australia y Elián, rodeado de esa soledad del actor de teleserie de moda para quien el argumento de cada episodio pesa más que el de sus días. “No tengo amigos”, afirma convencido e insolente. El tiempo confirmará su certeza.

Nada contaremos sobre el argumento, pero nos detendremos en las actuaciones para destacar la organicidad y generosidad de sus actores. Perotti es conocido por lo rotundo de sus creaciones y acá, una vez más, concibe una criatura sensible cuya fragilidad está a flor de piel. Sus gestos y miradas componen un personaje profundo y entrañable. Marín, español, será un hermoso descubrimiento para el público porteño. El arco dramático de su personaje evoluciona desde el insufrible niño bien al hombre que, de la noche a la mañana, se ve obligado a crecer definitivamente. Ambos comparten esa gracia del pensamiento vivo capaz de habitar cualquier silencio. La dirección los mantiene ocupados en el desafío de saberse inmediatos y lejanos, unidos por la voz pero, argumentalmente, a miles de kilómetros. La partitura de movimientos que genera esa comunicación tan fluida como fantasmal, es uno de los hallazgos de la puesta. Imposible no identificarse con ese caminar ritmado del zahorí atento a la señal de internet o con la presencia del celular y la computadora como una extensión más de esta rara humanidad que estamos aprendiendo a ser.

Tolcachir retoma la puesta en escena despojada apostando por un espacio diseñado para la conjunción de tiempos donde todo es una cosa y otra, está ahí pero también en otro lado, es eso, pero no sólo. Así, el espacio metaforiza la historia que lo habita y sus personajes lo recorren integrándose en él y abriendo, una y otra vez, recorridos paralelos y magnéticos que no llegan a tocarse salvo que… Salvo que el espectador lo decida. Vean la obra para poder hacerlo.


Próximo

Actúan: Santi Marín y Lautaro Perotti
Asistencia de dirección: Cinthia Guerra.
Iluminación: Ricardo Sica
Diseño escenográfico: Sofía Vicini
Coordinación artística: Timbre 4 
Texto y dirección: Claudio Tolcachir

Funciones de miércoles a domingo. 
Estreno: 9 de junio. 
Teatro Sarmiento

Del amor y el teatro




El teatro es lo más parecido que conozco a estar enamorada. No hablo del amor como punto de encuentro o equilibrio, si así existe, lo ignoro; el teatro y el amor que me interesan comparten lo insensato de la vida, no funcionan como salvoconducto ni entienden de alto el fuego. Ambos reniegan de las circunstancias dadas, ese marco de la realidad que la publicidad asume con excelencia envasando nuestros sueños al vacío para convertirlos en algo tan políticamente correcto como inalcanzable.

El amor como fuerza de la naturaleza no presta atención a la posición socioeconómica de los amantes y el teatro engendró a muchos de sus protagonistas a partir de esa irreverencia del destino. El amor tampoco atiende a disonancias espacio temporales. Muchos enviudamos por primera vez el día en que murió nuestro actor amado. No hay comillas que consuelen ese dolor. Ni su recuerdo. No hay sexo, raza, edad ni distancia prudente cuando el amor se desata y nos enferma. Distorsiona nuestra perspectiva. La luz es cenital y el punto de vista ciega y obnubila en un primerísimo primer plano donde lo pixelado no incomoda. 

El amor es ese punto de vista renovado que perseguimos como artistas. ¿Cómo hago esto de otra forma? ¿Cómo olvido de nuevo? ¿Cómo deshacerse de las dudas y temores? Enamorarse es una buena medida porque, sin duda, es un estado que demanda renovación de lenguaje y códigos. Las estrategias nunca se repiten. Cada amado exige un inventario de nuevas y desmedidas prácticas. La creatividad del amante es tan absurda como inagotable. El amante es lo más parecido a un director de teatro que conozco. Sí, elijo hoy la figura del director porque el actor, la actriz, si es afortunado, aprendió a amarse y odiarse por sobre todas las cosas. Y está bien que así sea porque este mundo hará todo lo posible para que ese actor no sea, no llegue, no lo logre. Dejemos que los actores se amen a sí mismos y que otros muchos aprendan a querer sus defectos y los admiren y deseen por ellos. Pero el director, la directora, debe amar distinto. Si no logra trascenderse su sombra omnipresente entorpece el hecho escénico, asoma en los detalles, marca el territorio para que la platea y la crítica murmuren su apellido. El amor es otra cosa. Dicen.

El amor nos condena a la máxima libertad. Quién sabe qué hacer con esa maldición. Quién quiere decidir a cada hora, arriesgarse a cambiar, mover cielo y tierra para que las cosas respondan a un nuevo parámetro que nadie más comparte. Enamorada entiendo que mi amado merece la felicidad, aunque sea una que esté fuera de mis posibilidades. El amado hará cuanto pueda para alcanzarla y yo, amante al fin, si no puedo acompañarlo, consentiré. Es así como el amado nos deja su mejor regalo: la soledad iluminada por su paso. Una soledad donde todo es distinto, donde nada se parece al mundo conocido. Ni siquiera nosotros que, heridos, ojerosos y con diez kilos menos, seguimos en pie sin entender cómo.

El director asume su deseo y la terrible obligación de hacerse cargo creyendo que algo entiende, intuye, recordando haber estado ahí antes. El amor modifica. Nos destierra a un país donde las leyes burlan toda lógica y toda pretensión. Quien dirige teatro alberga la esperanza de mudarse a ese país para siempre. Pasar de un proyecto a otro, de un amor al siguiente. Pero, por supuesto, es imposible. Existen los fracasos y sus alrededores para que la soberbia reciba su lección y el amor descanse.

El amor no es un maestro, como no lo son los artistas a los que elegimos como estirpe. El maestro siempre tiene algo de inasumible. Se le admira, cita, evoca, pervierte y traiciona, pero nunca se digiere. Por eso volvemos a ellos cuando nos perdemos y por eso no los dejamos morir. Los reinventamos a nuestra imagen, humanizándolos con enfermedades, defectos y prejuicios a los que nos encaramamos para, un buen día, darles la mano o robarles el beso que jamás.

El amor y el teatro siempre son otra cosa. Algo más. La vida se nos va en el vano intento de definir su esencia para convertirlos en esa cosa amable que compartir con los amigos. “Me enamoré” y “Andá a ver esta obra”, sentencian con raíces parecidas. Lo que se diga después tratará inútilmente de que el otro vea a través de nuestros ojos y contemple el mundo nuevo que nos ha sido revelado fugazmente.

El amor es (también) todo lo que sucede en un ensayo. Ese tiempo inexacto, ese no-tiempo, donde la repetición no existe y la pausa está habitada. Ese paréntesis dentro de la vida donde el prodigio nos seduce de modo inesperado. Puede ser cualquier cosa: un dedo que señala el vacío, un tarareo, una mirada o esa frase que escuchamos de otro modo y que adquiere un sentido insospechado.  Cómo no concebir el ensayo como el territorio del amor cuando todo lo que acontece ahí violenta las leyes de este mundo: no hay tiempo ni economía sostenible, ni orden o exactitud preconcebida que amortigüe los golpes. No hay atajo ni clave. Afirma Kartun que cada problema técnico encuentra su solución poética y, qué otra cosa resulta ser el amor cuando se empeña, desborda y desmide el cotidiano obligándonos a ejercitar la duda, el interrogante como constante vital, cuando, una vez más, nos enfrentamos a la certeza de no tener idea de quién somos porque ese amor nos otorga la extraña virtud de sabernos distintos, capaces de hazañas impensadas. Por amor se cocina, se estudian disciplinas, se escriben libros, se renuevan lecturas, gustos musicales y hasta el paisaje mismo, si el amor es viajero y lo demanda.

El director, como el amante, está solo ante su objeto de deseo. Sin importar cuanta gente intervenga en la aventura, las muchas o pocas decisiones que logre tomar descansarán sobre su (in)consciente y a ellas volverá una y mil veces cuando la obra (y el amor) se acaben. Todo podría haber sido distinto y la sospecha de no haberlo hecho del mejor de los modos quizá sea lo que nos  empuje a los brazos de otro amor, de otra obra.


El amor y el teatro serán siempre dos misterios sobre los que toda certeza se marchita. Nuestra vida termina, pero el amor y el teatro se saben eternos. 


m.trigo

x1000




El 17 de julio de 2009 comencé a escribir acá. Abrí un blog. Llegaba, como siempre, tarde. Dicen que hubo un tiempo en el que se seguían y recomendaban. Nunca estuve ahí, pero me consta que un puñado de aplicados solitarios nos afanamos en el mantenimiento de estos paréntesis. Escribir acá es hacerlo con varias personas asomando por encima de tu hombro, es recibir cada tanto un email agradecido y saberte menos sola. Lo que comenzó como un ejercicio necesario - atesorar lo fugaz, publicar poemas y textos sin salida, y, sobre todo, explicar, tratar de explicarme, qué es el quehacer artístico y cuáles son nuestras pulsiones - se convirtió, con el paso de los años, en un espacio de búsqueda y encuentro. 

Me cago en la bohemia es la expresión que empecé a usar con frecuencia al observar cómo el estereotipo del artista decimonónico, esa figura romántica del genio ebrio y drogado bendecido por las musas y maltratado por la vida, se hacía trizas al ponerle el cuerpo al deseo de hacer lo que se ama y querer sobrevivir con y gracias a ello. Observar a creadores admirados y no dar crédito ante su infinita capacidad para sobreponerse, una y otra vez, a las inercias del sistema, la desilusión constante y el menosprecio por su trabajo. Descubrir talentos inmensos y anónimos que jamás fueron el centro de atención. Ver cómo luchan y se reinventan en un contexto nunca idílico. Trabajar sin esperar las mejores condiciones, trabajar después de trabajar. Y seguir trabajando. Entender que no hay un para qué, sino un cómo. Cómo seguir, cómo estrenar, cómo publicar, cómo lograr que vengan, nos conozcan, escuchen, vean, lean, recuerden... Cómo. Y mientras la respuesta llega, seguir haciendo. Siempre. Aprender sobre la marcha. Cambiar mil veces al día de opinión. Soñar con ser distinto. Alguien menos aterrado, con más suerte, fe, plata. Alguien sin esta inquietud bajo las uñas. Imaginar que la vida de un dentista, de un plomero o de una apicultora debe tener más sentido... No saber qué significa eso, sin embargo. Olvidarse de todo. Terminar un proyecto y empezar otro. Porque sólo así. 

Un día me animé a escribir sobre alguna obra que vi. ¿A quién iba a pedir permiso? ¿Quién me lo iba a negar? Escribí para contarme la obra vista de otro modo, para aprender a observar el objeto amado y, sobre todo, para agradecer a ese grupo en concreto, a esa obra, por hacerme la vida soportable, proporcionarme algo sobre lo que pensar y, en los mejores casos, entusiasmarme, es decir, devolverme al mundo con ganas de ver y hacer más teatro. Mi humilde modo de agradecer ese prodigio es ayudar a la difusión desde este espacio que, de a poco, ocupó un lugar infinitesimal entre tantas páginas. 

Algunas obras marcaron un antes y un después a la hora de pensarlas y escribir. Supusieron un hermoso desafío para el que no  alcanzaban las palabras. Quiero nombrar varias a las que les debo enormes lecciones: La omisión de la familia Coleman, Pudor en animales de invierno, Un hueco, Cartas a mi querido espectador, Los talentos, No soy un caballoViejo, solo y putoCinthia interminable y Prueba y error

Hay más, sí, pero con estas me sé en deuda. Alcanza con nombrarlas para recordar que todo tiene sentido. Aunque sea efímero.

Dos años atrás, se me ocurrió elaborar un cuestionario para esos creadores con los que a menudo no me atrevo a hablar en persona. Una lista de preguntas, siempre las mismas, que reunía algunos de mis grandes temores: ¿Cómo te definís profesionalmente? ¿Vivís de esto o hacés otra cosa para llegar a fin de mes? ¿Qué harías si no te dedicaras a esto? Actores, directores, iluminadores, fotógrafos, escritores... El cuestionario se convirtió en una suerte de sección que va y viene. Muchos me dieron la grata sorpresa de disfrutar el ejercicio del interrogante. Todos fueron muy generosos con sus respuestas. Me di el lujo de presentar a personas cuyo trabajo admiro profundamente y me gusta pensar que alguien los conoció gracias a este blog.

En alguna ocasión escribí sobre mis lecturas porque también, desde siempre, recomendar libros fue una feliz costumbre, y, muy recientemente, por primera vez, puse todo mi empeño en comentar un disco. Me cago en la bohemia no es, nunca quiso ser un blog dedicado en exclusividad al teatro. Por la sencilla razón de que el teatro, en esta humilde casa, es el arte donde todos los demás confabulan para aparecer. Nada como no tener un objetivo concreto para descubrir que son muchos los alcanzados en el camino. 

1000 entradas no son nada. Sin embargo, suman ocho años de continuidad en el raro ejercicio de compartir con extraños mucho de lo que se ama. En los tiempos que corren, donde se impone el ruido, lo uniforme y la velocidad de las redes se emplea como excusa para el descuido sobre los contenidos que manejamos, celebro el seguir aprendiendo en buena compañía y agradezco mucho los intercambios que este blog ha generado.

Nuestra imagen se renueva para la ocasión gracias, una vez más, a nuestro colaborador estrella, Dalmiro Zantleifer.


Seguimos escribiendo con ustedes. Muchas gracias. 


Macarena Trigo






Nunca estaré tan cerca como ahora





Además qué sabrás vos del bosque, 
del lago sin orillas, de la luz que desola. 
Qué podrías hacer con tus acordes 
después de tanto siglo enmudeciendo el rastro. 
No hay culpa que escanciar en copa ajena. 
El reino es el desastre de sus dueños 
y en esta infamia propia, 
mi escudo es un letargo de lechuzas 
donde la lluvia impera. 
No enviaré soldados en tu busca
ni ejércitos de hormigas incendiarán tus sueños.
Sé distinto y ajeno como cualquier promesa. 
Sé amante y extranjero con cada sombra hermana 
donde mi nombre siga encarcelado. 
Y muéstrate feliz a toda hora 
para que mi deseo no te alcance, 
porque allá donde encuentres excusa para serlo
nadie podrá exigirte explicaciones, 
ni tan siquiera yo, 
que aspiro ser el cauce de tu historia, 
la forma del relato, tu recuerdo. 

A veces sucedemos para nada ni nadie. 
Los dioses se encaprichan y maldicen 
pero también se olvidan de quién somos. 
Nuestra función es otra: prender fuego al sentido, 
darle vuelta, morir en cada instante.  

No puedo pretender que aprecies mi estrategia 
o mis costumbres. 
Sos un hombre de paso con sus penas 
y una estrella en la frente que te guía. 
La magia de lo antiguo te persigue 
y en tu voz el prodigio ya hizo fuerte. 
Otros tuvieron menos. Amé inmensos desiertos. 
El agua, quién diría, sé invocarla. 
Sé ver donde no hay nada ni hubo nadie. 
Ese es mi don y, a veces, mi castigo. 
No espanta mi deseo, 
sino mi ciega fe depositada ahí, 
sobre tus hombros. 
Pesa como lo eterno mi certeza 
de saberte imposible y necesario
en este mundo herido de antemano 
donde tu voz, quizá, 
cicatrice hasta el viento que lo borra. 

Sé feliz y sé lluvia. Y no temas por mí. 
Nunca estaré tan cerca como ahora. 


m.trigo

La Terquedad



En Amanece que no es poco, la genial película de José Luis Cuerda, el personaje del escritor termina su novela y ante el pedido de uno de los parroquianos de que se la deje leer, responde: "Sí, hombre,  a ti te la voy a dejar, para que la estropees." Algo así se siente al tratar de escribir sobre La terquedad. ¿Qué comentario estaría a la altura? La terquedad es lo más parecido al descubrimiento de una nueva pirámide en Egipto, una pirámide donde los arqueólogos encuentran, por fin, el jeroglífico que desvela los misterios de aquella civilización. ¿Exagero? ¿Importa? Lo desmedido del arte nos salva, ahí donde el orden conocido vuela por los aires para enfrentarnos a algo nuevo. En este caso, la novedad es la enorme suma de posibilidades que esta obra regala: Sí, es posible estrenar una obra compleja en todos los sentidos - fondo, estética, ideología y duración - en el marco del teatro oficial. Sí, es posible que agote las entradas. Sí, es posible que el artefacto no sea una pompa fúnebre. Sí, es posible que no sólo resulte entretenida, sino inteligente, irónica. Brillante. Sí, es posible que una obra divida a su público como si fuera algo verdaderamente importante, como si fuera algo más que una obra de teatro. Porque, en efecto, lo es. La terquedad no es sólo una excelente obra. Es un corpus teórico, uno más firmado por Spregelburd, sobre qué cosa es el lenguaje y cómo constituye la infame realidad en la que estamos. También es una reflexión sobre el tiempo y sus maldiciones, sobre las repeticiones ritmadas de la historia y la continuidad de lo peor de la especie: el fascismo en todo su esplendor. Es una apuesta por el interrogante abierto como fórmula para que el público reconsidere el actual estado de las cosas. El modo en que esto sucede, se orquesta, dentro de un texto tan excepcional como delirante, encarnado por un elenco generoso en su compromiso con la titánica empresa, exige mucho más que una nota para hacerle justicia. La terquedad hará las delicias de semióticos y analistas de la puesta en escena, pero no sólo. No es una obra concebida para teóricos, aunque, sí, por supuesto, los sabe ahí, los ubica en su horizonte de expectativas. Spregelburd detona una y otra vez su artefacto para aproximárnoslo. No engendró una criatura oscurantista, sino un universo lúdico de apoteósica contudencia donde el lenguaje, el profundo entendimiento del valor de la lengua, y la potencialidad del hecho escénico comulgan para que la obra, una y otra vez, nos conquiste, nos atrape con humor, nos sorprenda y recuerde que hay más. Siempre hay más. El escenario no es sólo un territorio para la tan mentada organicidad, también es el campo por excelencia para la contradicción y la paradoja. Y, por supuesto, para lo poético. Quien sopesa y controla la fuerza de esos caballos desbocados, puede hacer con y en nosotros, lo que quiera. 

La obra se estrena en Buenos Aires con diez años de retraso. Alemania la disfrutó en 2007 y desde entonces se estrenó en Francia, Suiza y España. "No todas las explicaciones de esta demora son comprensibles", afirma Spregelburd en el programa. Ciertamente, no. Sin embargo, consideremos que la recibimos en uno de los mejores momentos: cuando más la necesitamos. El argumento comienza en un pueblo valenciano en 1936, pero termina acá, en la realidad más inmediata, habla de lo que está pasando en nuestras calles, de lo que, una vez más, sucede en Argentina y en gran parte del mundo. "¿Por qué el fascismo no se presenta nunca como el mal, sino que acude disfrazado de humanismo?". 

Hay que ver La terquedad porque supone una experiencia y obliga a activar los resortes oxidados de nuestra percepción del mundo como un lugar mejor y posible. Un lugar donde quizá merece la pena estar para ser testigo y cómplice, partícipe, de acontecimientos como éste. 


Vendrán otros y encontrarán un pelo en la sopa. Sea. 



La terquedad

Actúan: Paloma Contreras, Analía Couceyro, Javier Drolas, Pilar Gamboa, Andrea Garrote, Santiago Gobernori, Guido Losantos, Mónica Raiola, Lalo Rotaveria, Pablo Seijo, Rafael Spregelburd, Alberto Suárez, Diego Velázquez.
Vestuario: Julieta Álvarez.
Iluminación y escenografía: Santiago Badillo.
Diseño Audiovisual: Pauli Coton, Agustín Genoud.
Música original: Nicolás Varchausky.
Asistencia de escenografía: Isabel Gual.
Asistencia de dirección: Juan Doumecq.
Producción: Yamila Rabinovich, Ana Riveros.
Colaboración artística: Gabriel Guz.
Dirección: Rafael Spregelburd.



Teatro Nacional Cervantes
Libertad 815
De jueves a domingo. 

Ver de noche




Pensar Buenos Aires como epicentro ficcional se me hizo costumbre en estos años, entenderla así, amarla por eso, sabernos parte, piezas minúsculas de su enorme ecosistema creativo, colaborar en la nutrición de su voracidad de todas las maneras posibles. Cuando considerás que ya tenés una idea aproximada de los límites de su universo, de repente una obra, cualquier obra, puede recordarte que nada está escrito. 

Ver de noche es una de esas propuestas. Una obra de poética contundente, literaria, y de una belleza estética abrumadora que nos invita, más que a la contemplación, a viajar en el tiempo. El viaje se incia desde la entrada misma, la llegada a su singularísimo escenario, una casona casi abandonada del centro porteño, nos obliga a tomar uno de esos ascensores donde más de uno pasaría horas subiendo y bajando hacia quién sabe qué pasados. El público es uno de esos grupos minúsculos de personas atraídos por rotundas causalidades. La función comienza con un timbre que, milagrosamente, aún suena. Lo que sucede después puede contarse de infinitos modos. Un escritor nos recibe en su casa, en lo que queda de ella. Nos habla de su esposa ausente y de su novela. Una novela inconclusa e interminable en la que nacen y mueren cada día varias mujeres. Mujeres que comparten la matriz de su esposa pero que se difuminan en todo lo que él ama, teme y persigue. Mujeres detenidas en el limbo de un relato que siempre cambia. Son argentinas pero quieren ser francesas, italianas, rusas... Quieren venir o irse lejos. Están solas en medio de una guerra. Esperan un destino que las resuelva, un amor quizá. O un motivo. Están exhaustas, no pueden ni quieren sufrir más y eso reclaman: un final feliz, un nombre que les guste, unas circunstancias dadas a la altura de su inmensa belleza. ¿Qué son los personajes sino la suma de todo cuanto (no) le sucede al autor? Síntesis maravillosas de aquello que la memoria, caprichosa, elige recordar como lo bueno y lo peor. 

La puesta en escena es tan expresionista como romántica. El espacio, cada rincón, los pocos muebles elegidos, la iluminación, la música... Los objetos, acumulados en fondos de armario que se abren, son dispositivos narrativos no activados que palpitan ahí, como bombas no estalladas de esa guerra omnipresente y onírica. Acompañan la historia elegida con una exquisitez que, por momentos, desborda nuestra capacidad perceptiva. El relato avanza confuso y veloz y nosotros quisiéramos seguir ahí, acariciar las molduras de las paredes, cerrar los ojos y abrirlos como por vez primera al entrar a esas piezas, acercarnos a los armarios e imaginar a los dueños de esas pertenencias, sus historias, de dónde llegaron, qué tipo de infelicidad única vivieron. 

Yomha nos invita a recorrer tantas historias como seamos capaces de escribir junto a sus personajes en una casa que, el programa aclara, perteneció a su abuela. Un territorio que alguna vez fue íntimo y familiar, abierto ahora en canal y tomado por el hecho teatral. Más que una obra, una experiencia para todo el que goce de la poesía en espacios no convencionales. 




Dramaturgia: Alejandra Delorenzi, Magdalena Yomha
Actúan: Hernan Bustos, Alejandra Delorenzi, Carolina Fernández Kostoff, María Eugenia Grillo, 
Luciana Ladisa, Tatiana Sandoval, Mariela Verdinelli
Vestuario: Mercedes Arturo
Iluminación: Marco Pastorino Cane
Música original: Gabriel Quiña
Fotografía: Patricia Ackerman, Harald Lenud Pic
Asesoramiento coreográfico: Jazmín Titiunik
Asistencia de escenas: Ciana Contrera
Producción: Pléyades
Puesta De Luces: Camilo Bartolini
Dirección: Magdalena Yomha

Reservas: ideascalidas@yahoo.com.ar