La dramaturgia como práctica de fe o como fe práctica (III)

“Dios es la didascalia de la existencia”. Mauricio Kartun.

Después de años leyendo lo que se supone que hay que leer, tomando clases de esto y aquello, convirtiéndome en actriz, dirigiendo mis textos, embarcándome en interminables discusiones, devoluciones tras ensayos, reuniones de cooperativa, viendo películas, documentales, series y obras, analizándolas para escribir sobre ellas porque sí o porque toca; después de años idealizando la profesión mientras se encaran sus realidades, admirando el talento ajeno, muriéndome de miedo, de envidia o de vergüenza, tratando de “no tener nada más que ver con TODO esto”, abandonando para volver más convencida de no sé qué, incapaz de congraciarme con la práctica social del gremio y no pudiendo digerir los delirios y excesos del rubro... Después de tanto y nada, sigo sin una explicación certera o medianamente aceptable con la que responder a cuestiones básicas: qué es el teatro, para qué sirve, qué hace.
En el intento de responder esas preguntas se comienza apelando a la historia, la teoría y la argumentación de los grandes maestros, pero se termina cayendo en una explicación personalísima, subjetiva  y confusa de la experiencia de cada quien como si en la suma de esas anécdotas hubiera una verdad irrefutable que logre traducirnos. Es difícil, muy difícil, tratar de explicar(se) el funcionamiento de una vocación que puede ser (o  no ser) tu profesión paga, pero que define e incluye gran parte de lo que te interesa, es más, en ocasiones, llega a ser lo único que te arranca del ensimismamiento sobre la inercia cotidiana recordándote que la vida es otra cosa. Cuando esos resortes se activan combinados estamos apelando a lo que Kartun reconoce como la “dimensión metafísica” de la acción, que es, ni más ni menos, que la asunción del teatro como una celebración de la existencia, del movimiento vital e imparable que la define.
Esa metafísica del teatro que nos ampara desde los albores de la humanidad, nos lleva a considerar todo lo que implica como un poderoso acto de fe. Fe sin la que sus creadores nunca podrían dar el primer paso y fe sobre la que se articula el famoso pacto ficcional con el público, ese raro fenómeno que logra que sigamos acudiendo a la cueva singular que es una sala de teatro.
Hay que creer. O reventar. Creer que los recursos del teatro son ilimitados y que a través de él podemos abordar cualquier aspecto del ser. Para ello es necesario enfrentar con humildad sus desafíos y considerar que cada vez que aparece ese lugar común que asegura que “esto no sirve” o “esto no puedo hacerlo en escena”, nos enfrentamos a nuestra propia incapacidad para habitar el escenario, ese campo fértil y minado, donde todo vuela por los aires al menor descuido.
La fe en el teatro quizá sea la razón primera de su supervivencia. Nos gusta pensar que ya entendió que no puede ni debe competir con la industria del entretenimiento. Concebir el teatro como pasatiempo implica ignorar uno de sus grandes logros: instaurar una conversación con otro, con cada uno de los otros que constituyen el público, y lograr que esa persona experimente una modificación íntima en el transcurso de la obra, es decir, que su contacto con el universo planteado resulte tan fluido y satisfactorio que lo trascienda. Si esa trascendencia se manifiesta en una discusión durante la cena posterior [1], o si la obra vista resulta ser el detonante para que vuelva a casa y decida divorciarse o tomar clases de canto, nunca lo sabremos, pero está claro que el deseo profundo de todo poeta, el deseo que no se atreve a confesar en voz alta, está más próximo a la necesidad de comunicarse profunda y secretamente con un desconocido, que con la vaga idea de distraerlo durante un rato de sus espantos. 

Como autores nos enfrentamos una y otra vez a la certeza de estar escribiendo por/para alguien concretísimo. Ese “lector ideal”[2] que la teoría literaria concibe como el príncipe azul de todo escritor, el lector que re-escribirá el texto junto al autor, activando todos y cada uno de los recursos expresivos y técnicos que fueron volcados en el relato a la espera de su ojos. La teoría acostumbra a poner paños fríos sobre el corazón caliente. Son muchos y desmedidos los esfuerzos realizados para separar vida y obra de cada creador pero, sepamos o no, importe o no, la escritura adquiere consistencia cuando, como Brecht reconocía, sentamos a nuestro Marx de turno en la tercera fila. Si mi Marx es todo oídos resultará una inspiración y un desafío. Será a él, y solo a él, a quien buscaré conquistar con mi creación. No faltará ocasión de descubrir que nuestro lector ideal puede adquirir el aspecto más insospechado. Sin duda uno de los primeros votos de fe del poeta/dramaturgo se deposita en ese lector/público ideal. 
El dramaturgo debe confiar en su intuición. Tendrá que dar cabida a sus reiteraciones y preguntarse cómo y por qué sobreviven. Identificar qué imágenes tomó prestadas, cuáles interiorizó y cuáles supo acuñar con sello propio. Quizá no haya certezas en esa distinción y no es preciso. Lo interesante será el ejercicio, el análisis de esos disparadores que se presentan como imágenes potenciales y que terminan por parecer un sueño repetido. Un sueño donde quizá no se entienda el argumento pero donde se identifica a los personajes por mucho que disfracen su naturaleza.
Si escuchamos nuestra intuición sobre esas imágenes que funcionan como pulsión primigenia, comenzaremos a transitar un tiempo de genuina y tortuosa felicidad. Esa instancia donde el universo conspira a nuestro favor y todo parece murmurar, relacionar y señalar hacia el nuevo mundo que pretendemos poblar con nuestras ideas y personajes.
Ese período de investigación y suma general de materiales relacionados directa o indirectamente con nuestro eje temático o disparador, es lo que Kartun denomina el tiempo del “acopio”. Y así como subraya las bendiciones propias de esa instancia conocidas por todo creador – la aparición inesperada de nuevas metáforas que reafirman el valor de nuestra intuición, el hallazgo de todo tipo de objetos, bibliografía, películas o estudios que caerán en nuestras manos en el momento adecuado, sin olvidar ejemplos, citas y frases detectadas al vuelo con el oído cazador del escritor obsesionado con su causa –, también advierte de los posibles riesgos de esa acumulación ingobernable: pretender que la suma de esas cosas conforme en sí misma un ecosistema dramatúrgico. Nada más lejos de la realidad, pues ese entusiasmo imprescindible necesitará buena poda y un gran criterio de selección que no tema sacrificar grandes hallazgos para favorecer el fortalecimiento de las genialidades que, se presupone, aún siendo pocas, alcanzarán cierta pirotecnia de sentido profundo y, por qué no, espectacular.



m.trigo













[1] “Una buena obra sobrevuela la milanesa”, afirma Kartun. http://www.pressreader.com/argentina/noticias/20150718/282183649737948/TextView

[2] ECO, Humberto. “El lector modelo”, en Lector in fabula, ed. Lumen, Barcelona, 1987. 

#Ensayo

Se me ocurre, me consta, que es un tiempo sin tiempo. Quizá por eso aspiro a andar siempre en camisa de once varas, hasta las manos, digo, porque el tiempo que vuela en un ensayo apenas envejece, sienta bien. Como traje a medida mismamente. 

Mientras usted ensaya la vida entrometida queda lejos y se hace solamente lo importante. Lo urgente desdibuja su volumen. 

Mientras usted ensaya puede tener seis años nuevamente pero también trescientos si así se le antojara. Puede ser usted mudo o hablar como un doctor de antigua escuela. Estar lleno de tics, pestañear al ritmo de las olas o quedarse muy quieto y embelesarme igual que acaso Rothko. Puede silbar bajito o sentarse a tocar un instrumento, así, como si no, como si nada, medio que de perfil, porque pasaba, porque ya estaba ahí y apetecía. Puede tararear sin que se intuya y hacer que alguien desee insensateces. Y si usted canta en el medio de un ensayo es probable que todo se detenga y que se abra una puerta hacia mundo tan nuevo que ni nombre le dieron todavía.  

Mientras usted ensaya puede pasar que llore o que sonría y encarne una quimera, una pasión certera, extrañadísima, que todos reconocen como propia aunque usted sea usted y en nada se parezca a todos ellos. Es cosa del ensayo ese prodigio. Que adentro del ensayo usted puede ser otro, ser cualquiera, adentro de sus ojos y en sus manos, tropezarse con uno que lo habita, alguien que entenderá de otra manera el mundo y tendrá dudas otras, ganas nuevas y quién sabe qué forma de callar o decirlas. 

Adentro del ensayo estará usted a salvo de usted mismo. De su falta de fe, de su cansancio. Será el niño que juega inagotable dando cuerda a los sueños, contando cuanto pasa, cuanto mira, como si solo así y solo entonces. Solo. 

Mientras usted ensaya quizá sea feliz aunque le duela o logre el pensamiento amilanarlo y lo enrede y aleje o distorsione. Aunque nada concluya como espera y no entienda del todo las razones para seguir haciendo eso que hace, sabrá sin mucho escándalo que es lo mejor que puede, lo que tiene. Y no le importará que el mundo no agradezca, porque el mundo es inmundo. 

Mientras usted ensaya sabrá que hace feliz a quien lo observe. Y aunque no sea ese su objetivo, su misión en la tierra, ni tan siquiera un poco su intención o deseo, dejará que se haga, que suceda, que la felicidad de ese momento siembre esperanza absurda en esos pocos metros. 

Porque mientras ensaya da todo lo que no sabe que tiene. 



m.trigo

La dramaturgia como práctica de fe / o como fe práctica (II)

“El artista da lo que no sabe que tiene”. Ángel Cerviño.
Si la figura del poeta no se hubiera sacralizado tan huecamente hasta el punto de convertirse en una caricatura, resultaría más orgánico para los artistas reconocerse como tales y aceptar lo que implica. Hacerse cargo de su hermosa responsabilidad y defenderla. Defender la necesidad de desempeñar cualquier profesión libremente, es decir, violentando desde dentro la economía del sistema. No para boicotear o destruirlo. El arte nada sabe de aniquilar o imponer principios. No deja de ser una víctima de las circunstancias y así le va y le ha ido. Testigo, cómplice amordazado, tematizado por políticas subvencionadas, desnutrido al amparo de concursos de moda que todo delimitan encauzando el auge de producciones predecibles y olvidables. Hablamos, claro está, de todas las disciplinas artísticas, no  solo del teatro. Nos atrevemos a generalizar esperando que los responsables de cultura de algún país conocido nos contradigan y lo demuestren.
Afirma Alberto Ure en  Sacate la careta que el teatro es pese a todos nosotros. Seamos atrevidos y leamos arte donde él dice teatro. Entenderemos entonces que los poetas dominarán el mundo. El que importa, el otro, el subterráneo, el inconsciente, el que generará ruinas dignas de estudio para nuestra Historia mentirosa y selectiva.
El teatro anhela pero desconoce las multitudes. Su naturaleza es sinónimo de crisis. Pervive en los intersticios de la evolución porque sabe que no necesita de sus avances. Estaba acá antes de la electricidad y estará después de la caída de todo lo que hoy consideramos imprescindible. No importa cuánto teatro se presente de la mano de nuevas tecnologías, cuántos formatos se exploren para hacernos partícipes de obras interactivas que transcurren en varias ciudades a la vez, en cientos de pantallas donde el texto se escribe colectivamente, o en lugares donde el sonido y la imagen inundan los sentidos arrebatando toda posibilidad de pensamiento y emoción. Esas piezas forman parte de la anatomía actual del sistema de producción y son un claro reflejo de los famélicos intereses que genera el hiper desarrollo virtual. Un desarrollo que no tardará en sonrojarnos por parecernos, una vez más, de nuevo, cavernícola. Ya estuvimos acá, ya lo experimentamos. Cada nuevo soporte tecnológico reclama contenidos, pero la obsolescencia programada no es un ingrediente atractivo para el arte[1].
Será cada vez más difícil sorprenderse del modo en que la tecnología modifica nuestra existencia porque estamos acomodados a la idea de una asimilación instantánea de la técnica[2]. No del conocimiento, por supuesto. El conocimiento está obsoleto. O, cuando menos, hoy también parece tener fecha de caducidad. Para qué acumularlo cuando todo parece estar a un clic de distancia.
En medio de este mar de los Sargazos, el teatro, siempre flexible y dispuesto a jugar con cualquier excusa, va y viene. Se adapta a la grandilocuencia tecnológica, deja que lo maquillemos, le cambiemos el nombre, el apellido, lo formateemos y lo vaciemos de sentido queriendo otorgarle todos los posibles. Su nuevo sentido será azaroso y su discurso fragmentario, hiperbreve e hipervinculado, como corresponde a la post-posmodernidad. No debe aburrir, ni bajar línea ni emitir mensajes unívocos. El teatro se percibe como un lugar de expansión al que se le presupone un divertimento y una complejidad que, en última instancia, descansa en nuestro público, ese público escaso pero fiel, afectado quizá con alguna malformación del virus teatrero. Una cepa menos radical que lo convierte en público sin deseo protagónico, sin anhelo de subirse al escenario (si es que hay cerca uno, si es que de ese teatro se trata). No abunda ese público ajeno a los entresijos de la producción teatral. Sabemos que al teatro lo alimenta la familia. Es esa mesa de bautizo donde todos apadrinamos un poco a la criatura. Vamos a ver la obra del maestro, del amigo, de la novia, del ex, de la compañía admirada o envidiada… Y ellos, todos ellos, nos devuelven el favor. Vienen a ver nuestras obras y nos felicitamos o mantenemos un prudente silencio. Protegemos nuestra supervivencia. Tenemos algo de vampiros. Sacrificamos cada nueva obra a los colmillos de la comunidad, nos la vamos pasando unos a otros, hasta que no queda nada en ella que morder. Algo de eso hay. Algo. Pero no es todo. Eso no alcanzaría para seguir, para mantener el interés, los sueños y la esperanza de encontrarle sentido a tanto esfuerzo cuando nada funciona como quisiéramos.


m.trigo












[1] En relación a todo esto recomendamos la lectura del artículo “La muerte del teatro y otras buenas noticias”, de M. Kartun, en Detrás de escena, ed. Excursiones, Buenos Aires, 2015. pp. 11-16.

[2] Entre las muchas películas estrenadas en los últimos años que abordan hipótesis sobre cómo la tecnología modifica irremediablemente nuestra experiencia como seres humanos y nuestra (in)capacidad para relacionarnos, Her (Dir. Spike Jonze, USA, 2013) es, sin duda, uno de los ejemplos que mejor ejemplifica estas vagas impresiones.

Continuidad de los Libros

Nos invitaron a formar parte de Continuidad de los Libros, revista digital dedicada a la difusión de la literatura y otras artes transatlánticamente. Inauguramos una sección dedicada al teatro donde iremos desgranando vaya usted a saber qué inquietudes que nos rondan. Comenzamos la hazaña haciendo memoria, rebobinando, buscándonos en el origen, en el comienzo de nuestra relación con el teatro allá lejos y entonces, en un colegio público de Valladolid. Lo hacemos para, una vez más, interrogarnos sobre qué es el teatro y cuánto hace por nosotros. 

"En la ardua tarea de definir qué es el teatro, se echa mano de la antigua Grecia, el poder de la catarsis, su relación con lo sagrado, los ritos, las fiestas paganas y, cómo no, con la imperiosa necesidad de contar historias que nos define. Hablamos del teatro como arte eterno, lugar de encuentro, herramienta social, formativa y ejercicio político también, por supuesto. La práctica del teatro es la práctica de la resistencia. Contra todo y ante muchos. Pero si la conversación es larga e íntima, la seriedad cede y se impone otro interrogante: ¿qué es para mí el teatro? Ahí las respuestas son tan infinitas como válidas. Los amantes del teatro tenemos una relación desmedida, obscena y contraproducente con él. Quién más, quién menos, ha tratado de abandonarlo en alguna ocasión o, al menos, de engañarse durante un tiempo, pensando que tal cosa es posible. Pero no. Una vez que te inocularon el virus teatrero en cualquiera de sus cepas, el compromiso que se adquiere con su causa permanece junto a uno mientras haya vida. Mientras hay vida, hay esperanza, dicen. Y el teatro es una fábrica de esperanza".



Luciano Rivas



Dibujante, ilustrador. 


¿Cómo te definís profesionalmente?
Hago varias cosas pero creería que más que nada soy dibujante/ilustrador, seguido por una fila de subgéneros.
¿Sabés por qué te dedicás a esto?
Es lo que mejor me salió siempre, aparte de ser lo que más me gusta. Me apasionó desde temprano. No sirvo para trabajar en el puerto o en un taller mecánico, por ejemplo. Ja.
¿Qué disciplinas resultaron fundamentales en tu formación?
La cultura pop del siglo XX. Películas, historietas, libros, la música, la tele, por nombrar las cosas más generales
¿Qué es lo más útil que te ha enseñado tu trabajo?
Imagino que es a abrir mucho mi cabeza, explorar todo tipo de formas y estilos e ir mutando sin quedarme en uno solo. Ir incorporando cosas para hacer más dócil mi laburo. Esto lo implemento en la vida misma, aprender a ser una persona abierta.
¿Y lo más hermoso?
¡Justamente! Lo bueno de poder disfrutar de igual manera, cosas totalmente diferentes.
¿Cuáles considerás que son tus principales fuentes e influencias creativas?
Lo mismo que me formó, básicamente, la cultura del siglo XX.
¿Qué es lo que más te duele a la hora de ejercer tu vocación?
Tal vez, lo difícil que es vivir de esto.
¿Crees haber sacrificado algo importante para dedicarte a esto?
Creería que no. Al menos no tanto como para incluir la palabra “sacrificio”. Mi vida se fue formando en el mismo camino de vivir, nunca tuve una balanza en frente que me diga “elegí: el arte, o esto” .
¿En cuántos proyectos laburaste el año pasado? ¿Todos llegaron a mostrarse o estrenarse?
El más importante fue el proyecto “La gran 7”, en el cual ocho artistas (Alan Dimaro, Ruben Gauna, Juani Navarro, Lula Limón, Cons Kamikaze, Leona Leoni, Gonzalo Varas y yo) publicábamos individualmente a diario una historieta autoconclusiva partiendo de un tema principal semanal. El proyecto arrancó en agosto del 2014, pero finalmente fue en el primer cuatrimestre del 2015 que sacamos el formato físico. El libro recopila esa primera temporada de laburo.
También en simultáneo, publicando semanalmente en la web mi tira autobiográfica “Y yo sin birome para rebobinar el cassette”. La tentación de arrancar otro proyecto historietil, el cual finalmente colgué y solo llegué a hacer el “capítulo piloto” llamado “Vbani De Guerl”, que salió publicado en el fanzine La Gran peste.
Después, bueno, ilustraciones, pinturas y diseños a pedido y también por puro ocio.
¿Cuántos te esperan ahora?
No lo tengo del todo claro en este momento, por lo pronto sigo publicando religiosamente por semana, la tira “Y yo sin birome…”.
Tal vez retome Vbani De Guerl o encare otro proyecto que me viene dando vuelta hace un tiempo. En lo que es “formato físico”, ando con ganas de hacer unas tiradas de un proyecto que terminé hace un par de años que se llamó “Gud As Jel”. Exploraba mucho el estilo de las viejas tiras cómicas basadas en el estilo de Max Fleischer, Merry melodies y toda esa camada dibujos de la primer mitad de siglo, pero con cierta connotación más actual, a veces.
 ¿Cuál es el proyecto al que dedicaste más tiempo hasta la fecha?
Y yo sin birome para rebobinar el cassette”, que ya va por el cuarto año.
¿Cómo lo recordás? ¿Qué hubo de bueno y de malo?
Al ser una historieta autobiográfica, el guión está siempre a la orden del día, eso es bueno. Mi fuente de inspiración es mi propia vida y el suceso más relevante de esa semana que pasó. A veces es algo gracioso, a veces triste, a veces serio o a veces es algo que pasa adentro de mi cabeza y quiero exorcizar.
Arrancó como una especie de terapia, un desahogo personal por todo lo que tenía guardado en ese periodo de mi vida donde no estaba muy feliz. Aparte, hacía ya 8 años que no hacía historietas. Por ese entonces únicamente hacía ilustraciones y pinturas y la idea de arrancar fue después de leer American Splendor y otros comix autobiográficos.
Lo malo por ahí es sentir la responsabilidad psicológica de tener que publicar semanalmente cuando por momentos no tengo ganas por diferentes motivos. Paré durante unos dos meses, porque los tiempos no me daban, y usé eso también para replantearme si realmente quería seguir con la publicación. A fines de diciembre las ganas volvieron así que retomé.
¿Vivís de lo que amás o tenés otra actividad que ayuda a pagar las cuentas?
Lamentablemente, no me alcanza. Cuento con otra actividad.
¿Con qué otras artes te relacionas habitualmente?
Además de hacer historietas, hago ilustraciones, pintura, escultura y música.
¿Qué es lo más absurdo que has hecho por amor al arte?
Pintar un mural en los cimientos de una chanchería abandonada donde se hizo una fiesta electrónica, en el medio de la nada, a las afueras de la ciudad donde vivo (Puerto Madryn). No sé si se puede definir como absurdo, pero fue curioso. Nunca había hecho algo así.
¿Hay algo que no volverías a hacer?
Hacer algún laburo “de onda”, para alguien que no conozco. Cuando me lo recriminan siempre les digo lo mismo “¿vos le pedirías de onda a un albañil que te haga una casa?”
¿Qué estás leyendo?
Lo último que leí fue Pueblo chico de Juani Navarro y Muerta en Buenos Aires de Ruben Gauna, ambos colegas en el mundo historietil y dos artistas que admiro mucho. Estaba por arrancar a leer el diario de Frida Kahlo, que fue un regalo que me trajo mi prima desde México, pero nunca me hago tiempo porque siempre estoy haciendo otra cosa. Tal vez no es el momento.
¿Qué autores recomendás siempre?
Dentro del ámbito en el que me muevo, siempre recomiendo a Robert Crumb, Jamie Hewlett, Charles Burns, Daniel Clowes, Raymond Pettibom y otros que en este momento no se me vienen a la cabeza.


¿Qué películas volvés a ver una y otra vez?
Todas las de Star Wars, la trilogía de Evil Dead, la trilogía de Volver al futuro. Todas las de Tarantino, el cine de acción o fantasía de los 80’s con el cual crecí. Terminator, Predator, Robocop, o clásicos de otras décadas como como las películas de James Dean, Buster Keaton, Harry el sucio, la lista sigue.


¿Qué artistas – de cualquier ámbito - te resultan imprescindibles?
David Bowie, Bob Dylan, Van Gogh, Frida Kahlo, Buster Keaton… Tantos
¿Qué buscás en la gente con la que elegís laburar?
Responsabilidad, códigos.
¿Con quién hablás sobre tu trabajo? ¿Pedís consejo o asesoramiento a alguien de confianza?
Sí, algunas veces les muestro mis laburos a amigos cercanos o colegas que están en la misma que yo. Aunque a veces me pasa de pedir un consejo y hacer exactamente lo contrario a lo que me dijeron.
¿Pedís subsidios para tus proyectos? 
No. Siempre autogestiono mis proyectos, pero no descarto la idea.
¿Por qué?
No sé, nunca se me dio por hacerlo.
¿Por qué vivís en Puerto Madryn?
La vida me trajo de nuevo para acá hace algunos años. Mi vida siempre fue idas y venidas entre Madryn y Rosario. Soy rosarino. Este año podría buscar nuevos rumbos.
¿Hay algún viaje que marcara un antes y un después en tu trabajo?
No viajes, pero si algunas decisiones, como arrancar Bellas Artes en Rosario. Antes de eso únicamente hacía comix.
¿Cuándo te das cuenta de que tenés un nuevo proyecto entre manos?
Cuando termino de atar todos los cabos y creo que puede ser mostrado.
¿Sentís que tenés un sistema personal de trabajo?
Soy mucho más creativo en la noche. Rara vez se me ve haciendo algo durante el día. Mi momento es la madrugada, entre música y mates.
¿Qué hay en tu lista de cosas pendientes?
Publicar más cosas en formato físico y menos en formato digital. Aunque siempre ayuda, no voy a negarlo. Viajar este año.
¿Tenés un panorama claro de lo que vendría siendo tu trayectoria?
No muy claro. Solo sé que trato de meterme en toda rama artística y me alimento de eso para acoplarlo a mi estilo, que es lo que soy hoy.
¿Qué es lo que más te preocupa en tu futuro?
No suelo pensar en el futuro - a pesar que debería- . Soy muy de pensar en lo que me pasa en el momento e ir con la corriente. Si tengo que pensar en algo que me preocupe, serían mi economía y mi salud, tal vez.
¿Qué hacés cuando no estás trabajando?  
Ensayando con mi banda, viendo películas, o craneando algún proyecto, siempre. Ah, también estoy en internet más de lo que debería.
¿Si no te dedicaras a esto qué estarías haciendo?
¡Qué difícil! No sabría qué contestar. Soy tan devoto de esto que no me imagino haciendo otra cosa. Haciendo lo que haga, siempre estaría ligado al arte de una u otra forma.



La dramaturgia como práctica de fe / o como fe práctica (I)

A lo largo de las próximas semanas iremos compartiendo en el blog una serie de apuntes que surgieron a raíz de nuestro paso por el taller de dramaturgia de Mauricio Kartun en 2015. No se trata de un diario de aquellas clases, sino de un pequeño desarrollo personal e impresionista de algunas de las ideas que más nos fascinaron en esos meses. Nos gusta pensar que abrimos una pequeña ventana para todos los que están lejos o no han tenido aún ocasión de conocer a este generoso e inspirador maestro para quien todo es materia prima de posible obra. 
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“La enseñanza artística posee gran cantidad de zonas inefables”. Mauricio Kartun.
 Mauricio Kartun, maestro de dramaturgos argentino sobradamente conocido, imparte todos los años un taller cuatrimestral en su estudio de Buenos Aires. La escritura de estas notas se nutre del tiempo disfrutado en ese taller entre abril y julio de 2015. Cada semana Kartun recibe grupos de sesenta personas deseosos de encontrar quién sabe qué llave, herramienta o guía que sostenga su propósito de escribir una obra de teatro. Quizá no sea el objetivo final de todos los presentes pero sirve como excusa para reunirlos. Resulta difícil determinar las razones por las que alguien en pleno siglo XXI invierte tiempo y dinero en unas charlas que, se advierte el primer día, no harán magia, es decir, no lograrán que se escriba una obra de un soplido, sin embargo, puesto que la maestría de Kartun es admirada, su criterio respetado y su persona amada como pocas dentro y fuera del ambiente teatrero, se acude con la certeza de que lo que suceda en esos meses resultará inspirador y, como tal, bienvenido. Si hay suerte, quizá se consiga sistematizar la teoría, reflexiones, experiencias, consejos y prácticas. Sea como fuere, no cabe duda de que esos cuatro meses se conciben como una introducción a lo que puede ser un camino de ida: la dramaturgia como modo de vida y, por extensión, el teatro como un lugar donde quedarse a vivir. Humildemente nos proponemos desgranar algunas de las cuestiones abordadas en esos encuentros y reflexionar sobre la dramaturgia como vocación y posible profesión, es decir, como acción de fe.  

“También este poema es posible que sea una trampa, un escenario más”. Alejandra Pizarnik.

Escribir. Un despropósito. Escribir poesía. Un sinsentido. Escribir teatro. ¿Quién se atreve? ¿La escritura dramatúrgica existe? ¿Qué es? ¿Una destilación exótica de los otros géneros? ¿En qué consiste exactamente ese deporte de alto riesgo? Si el autor murió, ¿el dramaturgo se extinguió?
En el cortísimo callejón de la fama de los dramaturgos, titilan en viejos neones a los que hace rato se les quemaron unas cuantas luces, los nombres de un puñado de superhéroes. Sófocles, Molière, Calderón, Shakespeare, Pirandello, Ionesco, Pinter, Williams, Miller, Beckett, Koltés… 
Aunque el s. XX multiplica los apellidos invocados, vemos que brillan por su ausencia en esos neones desvencijados, las mujeres. Deben estar, sí, pero el apuntador que debiera mencionarlas parece dormirse siempre a esa altura de la pieza. Podrá la arqueología reivindicatoria y sus autopsias pertinentes rescatar unos cuantos nombres, pero hará falta otro mundo para que sus obras ocupen un lugar en ese tercio del único estante dedicado al teatro en las librerías.
Gran parte de la Historia del Arte se escribe sobre sus objetos, lo que queda, sus ruinas. No es de extrañar entonces que el teatro ni siquiera aplique a ser considerado como disciplina en sus programas de estudio. El teatro deja pocas huellas, casi ninguna pista. No lloremos. Los planes de estudio de Historia del Arte rara vez consideran la poesía o la danza, y la fotografía y el cine no dejan de ser secundarias en sus gruesos catálogos tomados por la arquitectura, la escultura y la pintura. Ellos se lo pierden. Los estudiantes. Pero solo momentáneamente. Tarde o temprano, aquellos interesados en vivir, tropezarán con la vida.
Afirma Kartun, como si de un mantra se tratara, que “uno es el poeta que puede, no el que quiere”. La sencillez de esa idea nos anima a sumarnos hoy a los peripatéticos que rondan ese callejón de neones envejecidos al acecho de cualquier imagen que los deje a la puerta de una buena historia.
Si exprimimos a cualquier artista, su esencia será poética. Sin importar la disciplina en que ejerza, todo el que ponga su conocimiento, herramientas, intuición y pasiones al servicio de una obra artística, será poeta. Poseerá una imaginación compleja articulada sobre lo que le rodea y sobre el modo en el que ha logrado interactuar, sobrevivir y dar réplica a la existencia. Forjará un imaginario que, de a poco, será cada vez más personal y, con suerte, llegará a ser original, es decir, tendrá que ver con él, con su azaroso origen, más que con sus influencias o contexto. Ese imaginario lo convertirá en un autor con voz, con un estilo identificable que otros definirán, caracterizarán y analizarán cuando sea pertinente. La práctica de su arte le llevará a rechazar el mundo conocido, a pretender otro, buscarlo, defenderlo. Inventarlo si fuera preciso. Siempre que sea preciso. Y en ese acto demiúrgico, creando un mundo a su medida y semejanza, estará revelando algo nuevo sobre este, el mundo conocido por todos. Hablará de la luz y/o de la sombra. Nos ayudará a observar qué hay ahí verdaderamente, qué posibilidades palpitan sin que lleguemos nunca a considerarlas porque estamos demasiado ocupados en el terror de la existencia. Que esa revelación llegue al mundo como edificio, fotografía, movimiento, composición musical, película… es anecdótico. En última instancia, todos esos artefactos son, y debiéramos recordarlo más a menudo, poemas. Poemas que invitan a ser leídos. Nos desafían. Nos animan a considerar la experiencia vital como un libro al alcance de la mano, un libro que no cesa de escribirse y que espera pacientemente nuestra lectura y nuestras siempre mutables conclusiones.

Hay una planta de flor muy sencilla conocida en algunos lugares como “ojo de poeta”. Ahí está, en esa imagen, la certeza de que el poeta es su mirada. Todo aquel que cede parte de su vida o la ocupa en el desarrollo de una expresión artística, lo hace movido por ese ojo de poeta, un ojo distinto que nos revelará lo que siempre estuvo ahí. 

m.trigo



Opinión pública

Hasta los mismísimos huevos de mis ovarios me tienen tos los políticos. Las bolas llenísimas de tos mis ovarios, se me explotan ahí dentro los huevos de los niños que no van a nacer porque traerlos a este mundo de mierda... No sé yo cómo la juventud sigue teniendo hijos, qué, diosmío, qué, pa qué traer hijos a sufrir con estos ladrones, con esta corrupción que hay en tos laos, por tos los países, porque sí, antes la gente migraba, migraba y pensaba que iba a ir mejor en otro sitio porque había tierra dorada por ahí lejos. Estaba la América los sueños y estaba la Europa las catedrales, hacerse artista, verse qué se sabe. Ahora no queda , ahora están igual de podríos en América que en Europa, qué se va a pensar ahora la gente, dónde van a irse con los hijos que están teniendo dónde, si no queda un puto agujero en el mapa por donde meterse. Por la entraña te va a meter los hijos, te lo va a terminar comiendo con patatas a tus hijos que estás teniendo ahora. Tanta felicidad. Que sí, que los pobres al final tenemos hijos porque son lo único que nos dejan tener como nuestro, como propio. A los hijos no los tenés que comprar, son nueve meses de cocinamiento y después tuyo pá toa la vida, pero hay que criarlo y eso el gobierno no te lo consiente. Lo tenés que criar de cualquier manera, viste, eso te complica la ilusión, porque hasta la luz te quieren cobrar como si la estuviera pariendo el mismo Zeus. Y no, la luz sale de donde siempre, de los botonitos esos que se tocan, coño, qué mal te importa. Por qué tiene que ser ahora con estos precios carísimos que nos están poniendo, pero de quién, carajo... Se estropeó el sol, se estropeó el sol, queda solo los ricos, una cosa que ha habío toa la vida pá los campos y pá tó, vaya, que hasta la biblia lo dice, porque a los campos, las aves, eso, Dios lo cuida, Dios lo administra al sol, que van a venir estos políticos del orto a decirme por dónde sale la luz, cuánto cuesta, que llega la factura y no puedes ni abrirla del miedo que te da. Es de mucho dolor todo, todo, todo. Antes una ponía la hornalla y con el gas te resolvía el invierno y ahora ni tan siquiera, porque ni siquiera, hasta el gas y los mates te están ahorcando al cuello, los políticos estos. De dónde mierda han salío esta gente, pensaba yo que esta gente se había muerto hace rato, pero no, mala hierba, no, mala hierba nunca... Piensan que van a vivir eternamente en una puta pirámide como los egipcios. Que no hombre que no, que no, que naciste en este país y acá se mueren tos antes o después, pero se mueren tos. Sin pirámide, sin recuerdo, ni memoria ni . Porque acá nos rebobina a unas velocidades que no se acuerda una ni de los apellidos de los padres. 

Manga de infierno imposible nos manda esta gente que no ha trabajao en su vida. Dónde se ha visto un político honrao, dónde. lo revientan y lo roban y no sabes ni dónde lo ponen y al final te enteras que en Panamá, ahí, ya ves, que no hay más que un canal, ahí están tos los ahorros de medio mundo y del extranjero también, en el canal. Eso tenían que hacer, abrirlos en canal, que se les salgan toas las monedas que deben estar juntando con tanta avaricia toa la puta vida, como si no fuera a morirse el prójimo por más rico que sea. Qué se piensan, qué van a llevarse a la tumba tos los millones que han juntao. No, señores, no, acá morimos tos igual, los van a incinerar y van a caber tos en una lata de coca cola, van a ver. 


m.trigo