La dramaturgia como práctica de fe o como fe práctica (IV)

“El teatro sólo sabe de teatro, y más o menos, más bien tirando a poco”. 
Alberto Ure

El autor que sobrevive al acopio deberá encarar a sus personajes y atender y entender sus necesidades. Ahí, nuevamente, aparece otro acto de fe: considerar que los personajes, una vez iluminados por la persistencia del deseo, saben, mejor que el propio autor, cómo lograr lo que buscan. Porque si la dramaturgia es algo – y nuestra fe nos dice que sí –, ese algo tiene que ver con la existencia de un conflicto poderoso de cuya dosificación depende el pulso de toda creación.
Nada más difícil que hacer aparecer en escena un problema sin verlo venir. Una vez presentado, el afán estará puesto no solo en su resolución, sino en todo cuanto puede y debe suceder a su alrededor para que ese universo, tan legítimo como el nuestro, acierte a expandirse sin pausa y logre mantenernos en vilo. Las técnicas para que eso suceda sobre el papel están sobradamente estructuradas, analizadas y compiladas en millones de manuales que ofrecen la receta para cocinar un buen simulacro de escritura en cualquiera de los géneros y subgéneros conocidos. El cine ha logrado que nuestra relación con muchas técnicas literarias sea intuitiva, un acto reflejo para el entendimiento que no precisa conocer la definición del término analepsis, ni siquiera el popularizado flashback, para asimilar sin el menor inconveniente un retroceso en el devenir de la historia, un salto hacia atrás en el tiempo del relato. De igual modo alcanza con una mirada de determinados personajes para informarnos de su infinita capacidad para ser malvados o con un par de notas musicales para anticiparnos el peligro inmediato que oculta cierto paisaje nocturno que, sin esa banda sonora, nos dejaría indiferentes.
El dramaturgo goza de toda su experiencia como lector, espectador de cine y vaya uno a saber cuántas otras singulares formaciones que ha ido atesorando a lo largo de su vida mientras decidía si escribía o no una obra de teatro. Quien deviene dramaturgo quizá lo haga por necesidad. Son muchos los que comienzan a escribir obras a pedido de un grupo de trabajo, de una determinada compañía o asumiendo la imposibilidad de pagar derechos de autor de obras ajenas. No es el mejor de los alicientes. Escribiendo por necesidad y sin deseo corremos el riesgo de trabajar únicamente para pagar el alquiler. Conviene recordar que los derechos de autor de un dramaturgo rarísima vez alcanzan para llegar a fin de mes[1]. Los hay que comienzan a escribir habiéndose formado como actores o directores teatrales. Los formados académicamente en la especialización de dramaturgia, son los menos. Algo de esa mixtura de profesiones, vocaciones cruzadas y sobreadaptación a todo tipo de coyunturas y contextos creativos determina que la producción de textos haya perdido hace tiempo el interés por definir cualquier tipo de formato. Sabemos que la obra, el texto como tal, llegará a una ínfima minoría. La publicación de textos teatrales es tan anecdótica como sus ventas o lectores. Lo cual convierte en admirable toda iniciativa que lo favorezca puesto que, después de todo, los textos no dejan de ser pruebas fehacientes de la existencia de la actividad teatral y siembran, cuando menos, duda y desconcierto en torno a la hipótesis de la extinción del dramaturgo. Mientras haya obras, hay esperanza. Y si las obras se publican la esperanza crece. No deja de ser significativo el hecho de que sean editoriales independientes o específicamente teatrales, cuando no los propios autores, los que se embarcan en la odisea del rescate de los textos. Buenos Aires ha visto surgir en los últimos años varias iniciativas de esta índole. Ejemplos de ello son las editoriales independientes Libretto y Libros Drama, así como las colecciones Altas Llantas de Pánico el PánicoVoces de papel de Escénicas Sociales, perteneciente al área de Comunicación, Artes Escénicas y Artes Audiovisuales de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.
En España, donde las consecuencias de la tan cacareada crisis de los últimos años casi han logrado aniquilar la poca actividad cultural del país, se está forjando en este momento una nueva plataforma de difusión de dramaturgia impulsada por el colectivo Nueve Novenos[2]. La figura del dramaturgo es prácticamente inexistente en un país donde el teatro no puede ser más irrelevante ni minoritario, así que el nacimiento de Contexto Teatral, anunciada para el próximo otoño, es una de las mejores noticias para el teatro español en mucho tiempo.
Si para algo sirven esas publicaciones es para constatar la gran heterogeneidad de la dramaturgia actual. No hay modo de clasificarla atendiendo a producciones grupales o nacionales. Las antologías que aparecen reúnen obras que pretenden ser reflejo de la actualidad de un país o de una generación – en Buenos Aires se habló de la generación de los “sub-28”, y ya hay un grupo “sub-20” de autores y directores que viene experimentando y produciendo dentro del teatro independiente –, cuyas propuestas no tienen mucho en común. Sus inquietudes, búsquedas, lenguajes y temáticas no pueden ser más distintos. Si acaso, en ocasiones, podrá observarse que los medios precarios de producción otorgan ciertas características (in)formales y austeras a gran parte de las puestas en escena. Si bien tomamos como referencia el teatro porteño de los últimos diez años, por ser el que más y mejor conocemos, nos consta que la economía de recursos firma estilo en todas partes. Santiago de Chile o Madrid también experimentan con la adaptación y la búsqueda de formatos mínimos. Abundan las piezas breves para públicos reducidos en espacios alternativos o construidos para esos menesteres. Chile exportó a Buenos Aires y Roma, el Gabinete, un cubículo para un espectador donde se ofrecen obras de no más de quince minutos.[3] Madrid inauguró (y cerró varios) espacios siguiendo el modelo de las salas porteñas para pocos espectadores. Aparecieron iniciativas como Microteatro por dinero[4]. De algún modo, salvando distancias sociopolíticas y económicas, la creatividad teatral aprende a subsistir donde la planten con recursos similares. Al menos, insistimos, en lo que a formas de producción y formatos se refiere. No diríamos lo mismo sobre contenidos, temáticas, o apuestas y riesgos asumidos desde la dirección. 
Vemos que la fe del dramaturgo debe ser constante. Su credo es largo y variopinto. Creerá en su intuición sobre todas las cosas. Creerá en el valor de las raras imágenes que logren perseguirlo reclamando atenciones, exigiendo expansión mientras inundan el mundo conocido de pistas, señales y metáforas que apuntan a su causa. Creerá en el conocimiento adquirido, en la suma de todas las causalidades que terminaron por convertirlo en el poeta que hoy es. Creerá que hay personajes que lo esperan, historias que, en principio, solo él necesita y que no verán la luz si él no la prende. Creerá en la omnipresencia de su discreto Marx sentado en la butaca que prefiera y mantendrá con él infinitas discusiones. Perseguirá cada gag, silencio, pausa e interrogante, atento a ese lector que asomará en su hombro cada día, donde menos lo espere, hasta que el texto obtenga soluciones y una forma capaz de contener ese universo propio donde se habrá mudado por un tiempo. Creerá en sus personajes dotándoles de tanta inteligencia como pueda, de un pasado, ideas, ambiciones, temores y cierta poesía que quizá solo a él le guste. Su fe será su causa y así será sencillo desgranar el misterio de todos los conflictos planteados. El ritmo vendrá solo. Si se resiste recordará que escribir es corregir y aprenderá a encontrarlo. 



m.trigo






[1] Kartun, con gran conocimiento de causa, no duda en afirmar que “la paciencia y la resistencia al fracaso son las herramientas más valiosas para el arte, no los procedimientos técnicos”. Charla impartida en el Encuentro Internacional de la Palabra celebrado en abril del 2015 en Tecnópolis, Buenos Aires.

El ensayo contra todo



Hace dos meses en medio de las arenas movedizas de cualquier día, empezamos a darle forma a una idea: un encuentro semanal donde reunirnos con actores y actrices que necesitaran trabajar para no volverse locos. Seguir haciendo pese y contra todo. 

¿Qué pasa cuándo la dinámica de "taller" se agota? ¿Cuándo nos damos cuenta de que llevamos años tomando clases de esto y aquello, con este y aquel, pero aún no nos consideramos creadores por derecho propio? En esta profesión de extremos, nacen actores brillantes de la noche a la mañana que nunca pasaron por manos de ningún pulidor de diamantes, pero también hay grandes actores que viven esperando quién sabe qué transformación interna o qué palabras mágicas que algún otro, en lo posible un admirado maestro, nos regale, autorizándonos a ejercer lo que hace años somos. 

En el aprendizaje de las disciplinas artísticas es raro licenciarse con honores. Nos formamos, por supuesto. Elegimos con quién, dónde y cuándo. Nos decepcionamos infinitas veces. Comenzamos de nuevo. Quienes tuvimos la suerte de encontrar un lugar donde nuestro horizonte de expectativas, los métodos, el entusiasmo, la teoría, la práctica y la producción comulgaban, lo tenemos difícil al finalizar ese ciclo amoroso. Cuando un espacio de formación se convierte en casa, nos sentimos orgullosos de haber estado ahí, de haber sido parte de lo que se intuye, y se entiende después, una evolución constante. No sucede tanto como desearíamos. 

Cuando tenemos el coraje de finiquitar nuestra formación, aún antes de haber podido desgastarnos o llenarnos de vicios en un laburo definido, entre otras terribles cosas, por su inconstancia, ya estamos pensando en "reciclarnos", en seguir entrenando, en no "oxidarnos". Y sí, también es necesario y hace falta y bien. Pero en ocasiones toda esa energía puesta en un difuso y desmedido perfeccionamiento sería más útil volcada, depositada amorosamente, en una creación propia, en una producción, algo que no solo nos "aceite" sino que nos desafíe por completo y que implique un compromiso de búsqueda, un recorrido por todos los elementos que constituyen esa rara receta de lo que, a falta de otra expresión, concebimos como obra. 

¿Estamos hablando de armar un elenco? ¿Un grupo de trabajo? ¿Una productora? Quizá sí, pero no hace falta. Podemos, y deberíamos hacerlo más a menudo, trabajar solos. Elegir textos que nos rompan la cabeza, calentarnos en su fuego, idear puestas posibles, probar y fracasar. Compartir nuestros hallazgos con alguien, emocionarnos ante la obviedad de una solución que, sin embargo, apareció tras meses de perseguir un no sé qué... Hay infinitas historias latiendo en cuanto nos rodea, personajes albergados en nuestro imaginario, ese imaginario saturado de urgencias que colapsan lo importante. No se trata de que cada una de nuestras iniciativas termine en cartelera, se trata de que las valoremos otorgándoles el tiempo y el espacio que merecen. Nadie hará eso por nosotros. Igual que nadie puede leer por nosotros lo que tenemos pendiente, salir a correr, ir a una muestra de arte, contarnos las obras de los demás o memorizar nuestro texto. 

La creatividad actoral precisa autonomía. Hay una gran parte del trabajo sobre la que podemos profundizar en soledad y después sí, luego sí, claro, mostrar ante aquellos cuya opinión nos interese, escuchar lo que nos dicen y lo que no, y mejorar siempre, apuntalar. Y seguir. Seguir haciendo sin preguntarse para qué, concentrándose en el cómo. De alguna manera, al final, las piezas encajan. Hemos estado ahí muchas veces. Hemos visto el prodigio. No debemos olvidarlo. 

El ensayo contra todo se nutre de estas ideas pero no solo. También se trata de una reacción, la nuestra, tan mínima como efectiva, ante el ninguneo al que se nos somete. La cultura nunca es prioridad en la agenda política, estamos acostumbrados, pero son infinitos los modos en los que el Estado puede posicionarse al respecto y el actual gobierno, una y otra vez, elige el peor de los modos para hacerlo. Quienes trabajamos de este lado del abismo hemos visto en pocos meses como nuestra precaria subsistencia se desbarata día a día. Una sola de sus medidas, el aumento de la tarifa de la luz, sin ir más lejos, puso en peligro la subsistencia de todas las salas de teatro independiente. A la luz se le sumó el resto de servicios. A esa realidad no se enfrentaron solo los teatros. Todos estamos bajo la misma amenaza. No está claro aún si todos sabemos defendernos. O si alguien nos defenderá a tiempo. 

Nuestro cotidiano se ha visto violentamente recortado y nos dicen, insultando nuestra inteligencia con un cinismo digno de antología, que lo que teníamos no nos pertenece, nos mintieron, teníamos costumbres de país rico, los pobres no son tan pobres y el ocio cultural es un lujo. Como el gas, como la luz o el agua. Nuestra existencia es un lujo mientras el Estado tenga que hacerse cargo. Eso dicen. Y que no hablemos de política, nosotros, "los artistas". Porque para ellos somos "artistas". Da miedo asomarse a su definición del término. 

¿Cómo afecta esto a lo que hoy desayunamos? Debería ser un misil en el epicentro del sistema. Porque mientras ese discurso se expande, mientras la cultura se convierte en un tema menor, en un ministerio que pasa de mano en mano entre ineptos, nosotros tenemos que correr más, más rápido y más tiempo, de un lado a otro de la ciudad y de la vida, correr detrás de infames zanahorias que nos alejan de lo poco que logramos ser. 

Se nos ocurrió que dejar de correr, reunirnos, compartir trabajo con extraños, generar algo que ellos no nos arrebatarán porque nuestro capital es simbólico y ese para ellos no cotiza, estaría bien. Sería un modo posible de enfrentarnos a lo que pasa, un modo de que nuestra bronca siembre y nuestra esperanza no se apague. En estos dos meses, apenas un puñado de lunes, todos los que asomaron, probaron y compartieron, ya sabían esto. Durante unas horas, apostamos por devolvernos el sentido los unos a los otros. 

Mirarnos a los ojos y decir: sí, sos actor, sos actriz. Hacés bien y falta. Que la fuerza te acompañe. 
Algo así. Algo que no decimos nunca, porque no hace falta, porque pasa sin más. 

En cosa de dos meses, pese a los feriados, la lluvia que se empeña en asistirnos, la gripe y los laburos alimenticios, hemos logrado abordar y terminar una primera serie de monólogos. Algunos son creaciones propias, otros fueron escritos al hilo de lo que sucedía cada semana, otros adaptan textos que enamoran por quién sabe qué cosa... Nos acompañaron personas que no se dedican al teatro pero que lo disfrutan como cosa propia y quisieron ver qué hacíamos. Algunos compartieron un trabajo casi terminado sobre el que tenían dudas, las resolvimos y volvieron al mundo un poco menos solos. 
También sumamos la compañía de la fotógrafa María Kusmuk a nuestros encuentros porque nunca olvidamos a Ure afirmando que "los actores tienen la primaria inconclusa". Quizá no es cierto, pero casi todo está por aprenderse y a nuestro alcance. Entonces, sí, un poco de fotografía para todos, dale. Porque también ahí, en cada imagen, puede aparecer la semilla que hace tanto buscamos. Se trata de no dejar de mirar, de seguir acá, de no cerrar los ojos mientras se pelea. 



Macarena Trigo. 




El ensayo contra todo es una actividad abierta a la comunidad teatral que se realiza a la gorra los lunes, de 19 a 23h. 

(Importante: pueden llegar dentro de esa franja horaria cuando la vida se lo permita e irse en cualquier momento). 

Los participantes presentan monólogos con una duración máxima de 15min. Se trabaja sobre las propuestas desde la dirección de actoral. No hay marco docente ni ejercicios previos. Los interesados pueden sumarse como observadores, participantes, tomar notas, escribir para los actores y actrices presentes, cebar mate...

Dudas, inquietudes y consultas: Macarena Trigo

La dramaturgia como práctica de fe o como fe práctica (III)

“Dios es la didascalia de la existencia”. Mauricio Kartun.

Después de años leyendo lo que se supone que hay que leer, tomando clases de esto y aquello, convirtiéndome en actriz, dirigiendo mis textos, embarcándome en interminables discusiones, devoluciones tras ensayos, reuniones de cooperativa, viendo películas, documentales, series y obras, analizándolas para escribir sobre ellas porque sí o porque toca; después de años idealizando la profesión mientras se encaran sus realidades, admirando el talento ajeno, muriéndome de miedo, de envidia o de vergüenza, tratando de “no tener nada más que ver con TODO esto”, abandonando para volver más convencida de no sé qué, incapaz de congraciarme con la práctica social del gremio y no pudiendo digerir los delirios y excesos del rubro... Después de tanto y nada, sigo sin una explicación certera o medianamente aceptable con la que responder a cuestiones básicas: qué es el teatro, para qué sirve, qué hace.
En el intento de responder esas preguntas se comienza apelando a la historia, la teoría y la argumentación de los grandes maestros, pero se termina cayendo en una explicación personalísima, subjetiva  y confusa de la experiencia de cada quien como si en la suma de esas anécdotas hubiera una verdad irrefutable que logre traducirnos. Es difícil, muy difícil, tratar de explicar(se) el funcionamiento de una vocación que puede ser (o  no ser) tu profesión paga, pero que define e incluye gran parte de lo que te interesa, es más, en ocasiones, llega a ser lo único que te arranca del ensimismamiento sobre la inercia cotidiana recordándote que la vida es otra cosa. Cuando esos resortes se activan combinados estamos apelando a lo que Kartun reconoce como la “dimensión metafísica” de la acción, que es, ni más ni menos, que la asunción del teatro como una celebración de la existencia, del movimiento vital e imparable que la define.
Esa metafísica del teatro que nos ampara desde los albores de la humanidad, nos lleva a considerar todo lo que implica como un poderoso acto de fe. Fe sin la que sus creadores nunca podrían dar el primer paso y fe sobre la que se articula el famoso pacto ficcional con el público, ese raro fenómeno que logra que sigamos acudiendo a la cueva singular que es una sala de teatro.
Hay que creer. O reventar. Creer que los recursos del teatro son ilimitados y que a través de él podemos abordar cualquier aspecto del ser. Para ello es necesario enfrentar con humildad sus desafíos y considerar que cada vez que aparece ese lugar común que asegura que “esto no sirve” o “esto no puedo hacerlo en escena”, nos enfrentamos a nuestra propia incapacidad para habitar el escenario, ese campo fértil y minado, donde todo vuela por los aires al menor descuido.
La fe en el teatro quizá sea la razón primera de su supervivencia. Nos gusta pensar que ya entendió que no puede ni debe competir con la industria del entretenimiento. Concebir el teatro como pasatiempo implica ignorar uno de sus grandes logros: instaurar una conversación con otro, con cada uno de los otros que constituyen el público, y lograr que esa persona experimente una modificación íntima en el transcurso de la obra, es decir, que su contacto con el universo planteado resulte tan fluido y satisfactorio que lo trascienda. Si esa trascendencia se manifiesta en una discusión durante la cena posterior [1], o si la obra vista resulta ser el detonante para que vuelva a casa y decida divorciarse o tomar clases de canto, nunca lo sabremos, pero está claro que el deseo profundo de todo poeta, el deseo que no se atreve a confesar en voz alta, está más próximo a la necesidad de comunicarse profunda y secretamente con un desconocido, que con la vaga idea de distraerlo durante un rato de sus espantos. 

Como autores nos enfrentamos una y otra vez a la certeza de estar escribiendo por/para alguien concretísimo. Ese “lector ideal”[2] que la teoría literaria concibe como el príncipe azul de todo escritor, el lector que re-escribirá el texto junto al autor, activando todos y cada uno de los recursos expresivos y técnicos que fueron volcados en el relato a la espera de su ojos. La teoría acostumbra a poner paños fríos sobre el corazón caliente. Son muchos y desmedidos los esfuerzos realizados para separar vida y obra de cada creador pero, sepamos o no, importe o no, la escritura adquiere consistencia cuando, como Brecht reconocía, sentamos a nuestro Marx de turno en la tercera fila. Si mi Marx es todo oídos resultará una inspiración y un desafío. Será a él, y solo a él, a quien buscaré conquistar con mi creación. No faltará ocasión de descubrir que nuestro lector ideal puede adquirir el aspecto más insospechado. Sin duda uno de los primeros votos de fe del poeta/dramaturgo se deposita en ese lector/público ideal. 
El dramaturgo debe confiar en su intuición. Tendrá que dar cabida a sus reiteraciones y preguntarse cómo y por qué sobreviven. Identificar qué imágenes tomó prestadas, cuáles interiorizó y cuáles supo acuñar con sello propio. Quizá no haya certezas en esa distinción y no es preciso. Lo interesante será el ejercicio, el análisis de esos disparadores que se presentan como imágenes potenciales y que terminan por parecer un sueño repetido. Un sueño donde quizá no se entienda el argumento pero donde se identifica a los personajes por mucho que disfracen su naturaleza.
Si escuchamos nuestra intuición sobre esas imágenes que funcionan como pulsión primigenia, comenzaremos a transitar un tiempo de genuina y tortuosa felicidad. Esa instancia donde el universo conspira a nuestro favor y todo parece murmurar, relacionar y señalar hacia el nuevo mundo que pretendemos poblar con nuestras ideas y personajes.
Ese período de investigación y suma general de materiales relacionados directa o indirectamente con nuestro eje temático o disparador, es lo que Kartun denomina el tiempo del “acopio”. Y así como subraya las bendiciones propias de esa instancia conocidas por todo creador – la aparición inesperada de nuevas metáforas que reafirman el valor de nuestra intuición, el hallazgo de todo tipo de objetos, bibliografía, películas o estudios que caerán en nuestras manos en el momento adecuado, sin olvidar ejemplos, citas y frases detectadas al vuelo con el oído cazador del escritor obsesionado con su causa –, también advierte de los posibles riesgos de esa acumulación ingobernable: pretender que la suma de esas cosas conforme en sí misma un ecosistema dramatúrgico. Nada más lejos de la realidad, pues ese entusiasmo imprescindible necesitará buena poda y un gran criterio de selección que no tema sacrificar grandes hallazgos para favorecer el fortalecimiento de las genialidades que, se presupone, aún siendo pocas, alcanzarán cierta pirotecnia de sentido profundo y, por qué no, espectacular.



m.trigo













[1] “Una buena obra sobrevuela la milanesa”, afirma Kartun. http://www.pressreader.com/argentina/noticias/20150718/282183649737948/TextView

[2] ECO, Humberto. “El lector modelo”, en Lector in fabula, ed. Lumen, Barcelona, 1987. 

#Ensayo

Se me ocurre, me consta, que es un tiempo sin tiempo. Quizá por eso aspiro a andar siempre en camisa de once varas, hasta las manos, digo, porque el tiempo que vuela en un ensayo apenas envejece, sienta bien. Como traje a medida mismamente. 

Mientras usted ensaya la vida entrometida queda lejos y se hace solamente lo importante. Lo urgente desdibuja su volumen. 

Mientras usted ensaya puede tener seis años nuevamente pero también trescientos si así se le antojara. Puede ser usted mudo o hablar como un doctor de antigua escuela. Estar lleno de tics, pestañear al ritmo de las olas o quedarse muy quieto y embelesarme igual que acaso Rothko. Puede silbar bajito o sentarse a tocar un instrumento, así, como si no, como si nada, medio que de perfil, porque pasaba, porque ya estaba ahí y apetecía. Puede tararear sin que se intuya y hacer que alguien desee insensateces. Y si usted canta en el medio de un ensayo es probable que todo se detenga y que se abra una puerta hacia mundo tan nuevo que ni nombre le dieron todavía.  

Mientras usted ensaya puede pasar que llore o que sonría y encarne una quimera, una pasión certera, extrañadísima, que todos reconocen como propia aunque usted sea usted y en nada se parezca a todos ellos. Es cosa del ensayo ese prodigio. Que adentro del ensayo usted puede ser otro, ser cualquiera, adentro de sus ojos y en sus manos, tropezarse con uno que lo habita, alguien que entenderá de otra manera el mundo y tendrá dudas otras, ganas nuevas y quién sabe qué forma de callar o decirlas. 

Adentro del ensayo estará usted a salvo de usted mismo. De su falta de fe, de su cansancio. Será el niño que juega inagotable dando cuerda a los sueños, contando cuanto pasa, cuanto mira, como si solo así y solo entonces. Solo. 

Mientras usted ensaya quizá sea feliz aunque le duela o logre el pensamiento amilanarlo y lo enrede y aleje o distorsione. Aunque nada concluya como espera y no entienda del todo las razones para seguir haciendo eso que hace, sabrá sin mucho escándalo que es lo mejor que puede, lo que tiene. Y no le importará que el mundo no agradezca, porque el mundo es inmundo. 

Mientras usted ensaya sabrá que hace feliz a quien lo observe. Y aunque no sea ese su objetivo, su misión en la tierra, ni tan siquiera un poco su intención o deseo, dejará que se haga, que suceda, que la felicidad de ese momento siembre esperanza absurda en esos pocos metros. 

Porque mientras ensaya da todo lo que no sabe que tiene. 



m.trigo

La dramaturgia como práctica de fe / o como fe práctica (II)

“El artista da lo que no sabe que tiene”. Ángel Cerviño.
Si la figura del poeta no se hubiera sacralizado tan huecamente hasta el punto de convertirse en una caricatura, resultaría más orgánico para los artistas reconocerse como tales y aceptar lo que implica. Hacerse cargo de su hermosa responsabilidad y defenderla. Defender la necesidad de desempeñar cualquier profesión libremente, es decir, violentando desde dentro la economía del sistema. No para boicotear o destruirlo. El arte nada sabe de aniquilar o imponer principios. No deja de ser una víctima de las circunstancias y así le va y le ha ido. Testigo, cómplice amordazado, tematizado por políticas subvencionadas, desnutrido al amparo de concursos de moda que todo delimitan encauzando el auge de producciones predecibles y olvidables. Hablamos, claro está, de todas las disciplinas artísticas, no  solo del teatro. Nos atrevemos a generalizar esperando que los responsables de cultura de algún país conocido nos contradigan y lo demuestren.
Afirma Alberto Ure en  Sacate la careta que el teatro es pese a todos nosotros. Seamos atrevidos y leamos arte donde él dice teatro. Entenderemos entonces que los poetas dominarán el mundo. El que importa, el otro, el subterráneo, el inconsciente, el que generará ruinas dignas de estudio para nuestra Historia mentirosa y selectiva.
El teatro anhela pero desconoce las multitudes. Su naturaleza es sinónimo de crisis. Pervive en los intersticios de la evolución porque sabe que no necesita de sus avances. Estaba acá antes de la electricidad y estará después de la caída de todo lo que hoy consideramos imprescindible. No importa cuánto teatro se presente de la mano de nuevas tecnologías, cuántos formatos se exploren para hacernos partícipes de obras interactivas que transcurren en varias ciudades a la vez, en cientos de pantallas donde el texto se escribe colectivamente, o en lugares donde el sonido y la imagen inundan los sentidos arrebatando toda posibilidad de pensamiento y emoción. Esas piezas forman parte de la anatomía actual del sistema de producción y son un claro reflejo de los famélicos intereses que genera el hiper desarrollo virtual. Un desarrollo que no tardará en sonrojarnos por parecernos, una vez más, de nuevo, cavernícola. Ya estuvimos acá, ya lo experimentamos. Cada nuevo soporte tecnológico reclama contenidos, pero la obsolescencia programada no es un ingrediente atractivo para el arte[1].
Será cada vez más difícil sorprenderse del modo en que la tecnología modifica nuestra existencia porque estamos acomodados a la idea de una asimilación instantánea de la técnica[2]. No del conocimiento, por supuesto. El conocimiento está obsoleto. O, cuando menos, hoy también parece tener fecha de caducidad. Para qué acumularlo cuando todo parece estar a un clic de distancia.
En medio de este mar de los Sargazos, el teatro, siempre flexible y dispuesto a jugar con cualquier excusa, va y viene. Se adapta a la grandilocuencia tecnológica, deja que lo maquillemos, le cambiemos el nombre, el apellido, lo formateemos y lo vaciemos de sentido queriendo otorgarle todos los posibles. Su nuevo sentido será azaroso y su discurso fragmentario, hiperbreve e hipervinculado, como corresponde a la post-posmodernidad. No debe aburrir, ni bajar línea ni emitir mensajes unívocos. El teatro se percibe como un lugar de expansión al que se le presupone un divertimento y una complejidad que, en última instancia, descansa en nuestro público, ese público escaso pero fiel, afectado quizá con alguna malformación del virus teatrero. Una cepa menos radical que lo convierte en público sin deseo protagónico, sin anhelo de subirse al escenario (si es que hay cerca uno, si es que de ese teatro se trata). No abunda ese público ajeno a los entresijos de la producción teatral. Sabemos que al teatro lo alimenta la familia. Es esa mesa de bautizo donde todos apadrinamos un poco a la criatura. Vamos a ver la obra del maestro, del amigo, de la novia, del ex, de la compañía admirada o envidiada… Y ellos, todos ellos, nos devuelven el favor. Vienen a ver nuestras obras y nos felicitamos o mantenemos un prudente silencio. Protegemos nuestra supervivencia. Tenemos algo de vampiros. Sacrificamos cada nueva obra a los colmillos de la comunidad, nos la vamos pasando unos a otros, hasta que no queda nada en ella que morder. Algo de eso hay. Algo. Pero no es todo. Eso no alcanzaría para seguir, para mantener el interés, los sueños y la esperanza de encontrarle sentido a tanto esfuerzo cuando nada funciona como quisiéramos.


m.trigo












[1] En relación a todo esto recomendamos la lectura del artículo “La muerte del teatro y otras buenas noticias”, de M. Kartun, en Detrás de escena, ed. Excursiones, Buenos Aires, 2015. pp. 11-16.

[2] Entre las muchas películas estrenadas en los últimos años que abordan hipótesis sobre cómo la tecnología modifica irremediablemente nuestra experiencia como seres humanos y nuestra (in)capacidad para relacionarnos, Her (Dir. Spike Jonze, USA, 2013) es, sin duda, uno de los ejemplos que mejor ejemplifica estas vagas impresiones.

Continuidad de los Libros

Nos invitaron a formar parte de Continuidad de los Libros, revista digital dedicada a la difusión de la literatura y otras artes transatlánticamente. Inauguramos una sección dedicada al teatro donde iremos desgranando vaya usted a saber qué inquietudes que nos rondan. Comenzamos la hazaña haciendo memoria, rebobinando, buscándonos en el origen, en el comienzo de nuestra relación con el teatro allá lejos y entonces, en un colegio público de Valladolid. Lo hacemos para, una vez más, interrogarnos sobre qué es el teatro y cuánto hace por nosotros. 

"En la ardua tarea de definir qué es el teatro, se echa mano de la antigua Grecia, el poder de la catarsis, su relación con lo sagrado, los ritos, las fiestas paganas y, cómo no, con la imperiosa necesidad de contar historias que nos define. Hablamos del teatro como arte eterno, lugar de encuentro, herramienta social, formativa y ejercicio político también, por supuesto. La práctica del teatro es la práctica de la resistencia. Contra todo y ante muchos. Pero si la conversación es larga e íntima, la seriedad cede y se impone otro interrogante: ¿qué es para mí el teatro? Ahí las respuestas son tan infinitas como válidas. Los amantes del teatro tenemos una relación desmedida, obscena y contraproducente con él. Quién más, quién menos, ha tratado de abandonarlo en alguna ocasión o, al menos, de engañarse durante un tiempo, pensando que tal cosa es posible. Pero no. Una vez que te inocularon el virus teatrero en cualquiera de sus cepas, el compromiso que se adquiere con su causa permanece junto a uno mientras haya vida. Mientras hay vida, hay esperanza, dicen. Y el teatro es una fábrica de esperanza".



Luciano Rivas



Dibujante, ilustrador. 


¿Cómo te definís profesionalmente?
Hago varias cosas pero creería que más que nada soy dibujante/ilustrador, seguido por una fila de subgéneros.
¿Sabés por qué te dedicás a esto?
Es lo que mejor me salió siempre, aparte de ser lo que más me gusta. Me apasionó desde temprano. No sirvo para trabajar en el puerto o en un taller mecánico, por ejemplo. Ja.
¿Qué disciplinas resultaron fundamentales en tu formación?
La cultura pop del siglo XX. Películas, historietas, libros, la música, la tele, por nombrar las cosas más generales
¿Qué es lo más útil que te ha enseñado tu trabajo?
Imagino que es a abrir mucho mi cabeza, explorar todo tipo de formas y estilos e ir mutando sin quedarme en uno solo. Ir incorporando cosas para hacer más dócil mi laburo. Esto lo implemento en la vida misma, aprender a ser una persona abierta.
¿Y lo más hermoso?
¡Justamente! Lo bueno de poder disfrutar de igual manera, cosas totalmente diferentes.
¿Cuáles considerás que son tus principales fuentes e influencias creativas?
Lo mismo que me formó, básicamente, la cultura del siglo XX.
¿Qué es lo que más te duele a la hora de ejercer tu vocación?
Tal vez, lo difícil que es vivir de esto.
¿Crees haber sacrificado algo importante para dedicarte a esto?
Creería que no. Al menos no tanto como para incluir la palabra “sacrificio”. Mi vida se fue formando en el mismo camino de vivir, nunca tuve una balanza en frente que me diga “elegí: el arte, o esto” .
¿En cuántos proyectos laburaste el año pasado? ¿Todos llegaron a mostrarse o estrenarse?
El más importante fue el proyecto “La gran 7”, en el cual ocho artistas (Alan Dimaro, Ruben Gauna, Juani Navarro, Lula Limón, Cons Kamikaze, Leona Leoni, Gonzalo Varas y yo) publicábamos individualmente a diario una historieta autoconclusiva partiendo de un tema principal semanal. El proyecto arrancó en agosto del 2014, pero finalmente fue en el primer cuatrimestre del 2015 que sacamos el formato físico. El libro recopila esa primera temporada de laburo.
También en simultáneo, publicando semanalmente en la web mi tira autobiográfica “Y yo sin birome para rebobinar el cassette”. La tentación de arrancar otro proyecto historietil, el cual finalmente colgué y solo llegué a hacer el “capítulo piloto” llamado “Vbani De Guerl”, que salió publicado en el fanzine La Gran peste.
Después, bueno, ilustraciones, pinturas y diseños a pedido y también por puro ocio.
¿Cuántos te esperan ahora?
No lo tengo del todo claro en este momento, por lo pronto sigo publicando religiosamente por semana, la tira “Y yo sin birome…”.
Tal vez retome Vbani De Guerl o encare otro proyecto que me viene dando vuelta hace un tiempo. En lo que es “formato físico”, ando con ganas de hacer unas tiradas de un proyecto que terminé hace un par de años que se llamó “Gud As Jel”. Exploraba mucho el estilo de las viejas tiras cómicas basadas en el estilo de Max Fleischer, Merry melodies y toda esa camada dibujos de la primer mitad de siglo, pero con cierta connotación más actual, a veces.
 ¿Cuál es el proyecto al que dedicaste más tiempo hasta la fecha?
Y yo sin birome para rebobinar el cassette”, que ya va por el cuarto año.
¿Cómo lo recordás? ¿Qué hubo de bueno y de malo?
Al ser una historieta autobiográfica, el guión está siempre a la orden del día, eso es bueno. Mi fuente de inspiración es mi propia vida y el suceso más relevante de esa semana que pasó. A veces es algo gracioso, a veces triste, a veces serio o a veces es algo que pasa adentro de mi cabeza y quiero exorcizar.
Arrancó como una especie de terapia, un desahogo personal por todo lo que tenía guardado en ese periodo de mi vida donde no estaba muy feliz. Aparte, hacía ya 8 años que no hacía historietas. Por ese entonces únicamente hacía ilustraciones y pinturas y la idea de arrancar fue después de leer American Splendor y otros comix autobiográficos.
Lo malo por ahí es sentir la responsabilidad psicológica de tener que publicar semanalmente cuando por momentos no tengo ganas por diferentes motivos. Paré durante unos dos meses, porque los tiempos no me daban, y usé eso también para replantearme si realmente quería seguir con la publicación. A fines de diciembre las ganas volvieron así que retomé.
¿Vivís de lo que amás o tenés otra actividad que ayuda a pagar las cuentas?
Lamentablemente, no me alcanza. Cuento con otra actividad.
¿Con qué otras artes te relacionas habitualmente?
Además de hacer historietas, hago ilustraciones, pintura, escultura y música.
¿Qué es lo más absurdo que has hecho por amor al arte?
Pintar un mural en los cimientos de una chanchería abandonada donde se hizo una fiesta electrónica, en el medio de la nada, a las afueras de la ciudad donde vivo (Puerto Madryn). No sé si se puede definir como absurdo, pero fue curioso. Nunca había hecho algo así.
¿Hay algo que no volverías a hacer?
Hacer algún laburo “de onda”, para alguien que no conozco. Cuando me lo recriminan siempre les digo lo mismo “¿vos le pedirías de onda a un albañil que te haga una casa?”
¿Qué estás leyendo?
Lo último que leí fue Pueblo chico de Juani Navarro y Muerta en Buenos Aires de Ruben Gauna, ambos colegas en el mundo historietil y dos artistas que admiro mucho. Estaba por arrancar a leer el diario de Frida Kahlo, que fue un regalo que me trajo mi prima desde México, pero nunca me hago tiempo porque siempre estoy haciendo otra cosa. Tal vez no es el momento.
¿Qué autores recomendás siempre?
Dentro del ámbito en el que me muevo, siempre recomiendo a Robert Crumb, Jamie Hewlett, Charles Burns, Daniel Clowes, Raymond Pettibom y otros que en este momento no se me vienen a la cabeza.


¿Qué películas volvés a ver una y otra vez?
Todas las de Star Wars, la trilogía de Evil Dead, la trilogía de Volver al futuro. Todas las de Tarantino, el cine de acción o fantasía de los 80’s con el cual crecí. Terminator, Predator, Robocop, o clásicos de otras décadas como como las películas de James Dean, Buster Keaton, Harry el sucio, la lista sigue.


¿Qué artistas – de cualquier ámbito - te resultan imprescindibles?
David Bowie, Bob Dylan, Van Gogh, Frida Kahlo, Buster Keaton… Tantos
¿Qué buscás en la gente con la que elegís laburar?
Responsabilidad, códigos.
¿Con quién hablás sobre tu trabajo? ¿Pedís consejo o asesoramiento a alguien de confianza?
Sí, algunas veces les muestro mis laburos a amigos cercanos o colegas que están en la misma que yo. Aunque a veces me pasa de pedir un consejo y hacer exactamente lo contrario a lo que me dijeron.
¿Pedís subsidios para tus proyectos? 
No. Siempre autogestiono mis proyectos, pero no descarto la idea.
¿Por qué?
No sé, nunca se me dio por hacerlo.
¿Por qué vivís en Puerto Madryn?
La vida me trajo de nuevo para acá hace algunos años. Mi vida siempre fue idas y venidas entre Madryn y Rosario. Soy rosarino. Este año podría buscar nuevos rumbos.
¿Hay algún viaje que marcara un antes y un después en tu trabajo?
No viajes, pero si algunas decisiones, como arrancar Bellas Artes en Rosario. Antes de eso únicamente hacía comix.
¿Cuándo te das cuenta de que tenés un nuevo proyecto entre manos?
Cuando termino de atar todos los cabos y creo que puede ser mostrado.
¿Sentís que tenés un sistema personal de trabajo?
Soy mucho más creativo en la noche. Rara vez se me ve haciendo algo durante el día. Mi momento es la madrugada, entre música y mates.
¿Qué hay en tu lista de cosas pendientes?
Publicar más cosas en formato físico y menos en formato digital. Aunque siempre ayuda, no voy a negarlo. Viajar este año.
¿Tenés un panorama claro de lo que vendría siendo tu trayectoria?
No muy claro. Solo sé que trato de meterme en toda rama artística y me alimento de eso para acoplarlo a mi estilo, que es lo que soy hoy.
¿Qué es lo que más te preocupa en tu futuro?
No suelo pensar en el futuro - a pesar que debería- . Soy muy de pensar en lo que me pasa en el momento e ir con la corriente. Si tengo que pensar en algo que me preocupe, serían mi economía y mi salud, tal vez.
¿Qué hacés cuando no estás trabajando?  
Ensayando con mi banda, viendo películas, o craneando algún proyecto, siempre. Ah, también estoy en internet más de lo que debería.
¿Si no te dedicaras a esto qué estarías haciendo?
¡Qué difícil! No sabría qué contestar. Soy tan devoto de esto que no me imagino haciendo otra cosa. Haciendo lo que haga, siempre estaría ligado al arte de una u otra forma.