Parece ser que me fui





Unipersonal de clown con doce años de recorrido, una obra medular y esencialmente viajera, atemporal, íntima y festiva, una celebración de la vida y sus paradojas, todo eso y mucho más resulta Parece ser que me fui, creación de Marina Barbera y Raquel Sokolowicz, que en estos días volvió a la cartelera con funciones a la gorra agotando reservas, convirtiéndose en cita obligada para quienes no la vieron y en hermoso reencuentro con Marta, el personaje que muchos conocían y, sin duda, extrañaban. 


La profundidad del clown descansa en la generosidad de sus intérpretes para abrir una ventanita desde la que asomarse a ciertas oscuridades con las que identificarnos. Esa búsqueda de lo universal que sólo se integra cuando parte de las inquietudes más personales, suele ser fundamental al darle forma a una obra de clown para todos los públicos que aspire tanto a la necesaria carcajada como a la reflexión. Barbera mantiene desde hace décadas un compromiso rotundo con el universo payaso y su unipersonal es una muestra impecable de la calidez y el coraje que habitan en el corazón de todo personaje que trasciende forma y técnica. 


Parece ser que me fui goza de muchas virtudes: excelente buen uso de los recursos de la puesta - donde destacan la música original de Agustín Flores Muñoz y la iluminación de Ricardo Sica - , síntesis, ritmo, un texto exquisito y un personaje entrañable que se presenta como toda una provocación al (re)encuentro con nosotros mismos, ese viajecito infernal.



Destacamos la enorme importancia dada al subtexto, es ahí, en todo lo que Marta no logra verbalizar, donde descansa gran parte de la intensidad de su trabajo. Barbera explora su expresividad con la conciencia de quien, no en vano, convive hace más de una década con su personaje y desarrolla todo un abanico de gestualidades, movimientos y sonidos que ofrecen una gran libertad de traducción. Acompañamos a Marta en su toma de decisiones y, a través de los recuerdos o desde la inmediatez de un instante confuso, avanzamos de su mano en ese arduo periplo que implica un cambio en nuestras vidas. 


Marta se fue alguna vez y vuelve a irse en cada función donde nos comparte el aprendizaje de su viaje. Un viaje donde no se precisan mapas y donde salvar distancias no es el principal objetivo. El texto explora la construcción de una lógica asociativa donde la realidad menos poética cortocircuita toda idealización recordándonos que el mundo de Marta también es el nuestro. Sus constantes interpelaciones son una invitación a enfrentarnos a cuanto nos atemoriza para abrirnos a la posibilidad, tan temida como deseada, de que haya algo más. En algún lugar. Quizá ahí mismo. 


Marta se pregunta dónde estarán Los Demás y qué pasaría si los (re)encontrara. Ese pensar y concebir al resto como un Los Demás y no como un “los otros” es sólo una muestra de su lucidez. Frente a la consabida certeza de que el infierno son los otros, ese nombrar distinto, ese Los Demás, proporciona una clave esperanzadora que nos recuerda la necesidad de no ceder nunca en el empeño de renovar nuestro punto de vista. Barbera y Sokolowicz conquistaron una sólida dramaturgia asentada tanto en lo dicho y hecho como en lo impronunciable. Toda una lección sobre cómo hacer cómplice y partícipe al público al ofrecer un relato abierto donde sus experiencias resultan tan parecidas a las nuestras que fácilmente concebimos la idea de que todos tenemos una Marta dando vueltas por ahí. 



Parece ser que me fui


Actúan: Marina Barbera

Diseño de luces: Ricardo Sica

Música original: Agustín Flores Muñoz

Operación de luces: Francisco Varela

Fotografía: Jorge Crowe

Diseño gráfico: Andrés Kyle

Asistencia de dirección / Producción: Mariano Mandetta

Dirección: Raquel Sokolowicz

No Avestruz
Humboldt 1857
Sábado 21h.

Apuntes sobre la fragilidad de todo esto





Si por algo resulta fascinante el acontecimiento escénico es por la fugacidad que lo caracteriza a la que se une, por supuesto, la presencia de los actores, personas aquejadas por los mismos inconvenientes que cualquiera, que en algún momento de su vida decidieron entregarse a la singular tarea de ser y parecer otros y compartir esa instancia de un juego que asimilamos como técnica y que el tiempo convierte en oficio.

No hay dos funciones iguales porque eso atentaría contra las leyes de la naturaleza que responden al cambio constante. Toda obra posee un andamiaje a favor del relato que contiene, una serie de dispositivos hacen posible que el personaje entre y salga, avance y, con suerte, cambie. Cuanto más sólida es esa partitura, más profunda y vital resulta la actuación sin importar qué tipo de género aborde. El trabajo del actor crece en torno a esa estructura que asimila al punto de olvidarla, la digiere hasta hacerla invisible, y el mapa de miradas, movimientos, silencios y respiraciones se torna misterio. Con suerte.

Así como los niños disfrutan del placer del cuento repetido al identificar una lógica salvadora de continuidad que satisface y tranquiliza, el intérprete, músico o actor, cimenta lo inefable sobre el desafío titánico de marcar la diferencia cada vez. Una diferencia que no debe ser disruptiva, no se nutre de la improvisación o el accidente, se desarrolla en torno a un matiz que sólo está al alcance de quien tiene la rara fortuna y aún más rara paciencia, de ver o escuchar varias, muchas, muchas veces, una misma obra o concierto. Ahí, en esa imposibilidad del otra vez, descansa el entusiasmo que posibilita el espectáculo como un encuentro que para muchos, o para alguien, será inolvidable.

Todo esto sucede sin grandes rituales ni trances agónicos. Acontece sin que se piense. Con la relativa facilidad con la que alguien maneja un auto o pilota un avión. Con la responsabilidad de quien sabe que hoy su trabajo puede cambiar la vida de un desconocido para siempre o quizá conquistarlo durante ese tiempo otro.

La obra como invitación a la vida ofrece algo más que una distracción, regala eso que necesitábamos. Algo que nos acompañará desde ese día y nos ayudará a seguir adelante cuando el sinsentido se imponga.

La fragilidad con la que esto se articula carece de denominación. No hay una palabra que identifique la amalgama de elementos preciosos que se aúnan en perfecto equilibrio para lograr el prodigio. Están los ingredientes identificados en cualquier manual semiótico – texto, luces, utilería, escenografía, espacio sonoro etc. – pero también están los cuerpos del elenco, cuerpos que no veremos dos veces del mismo modo, que en ocasiones actúan enfermos, cansados o atravesados por inquietudes personales que modifican su estar. Y junto a ellos está el público, puñado incierto de desconocidos, mínimo o numeroso, que observa, calla o comenta, tose, atiende un celular, abre un caramelo, ríe, llora, olvida su inmediatez con la escena creyéndose a salvo en la oscuridad de la platea. A veces la temperatura de la sala modifica el ánimo colectivo, otras un ruido molesto en la parrilla de luces o una alarma de auto en la vereda del teatro. Cualquier cosa, un objeto que cae, una tormenta que se larga con fuerza desmedida, alguien que se indispone en su butaca… Todo atenta contra eso que desea suceder para nosotros. 

Cómo no aplaudir de pie cuando la maravilla es, cuando la obra salva todos los obstáculos, explota cada uno de sus recursos y nada interfiere en ese encuentro entre mundos posibles. Cómo no desear que la vida se parezca un poco más, cada vez más, a ese momento. Cómo no seguir luchando para que otros, muchos otros, lo sientan tan necesario que se torne imprescindible.

Destructivo de un desastre irruptivo






El título ya es un desafío, difícil anticipar la temática, el color del contenido de la pieza. Todas nuestras hipótesis harán agua al encontrarnos frente a Eugenia M. Roces, creadora e intérprete de esta singular propuesta donde danza, teatro, política y pensamiento feminista se interrelacionan con poesía y contundencia.

En escena, una mujer. Una mujer que comienza siendo cuerpo. Puro cuerpo. No uno cualquiera. Uno desarmado, fragmentado, disociado de y entre sí, pero también aparentemente distanciado de lo inmediato. Envuelto en humo. Lo primero que conoceremos de ese cuerpo será su rostro. Lentamente cobrará vida para adquirir una expresividad que se nutre de la propuesta musical y la trasciende al convertirla en otra cosa. La música es una herramienta de transformación pero también de extrañamiento. Lo que podría ser un cuadro flamenco armónico se torna inquietante acertijo y presenta otro ingrediente clave: un humor sutil, crítico y personal que acá y allá abre interrogantes que no precisa cerrar.

La obra es una reflexión práctica que toma el espacio dejándonos participar de su evolución, esa destructiva re-construcción que el título anuncia. Demanda un público no sólo atento, sino cómplice, capaz de sonreír o soltar la carcajada ante lo que se cuenta y se recuerda sin palabras, pero también capaz de enjuiciar ese relato, de posicionarse a un lado u otro de cada verdad enunciada.

Eugenia M. Roces expone el cuerpo para abstraerlo. Logra por momentos que sea un objeto pero también un ente insólito que observa con incredulidad, desparpajo y socarronería, pues de eso se trata: una burla irónica que pisa, baila, zapatea, sobre el ideal que canoniza y estereotipa lo femenino de un cuerpo. “Tranquilos, son solo un par de tetas mirando”, aclara el programa de mano. Pero son mucho más. Son dos tetas grandilocuentes que no precisan palabra para imponerse como nota al pie de siglos de iconografía. La composición estética remite a la obra pictórica del simbolista español Julio Romero de Torres, en cuya producción se asentó con fuerza la imagen de una mujer ibérica asociada a la tradición romana y árabe e, íntimamente ligada a esa idea, la concepción de una mujer desafiante, peligrosa, tan objeto de deseo como indeseada por temida. No es casual que Torres fuera a principios de siglo XX uno de los pintores que triunfaba entre la aristocracia porteña. Roces retoma esa imaginería, la refuerza con música flamenca y mediante un mecanismo de desintegración del sentido - la desaparición de su cabeza, la violenta disección de las frutas que termina tra(n)splantándose – concluye su intensa metamorfosis dando lugar a una nueva naturaleza, híbrida, donde el cuerpo adquiere el carácter de nueva frontera: ese cuerpo también es un origen, un punto de salida y de encuentro. Es en esa instancia donde el discurso incorpora la palabra como último recurso.

Son muchas las inquietudes que debieron nutrir este excelente trabajo y, sin duda, su capacidad de síntesis al dotarlas de cuerpo escénico es uno de sus hallazgos más significativos. Una pieza idónea para que sigamos reflexionando sobre este momento histórico donde las mujeres gritan basta.



Destructivo de un desastre irruptivo

Idea y actuación: Eugenia M. Roces
Vestuario: Marianela Castellanos Gotte
Escenografía y concepción visual: Carola Etchepareborda
Diseño de luces: Lucas Lavalle
Diseño sonoro: Matías Coulasso
Fotografía: Carola Etchepareborda
Asesoramiento en danza: Daniel Antonio Corres
Asistencia general: Agustina Annan, Juan Salvador Giménez Farfan, Mauro Podesta
Dirección: Eugenia M. Roces

Yo no muero, ya no más






La acción perfomática a menudo gestiona como factor clave la proximidad o lejanía del público. El punto de vista no suele determinarse y ese libre albedrío, se sabe, es una responsabilidad difícil de manejar. Fernando Rubio experimenta hace décadas en este ámbito y explora a conciencia las ventajas e inconvenientes de esas premisas. Yo no muero, ya no más, es un gran ejemplo de esto. El proyecto, estrenado en Uruguay en 2017 como producción de la Comedia de Montevideo, forma parte de la programación del FIBA y podrá verse en marzo en el marco de las actividades en torno al 8M.

El espacio escénico se presenta con aparente sencillez - una caja con paredes transparentes - pero se articula como una compleja red de sentidos. Por un lado, en la caja, una puerta permite la entrada y salida de los intérpretes que dan y ponen cuerpo al relato; por otro, en ella se proyectan observaciones y materiales que generan un paratexto político que trasciende lo que ahí sucede al remitirnos a su referente: los femicidios ante los que el Estado se revela inoperante.

En la caja hay tierra y dos sillas. La caja es blanca. Las sillas negras. Todo podría formar parte de la práctica museística, sin embargo, la acción violentará cada elemento. Sin que podamos evitarlo. O sin que sepamos cómo hacerlo.

Alrededor de esa caja hay micrófonos, música, técnicos. Está el público pero también gente que pasa, ajena al intento desesperado de abrir un paréntesis para obligarnos a detenernos y.


Qué.

Visibilizar. 
Incomodar. 
Reflexionar. 
Citar. 
Recordar. 
No dar lugar al olvido.

Esos son los principales objetivos de este trabajo que hoy vemos en el contexto del FIBA, pero que debiera contar con un respaldo institucional para poder sostenerse a lo largo del tiempo, de modo indefinido, como una intervención constante sobre el tejido urbano, una práctica de memoria colectiva que le otorgue visibilidad a lo que tan a menudo es silenciado o tergiversado por infinitos intereses que poco y nada tienen que ver con la imperiosa necesidad de avanzar hacia nuevas y posibles medidas que modifiquen la monstruosa naturalización de una cifra vergonzosa: la de mujeres asesinadas a diario.

La propuesta de Rubio subraya la urgencia de reflexionar sobre lo insostenible de esta situación. En un momento dado la acción se detiene para compartir el silencio, ese silencio que se quiere guardar por los que ya no están, un silencio consciente que se entrega. Más adelante, la proyección inicia un recuento de víctimas. Nombres y apellidos desfilan ante nuestros ojos y sabemos que eso es todo lo que hoy queda de esas mujeres a las que nunca conocimos y de las que nunca sabremos nada. En algún momento los nombres cesan. Ni la acción ni la vida pueden detenerse, pero sabemos que esa lista no deja de crecer. Esa proyección podría ser mundial, instalarse en los paseos principales de todas las ciudades y cada hora veríamos, y olvidaríamos, un nuevo nombre.

Yo no muero, ya no más es una materialización poética de una realidad que debiera ser imposible y que, sin embargo, apenas es otro tema maltratado de la agenda mediática.



Yo no muero, ya no más

Elenco: Silvina Sabater, Nayla Pose, Andrea Nussembaum, Pablo Gasloli, Sofia Amaranta Palomino, Gabo Correa y Jorge Prado. 
Música original y diseño sonoro de Sebastian Schachtel. 
Fotos: Loló Bonfanti Mele.
Asistencia artística y de producción Tatiana Sandoval. 
Producción General Ceci Irene Kuska. 
Autor, director y diseño de espacio Fernando Rubio. 
Una producción de El Cultural San Martín y El Jardín Sahel.

Acróstico





Nuestro instinto es narrativo, nuestra desesperada búsqueda de sentido nos determina a ordenar los acontecimientos para que seamos capaces de explicar ciertas cosas o, al menos, de observarlas a prudente distancia e interrogarnos sobre ellas. En el hecho escénico a menudo el factor que tensa la exposición de los materiales es la presentación del personaje que (re)vive para contar(se) y contarnos. 

Diego Rosental presenta en Acróstico un excelente desarrollo de estas coordenadas. Su encuentro con el público es la invitación a compartir un posible relato sobre determinados recuerdos de infancia que constituyen una cartografía de vida. Mediante una serie de objetos personales se nos presenta a un niño, el mismo Diego, un niño que podría haber sido de muchas formas, pero que, sometido a esa fuerza de la naturaleza que tantas veces representa una madre, desvía en algún punto su inocencia para ser herido por vez primera. ¿Cuándo termina la infancia? ¿Qué son la culpa y la vergüenza para cada uno de nosotros? ¿Qué cambia de modo definitivo con su llegada?

Rosental comparte una serie de recuerdos apoyándose en objetos e imágenes donde el relato refuerza su aparente valor testimonial y los disecciona dejando que el público obtenga sus propias conclusiones. Son muchas las preguntas abiertas pero el afán no está puesto en la satisfacción de una respuesta. Y ahí, donde el silencio opera, Acróstico aporta la contundencia original de su creador, es sobre ese subtexto que aparecen la música y el baile. La obra se presentó el año pasado en el ciclo Óperas Primas del Centro Cultural Rojas y vuelve ahora en el marco del Décimo Festival de Danza Contemporánea. La puesta combina la dramaturgia testimonial con la danza y esta funciona como un alegato físico donde el cuerpo ejerce de acotación exquisita. Las coreografías son una (re)acción frente a los acontecimientos de un pasado tan concreto como impenetrable.

Si nuestras vidas son apenas el relato que logramos contarnos, el pasado está condenado a ser un punto de vista al que una y otra vez asomamos de distintas formas. Frente a esa incuestionable certeza, el presente inmediato y absoluto de la danza se interpone como un paréntesis que no se limita a interrumpir el argumento, sino que compite con él en un intento de modificarlo para convertirlo en otra cosa, en algo más. El pasado desaparece o, quizá sea más correcto decir se traduce, en el intérprete, Rosental, acompañado finalmente por María Kuhmichel. Juntos bailan y exorcizan, comparten la vitalidad de ese ritual celebrando la toma de decisiones que los trajo hasta acá, a este proyecto y esta noche donde somos testigos de cómo una cicatriz puede brillar. 

Cabe mencionar que el diseño de iluminación de Sebastián Francia, la estética y el uso del espacio son aciertos que potencian la poética personalísima de una propuesta que aporta una muy interesante hibridación entre el unipersonal, la autoficción y la danza. 



Acróstico

Intérpretes: María Kuhmichel, Diego Rosental
Creación: Jimena Pérez Salernos, Roberta Blazquez Caló, Andrés Molina, Diego Rosental
Diseño de iluminación: Sebastián Francia
Diseño gráfico: Leandro Ibarra
Música: Daniel Bugallo
Dramaturgista: Aldana Canal
Colaboración artística: Eugenia Foguel
Asistencia general: Sofía Etcheverry
Asistencia de dirección: Andrés Molina, Roberta Blazquez Caló
Idea y dirección: Diego Rosental

C.C. Ricardo Rojas
Av. Corrientes 2038
Martes 21h. 

Flor del Pampero






Buenos Aires se conjuga en presente histórico. Cómo no amar un ecosistema impredecible donde la desesperada tentación del orden narrativo, esa sed de lógica causal que dote de mínimo sentido a nuestros días, es boicoteada una y otra vez por los acontecimientos más inverosímiles. Hablamos del horror y del error, amargos panes cotidianos, pero también de la belleza absoluta iluminada por el empeño de quienes saben que el único modo de ser y estar en este absurdo, pasa por dedicarse en cuerpo y alma a su oscuro objeto de deseo: la ficción. Esa fe.

No es menor que en estos últimos años donde el macrismo ha destruido con saña cualquier horizonte de expectativas, siendo la educación y la cultura dos de sus ámbitos de destrucción masiva, se hayan estrenado obras como Prueba y error, La liebre y la tortuga, La terquedad, El mundo es más fuerte que yo o El hipervínculo. Cada una llegó como múltiple respuesta a una pregunta que nadie hizo. Fueron frutos de búsquedas intensas donde el factor temporal, intensivo y/o extensivo, fue determinante para llegar a esos artefactos que interrogan sobre los supuestos convencionalismos escénicos recordándonos que todo está por (des)hacer. Son varios los factores que esas obras comparten: directores polifacéticos y versátiles, compañías o equipos de trabajo sometidos a intensas convivencias, y sistemas de producción propias del teatro independiente. Si bien es cierto que tres de esas obras se estrenaron en el circuito oficial, nos atrevemos a afirmar que fue gracias al bagaje previo de sus creadores, ya histórico en algunos casos, en el teatro independiente. El marco oficial facilitó idílicos recursos, por supuesto, pero si entendemos que se trata de salas públicas, su brillante desempeño no es más que una contundente justicia poética enrarecida por el contexto político. 

¿Qué tiene que ver esto con la llegada de La Flor a la sala Lugones? Creemos que mucho. Mariano Llinás, su director, es el primero en reconocer la fuerte influencia que tuvo para él su contacto con el teatro independiente. Las alianzas imprescindibles que identificó en ese ambiente deben ser muy parecidas a las que comparte El Pampero Cine, productora fundada nada menos que en el 2002 por el propio Llinás junto a Laura Citarella, Agustín Mendilaharzu y Alejo Moguilansky

2002. De nuevo, el presente histórico y el jardín de los caminos que. El Pampero Cine se fundó en lo que parecía el peor de los momentos. Algo nos dice que debiéramos reconciliarnos definitivamente con la incertidumbre. Nunca hay un mejor tiempo para crear que ese en el que no puede (ni debe) dejar de hacerse. Por otro lado, tanto Mendilaharzu como Moguilansky son apellidos enraizados en la escena teatral porteña. Sus trabajos hablan por sí mismos sobre su profundo entendimiento humano y artístico de lo escénico. Pero no termina acá esta conexión vital entre cine y teatro. Las protagonistas de La Flor son Elisa Carricajo, Valeria Correa, Pilar Gamboa y Laura Paredes, conocidas como la compañía Piel de Lava, fundada en 2003, cuyos trabajos han podido verse este año en la retrospectiva programada en el Sarmiento.

Todo indica que podemos considerar esta película como un punto de encuentro entre la alquimia teatral y la cinematográfica, no por lo que en ella veremos sino por lo mucho que nos deja intuir o imaginar sobre su realización. 

En uno de sus primeros tráilers la voz en off de Llinás trataba de presentar la película y la fórmula elegida para hacerlo era el trazado del esquema que terminaría siendo su gráfica. Se aclaraba algo fundamental: las actrices eran el motor de esta nueva producción, ellas eran quizá el único hilo conductor entre las tramas que aún se estaban definiendo. La película, pues, es sobre y para ellas. Eso anunciaban. Una poética tan desmedida como singularmente romántica para los tiempos que corren. Se mire por donde se mire, La Flor es una hazaña, pero también una prueba de que el amor sigue existiendo en su estado más puro, sin destilar. Sólo así puede concebirse semejante apuesta. Las palabras de Llinás en el programa parecen consentir esta intuición optimista. 

“Fueron diez años de misterio y de riegos, pero también de sentir como pocas veces el vértigo del amor y la amistad, como sólo es capaz de manifestarse en un grupo de personas que buscan desaforadamente lo mismo, y están dispuestas a dar lo que haya que dar con tal de conseguirlo. “

Diez años. 

Si nos sentamos a la orilla de ese lapso apenas un instante el vértigo aturde. Si consideramos ese tiempo dentro de los infames acuerdos que el sistema de producción impone nos vemos obligados a reflexionar sobre aspectos que van más allá de la realización de una película. La Flor no puede considerarse como un fenómeno aislado, ni siquiera como una constelación de caprichos conquistados, entendiendo el capricho como derecho de quien gesta cualquier obra, sino como un emblema más del ideario del Pampero Cine, que supo definirse como “un grupo de personas dispuestas a experimentar y a renovar los procedimientos y las prácticas del cine hecho en la Argentina." En su web seguimos leyendo lo que muchos conocen: "El Pampero Cine ha desarrollado un sistema de producción basado en el rechazo a los postulados industriales y a la radical independencia de las fuentes clásicas de financiación, que le ha permitido una producción constante y fértil. Con Historias Extraordinarias, quedó confirmado que El Pampero Cine ha impuesto en la Argentina una nueva manera de producir, trabajando con presupuestos marcadamente inferiores a la más pequeña de las producciones industriales sin que sin que dicha inferioridad de condiciones tenga relación alguna con la calidad técnica o estética de las obras.”

La Flor será analizada bajo los más diversos prismas, pero todos en algún momento debieran hacer hincapié en la importancia de esos ideales pamperos. Esta película no hubiera sido posible sin el increíble hito que supuso para la historia del cine Historias extraordinarias y quienes la vimos y amamos como constatación de alguna que otra inquietud propia, inevitablemente acudimos ahora a la sala Lugones preguntándonos si aquella ejemplaridad es superable, pero no es una buena pregunta. ¿Para qué enfrentar dos naturalezas indómitas? ¿Por qué aproximarse a ellas con afán comparativo? 

Celebremos la existencia de ambas como lo que son: desafíos colectivos, pruebas de que nada está escrito, de que la normativa no rige como dogma una vez que se asimila sino que está ahí para ser cuestionada. Historias extraordinarias y La Flor son mucho más que dos películas de larga duración, son poéticas, idearios, lecciones magistrales que tardaremos en valorar en su justa medida. No deja de ser extraño saberse parte de la historia mientras se escribe, no deja de ser un privilegio inmenso ser testigo del triunfo del deseo contra toda lógica. 

Escribo habiendo asomado únicamente a la primera parte de la proyección y lo hago consciente de mi deuda. Son tantas las posibilidades de (re)escritura y análisis que ofrece que esto apenas araña la superficie. Más que hablar de argumentos o formas del quiebre donde el espectador se ve enfrentado con sus propia (de)formación y expectativa; o de la invitación al cuerpo a cuerpo con la obra cinematográfica que enciende una alerta certera sobre nuestra bulímica recepción audiovisual, elijo subrayar la absoluta libertad de criterio constructivo, el desprejuicio hacia la forma dada y, a su vez, el profundo amor por los (sub)géneros y la necesidad de revisitarlos a la luz de ese juicio único donde el humor siempre funciona como garantía de interés y calidad. Si La Flor, apenas comenzada su andadura, se intuía como imbatible, no es debido a lo mucho cuantitativo que rodea su génesis, sino a la profunda libertad con la que se desarrollan todos y cada uno de los aspectos que la configuran. Ahí, en esos saltos de altura, es donde El Pampero Cine vuelve a abrir camino.



La Flor
Argentina, 2018. 807 minutos (sin intervalos)
Dirección: Mariano Llinás.
Fotografía y cámara: Agustín Mendilaharzu.
Montaje: Alejo Moguillansky, Agustín Rolandelli.
Sonido: Rodrigo Sánchez Mariño.
Música: Gabriel Chwonnik.
Arte: Laura Caligiuri, Flora Caligiuri.
Vestuario: Carolina Sosa Loyola, Flora Caligiuri.
Asistente de dirección: Agustín Gagliardi.
Productora: Laura Citarella. 
Una producción de El Pampero Cine y Piel de Lava.
Reparto: Elisa Carricajo, Valeria Correa, Pilar Gamboa, Laura Paredes. 




Próximas proyecciones en la Sala Lugones. 





Carne y Hueso




Buenos Aires (también) es un puñado de lugares a los que siempre volvemos, lugares que recomendamos y de los que nos sentimos parte porque algo de lo que ahí sucede nos (con)mueve y convoca, porque su apuesta siempre es alta y porque mantienen la difícil de promesa de seguir trabajando por y para todos. Roseti es uno de esos lugares y para quienes lo vimos fundarse, abrir sus puertas, llegar para quedarse, renovar contrato, para los que lo vimos conquistar amigos, juventud, y llenarse no sólo de teatro sino también de música, su permanencia en un momento como este donde tantos espacios sucumben, es más que un motivo de alegría. Encontramos ahí una constatación feliz de las causas que elegimos defender y un modo posible de seguir haciéndolo y, sobre todo por eso, encontramos en ese territorio que la casa valida como República de Chacarita, no sólo un faro, sino un hogar, uno de esos donde siempre te reciben con la pava lista. No se puede hablar de un proyecto de Roseti sin mencionar la sinergia de fuerzas que lo alientan y mantienen, no se puede porque esas fuerzas se renuevan cada vez y es imposible no apreciarlo, aunque no haya palabras que acierten a valorar esa confluencia en su justa medida. Algo aclararemos: no hay marketing, no hay fenómeno, no hay moda, no hay milagro. Hay trabajo. Mucho. Hay interrogantes abiertos. Siempre. Hay comunidad. Y boca en boca.
El año pasado estrenaron El mundo es más fuerte que yo, obra de largo e intenso proceso creativo que no dejó función sin agotar localidades. Toda una poética práctica sobre el quehacer escénico, un punto de encuentro que invitaba a reflexionar sobre las convenciones que creemos lo constituyen. Un banquete de incertidumbre donde palpitaban algunas cuestiones presentes en Carne y Hueso, su nuevo trabajo. Juan Coulasso, coordinador general del numeroso equipo, define con rotunda frescura sus propuestas y en esta ocasión afirma que “es una materialización espectacular derivada del proceso de investigación llevado a cabo en el Laboratorio de Creación Bilateral entre Escritura y Performance Escénica producido en Roseti durante el año 2017.”
En efecto, los intérpretes figuran como autores de los textos y sus voces dan luz a lo que pareciera un mecanismo lúdico de composición literaria. Hay una búsqueda específica sobre la sonoridad de la palabra y el ritmo que la articula. Lejos de elaborar un texto caprichoso, sobre la dificultad constructiva aparece un hilo de pensamiento que alumbra breves pero contundentes historias sobre el (des)amor, la soledad, el sexo y la violencia implícita y explícita que nuestros cuerpos toleran, advierten o, en ocasiones, desean. Hay humor, sí, pero también oscuridad y una filtración constante de la realidad que nos (des)hace.
Hay voces, personajes. Sin embargo, por deformación e interés de quien escribe, el ojo se detiene en los actores y actrices, en sus elecciones para materializar el deseo que los trajo hasta acá. Carne y Hueso no es una propuesta intimista donde prime eso que tantas veces describimos como “actuación orgánica” queriendo ver ahí, donde nunca está, una actuación verosímil, mimética, más o menos realista, pretensión que sabemos imposible pero que tanta fascinación ejerce en el teatro porteño. Sobre el andamiaje de un dispositivo literario se levanta una puesta donde la actuación se evidencia y significa, se deja registrar y crea desde ahí: el maquillaje, el vestuario, los cuerpos, la forma de decir, de pararse, etc. Hay una tensión insalvable en esa fórmula que dota de fragilidad cada escena. Sin pretensión narrativa, cada pieza se suma explorando las posibilidades del texto, la actuación y, por último pero en este caso para nada menor, el espacio concebido.
Roseti se transforma en un lugar indeterminado donde somos guiados por personajes que aparecen y desparecen. ¿Qué teatraliza un espacio? ¿Hay algo verdaderamente imprescindible para prender el clic de la ficción? No. Es imposible que un lugar no cuente por sí mismo, toda intervención (des)ordena su posible relato y la actuación lo modifica radicalmente. Asumida esa instancia todo territorio es potencialmente escénico. Sobre esta última premisa Carne y Hueso se permite una hermosa licencia poética y constructiva que nos negamos a desvelar pero que tiene todo que ver con la intencionalidad de los valores rosetianos. En esta ocasión su forma de ir un poco más lejos, de recordarnos dónde estamos, acá y ahora, y qué podemos o deseamos hacer mientras, es también una invitación a poner el cuerpo, a convertirnos en protagonistas de una acción colectiva, acompañarnos en la complicidad de quien desea ser parte de cualquier cosa que pueda suceder. 

Son muchas las imágenes que quedarán para el recuerdo en cada pequeño grupo de espectadores, pero elegimos el largo plano final, un travelling con música en vivo, sobre el que contenemos el aliento dudando sobre el siguiente paso de nuestro camino. ¿Dónde debemos  ir después? ¿Hay algo allá afuera que nos necesite verdaderamente? 

“Todo lo que se dice es porque pasó o porque todxs quisimos que pasara" afirma la gráfica de este desafío.
No lo dudamos.

Carne y hueso
Textos e interprétes: Rosario AndiaLeticia CoronelJosé FogwillYael LazzariNadia LozanoGuadalupe MorenoFederico PereyraJuan Manuel RodríguezLuciana Schmit

Diseño de escenografía: Adriana Baldani
Diseño de luces: José BinettiValeria Junquera
Fotografía: Cecilia Almeida SaquieresCatu Hardoy
Diseño gráfico: Nadia LozanoJuan Manuel Rodríguez
Entrenamiento vocal: Victoria Roland
Asesoramiento de vestuario: Uriel Cistaro
Asistencia de dirección y de escenas: Rafael EscalanteMalena GuinzburgRomina Trigo
Coordinación general: Juan Coulasso

Carne y hueso
Roseti
Roseti, 722
Sábados 15h.