"Este es el pelo de verdad"

así nos aclaraba el pasado miércoles Rita que, tras hora y media, finalmente, aparecía en escena su mamá, Ximena Banús, la mujer matrioska. Con una rotunda carcajada y un nuevo aplauso terminó lo que se anunciaba como la  última función de Desvelada y sola, el unipersonal en el que Banús presenta una exquisita colección de mujercísimas inolvidables que una y otra vez logran lo imposible: renovar el estereotipo, darle impronta personal a los invariantes descriptivos con los que pueden construirse personajes.

Banús es una actriz de armas tomar. Sabe muy bien cómo manejar la caracterización para que el público identifique rápidamente la potencialidad de sus creaciones. Pero no sólo eso, logra que nos identifiquemos con ellas. Con lo mejor y lo peor de cada una. Su humor es inteligente, lúdico y no da tregua. Su interpretación es honesta, generosa y vital. Su texto está lleno de agudezas. Imposible no mencionar y destacar su pasmosa lucidez a la hora de (re)inventar idiomas. Marie, la hermosa y triste francesa que abre la noche es, sin duda, uno de los grandes hallazgos de esta propuesta. También hay que destacar la participación de Lucila Domínguez cuyas canciones abundan en ternura y desenfado y ejercen como hábil transición entre personajes para que la sonrisa quede siempre esbozada. 

Tengo la suerte de haber visto un buen puñado de aquellas míticas Veladas Temáticas que tantos domingos mejoraron la década pasada. Ya entonces los personajes grotescos de Banús eran hilarantes y redondos y lograban una compacta frescura que nunca defraudaba. Desvelada y sola es una síntesis de muchos años de trabajo, una apuesta por esas certezas que terminan por constituirse como poética de una actriz. Porque no es un alarde de método sino toda una poética personal sobre la construcción del personaje y el buen uso de la palabra y el ritmo cuando se persigue la carcajada y la complicidad de la platea. 

Nos negamos a creer que la función del miércoles fuera la última. Banús volverá. Y bien podría ser millones, la verdad. 

Desvelada y sola

Texto y dirección: Ximena Banús
Actúan: Ximena Banús
Vestuari y escenografía: Mariana Tirantte
Iluminación: Marcelo Álvarez
Edición de video: Emi Castañeda
Video: Ivan Wolovik
Ilustrador: Lucila Domínguez
Diseño gráfico: Lucila Domínguez
Asistencia técnica: Gabriel Beltrame, Luciano Vázquez.
Prensa: María Sureda.

Balada para cowboys

A lo largo de los años hemos aprendido a confiar en la garantía de algunos nombres buenos. Javier Drolas es uno. Donde él esté siempre aparece algo interesante, honesto, inspirador y, sobre todo, algo en plena búsqueda que se desafía a sí mismo. Entre tiene esas virtudes. Es un poema teatral, un caleidoscopio de símbolos ritmados donde todo nos recuerda a algo pero también a otra cosa. "Esto no es un cowboy", sería el título del cuadro. No. Pero sí. La sombra del cowboy es alargada y se proyecta sobre la platea. Una platea inquieta que no puede evitar marcar los compases de la música de Cocktail Tour y Fernando Tur ni sorprenderse ante los instrumentos musicales que aparecen en escena. Diseñados y realizados por Drolas, por cierto.

Cuatro cowboys. Cuatro actores. Perdón, tres actores y una actriz, que bailan algo. Hablan poco. Y practican con gracia la onomatopeya sostenida y alterada para guiarnos en una naturaleza que es y no un posible desierto. A ratos. Una cantina. Un laberinto. Una cabaña. Quizá. Todo está ahí para quien quiera ver. El horizonte se acerca y nos huye. El primer plano de unas manos que hablan sin palabras se encadena al de unos sombreros delatores. Filósofos torpes o borrachos para quienes el tiempo, su paso, su repetición, es el problema del momento. Quizá.

Entre cowboys anda el juego es otra de las frases que nos baila entrelíneas. Porque eso es también Entre. Un juego. Un cadáver exquisito de referencias y propuestas que se sostienen con pulcritud técnica, humor inteligente y un amor por la idea que palpita en sus intérpretes y se renueva en cada nueva propuesta de la partitura que comparten. Un sinfín de cajas chinas. Y en todas ellas un cowboy. Y en cada cowboy un poeta. O un filósofo. O vos. Que a ratos, fijo, te pareces un poco a todos ellos.

Una invitación original que nos recuerda que el escenario sigue siendo territorio comanche.

Entre
Actúan: Cecilia Blanco, Javier Drolas, Agustin Repetto, Fernando Tur.
Vestuario: Victoria Blanco.
Escenografía: Javier Drolas.
Iluminación: Matías Sendón.
Realización de instrumentos: Javier Drolas.
Música original: Cocktail Tour, Fernando Tur.
Diseño gráfico: Andras Calamandrei.
Colaboración en vestuario: Alejandro Baamonde.
Asistencia técnica: Florencia Siaba.
Supervisión: Susana Tambutti.
Dirección: Cecilia Blanco, Javier Drolas, Agustin Repetto, Fernando Tur. 

El Extranjero
Valentín Gómez 3378.
Sábados 23h.

Carne, hueso y nariz

En la gráfica de Rompiente Ruda duerme abrazada a un faro arropada por el mar. Sin duda, está soñando. Algo en esa imagen facilita cierta predisposición para viajar hasta esa orilla a la que nos invitan Silvia Aguado, Agustín Flores Muñoz y Lila Monti. 

Conviene señalar y saber que Silvia Aguado pertenece a esas clowns de raza que no sólo actúa, sino que, desde hace muchos años, ejerce una docencia cuidada, intuitiva y personalísima donde el clown no es una mera disciplina técnica. Ser clown es un modo de observar. Un modo de pararse ante este desastrado mundo y darle vuelta. Llenarlo de sentidos. Encontrar juego y poesía en cada cosa. No hay manual de clown por más ejercicios que inventen. El clown que conquista no lo hace por su excelencia técnica. Un gran clown es aquel que logra hacernos olvidar las convenciones del género y presenta un personaje inolvidable. Carne, hueso y nariz colorada. Si bajo esa nariz hay alma, el banquete está servido. Ese almita siempre está llena de conflictos terribles y sus esfuerzos desmedidos por resolverlos permiten que nos identifiquemos con algunos aspectos olvidados o ignorados de nosotros mismos.

Ruda es un personaje clownesco de larga trayectoria que ha sabido crecer junto a su intérprete. Su mirada alumbra un humor inteligente y sutil que en Rompiente apuesta por aproximarse a tópicos inagotables y poderosos: la vida como gran viaje y el desapego y su difícil práctica como herramienta de supervivencia. Ruda nos recuerda que nada es imprescindible, todo es cuestión de actitud, la infancia siempre está esperándonos, y allá donde vayamos tendremos que llevarnos y soportarnos a nosotros mismos. Ah, también, con mucho humor, está la certeza de que todo va, vuelve y en ocasiones,  con un poco de suerte, se transforma.

Rompiente es una obra optimista que demuestra que los grandes temas siguen esperándonos. Sólo precisan una aguda mirada personal para interesarnos tanto como siempre. Recién terminó su primera ronda de funciones. Atentos a su regreso.

Rompiente
Autoría: Silvia Aguado, Agustín Flores Muñoz, Lila Monti.
Escenografía y vestuario: Silvia Aguado. 
Diseño de luces: Ricardo Sica.
Video: Ignacio Gutiérrez Arribere.
Música: Agustín Flores Muñoz.
Fotografía: Natalia Rubinstein, Laura Wohlgemuth.
Gestación: Lila Monti.
Diseño gráfico: Andrés Kyle.
Entrenamiento corporal: Erica Ynoub.
Asesoramiento dramatúrgico: Mariano Saba.
Asistencia de escenario: Agustina Aguirre.
Asistencia general: Andrea Bohrnñ
Asistencia de dirección: Carolina Díaz Benavidez.
Prensa: Marisol Cambre.
Producción: Silvia Aguado.
Dirección: Agustín Flores Muñoz.

Certezas fugaces sobre mi escritura

"Haría falta inventar una escala para pronosticar el impacto del encuentro entre las personas unas con otras. Anticipar el grado de perjuicio o las variaciones en la trayectoria que producirá la colisión. Dónde se estrellarán, cuáles serán las consecuencias en el futuro. Estimar el grado de estabilidad posterior a la experiencia, no para evitar atravesarla sino para disfrutar la belleza de cada instante hasta el último, donde la cuenta regresiva no anuncie un lanzamiento sino una catástrofe tras la cual - aun sobreviviendo - los daños serán irreparables. Y confío en que está bien que así sea". David Nahon. 

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Desde hace dos años cuento con el extraño privilegio de que casi todo lo que escribo sea leído por un actor. Un amigo actor. En su lectura nunca hay un fin determinado y pocas veces recibo una devolución estética o correcciones técnicas de su parte. Cada tanto, quizá, alguna observación sobre temas recurrentes o imágenes que aprendió a reconocer como claves de mi imaginario. Aeropuertos, estaciones de tren, hormigueros, camiserías, Alicia, los absurdos cuentos de hadas, la incierta geografía, algunos pintores... Imaginario tópico, sí, pero que trato de consolidar y conquistar como propio.

Soy de la opinión de que siempre escribimos para alguien. Y no precisamente para el supuesto "lector ideal" de la teoría literaria. No. Nuestro receptor suele ser alguien mucho más inmediato. Con suerte alguien que nos quiere lo suficiente como para enjuiciar nuestro trabajo. Alguien que no dudará en decirnos que se aburrió, le resultó largo o le recordó a algo que ya había leído por ahí. Alguien que nos quiere bien y, por tanto, no dudará en hacernos llorar sobre esas hojas llenas de borrones y buenas intenciones.

En estos dos años de escritura para un lector concreto, puedo afirmar que mi escritura ha  sabido adquirir por momentos una urgencia vital que resignificó el sentido de mi práctica. La escritura dejó de ser un refugio, un espacio en el que dar vueltas a solas a ideas peregrinas, para dotarse de una imperiosa necesidad: comunicarme con mi lector. Lector al que tardaba días en ver y al que, paradójicamente, rara vez osaba preguntar qué le había parecido el último envío. Buscaba una comunicación profunda. No entretenerlo o divertirlo. Creo que jugaba a "convertirlo". Tratar de que viera el mundo desde mi desenfocado punto de vista. Un punto de vista que me atrevo a considerar peculiar por el mero hecho de ser mío, vaya. Así, por ejemplo, sé que he adquirido cierta destreza en el desarrollo de una suerte de parodia del lenguaje amoroso antiguo. El voseo argentino a menudo abre en mis textos una puerta hacia un pasado romántico, una fantasía donde mi paciente lector se convierte de pronto en un caballero medieval o decimonónico, siempre lejano, siempre ocupado en hazañas misteriosas de las que nada sé, un hombre familiarizado con el arte y la geografía. Esas construcciones cursis y desfasadas abundan en ironías donde cifro mis intentos de encontrar una voz a la que a menudo, con pedantería coqueta, denomino mi "voz en off".

Ese off es la traducción del runrún que nutre mi escritura. Sueños, deseos y conversaciones conmigo misma adquieren consistencia tras una larga criba. Hace tiempo que no persigo la sobriedad de una prosa donde se hile un relato. Considero mis excesos como posibles defectos de un potencial estilo. He tardado años en reconocerme como poeta pero terminé por salir del armario al darme cuenta de que lo poético de mis textos funcionó como aliciente para llevarlos a escena. Dirigí varias obras sobre textos propios y en todas ellas el trabajo de mesa requería explorar metáforas y llenar de sentido, flexibilidad, humor y ritmo lo que en una primera lectura parecían infames lamentos melancólicos carentes de esqueleto escénico. Creo haber logrado resultados interesantes en ese desafío y eso es, sin duda, una de mis principales pulsiones a la hora de escribir. Nunca sé cuándo lo que parece un relato terminará por ser argumento teatral o cuándo una colección de poemas se convertirá en un personaje capaz de decir esas barbaridades en voz alta sin ser apedreado.

Quizá por eso elegí a un actor como primer lector de mis desvaríos. En principio esta dupla creativa respondía a cierta inquietud por laburar juntos. En mi ingenuidad creí que sería fácil escribir un monólogo para un actor amigo y admirado. Más de dos años después he perdido la cuenta de mis muchos fracasos. No he dejado de intentarlo, pero asumo la posibilidad de que ese monólogo soñado nunca nos llegue. Como dice Kartun, "uno es el poeta que puede ser". Quizá esta poeta no está a la altura de sus mejores intenciones pero no hay mal que por bien no venga y, por suerte, también he perdido la cuenta de los poemas y canciones que aparecieron en respuesta a los comentarios, burlas o desafíos de mi lector. Así, por ejemplo, su falta de tiempo para leer mis extensas peroratas, logró que practicase la síntesis y afinase la eficacia en mis metáforas. Del mismo modo, su nulo interés ante algunos monólogos en los que consideraba haber atrapado la quintaesencia un personaje, me obliga a reconsiderar una y otra vez cuáles son los elementos cruciales de un monólogo y, sobre todo, qué lo convierte en algo urgente, es decir, atractivo, a los ojos de un actor. Sí, ya sé, hay tantos actores como lectores. Considero que un actor es un lector "avisado", un experto que acierta a reconocer el buen pulso de un texto gracias a su intuición práctica sobre un subtexto latente que sólo terminará de aparecer en los ensayos.

Allá lejos y entonces, en mis clases de escritura creativa en la universidad, uno de mis mejores profesores insistía en la importancia de dar a leer nuestras cosas a aquellos en cuyo juicio confiáramos plenamente. He tenido la suerte de gozar de la confianza de unos pocos lectores exigentes. Sé, intuyo, que el actual estado de mi relación autora/lector no se mantendrá indefinidamente. Los caminos de la creatividad son más inexpugnables que los divinos. Aún no asimilo el raro privilegio que hemos disfrutado, no obstante, sé que ha sido una intensa convivencia cuyas repercusiones, para bien o para mal, seguiremos detectando dentro de mucho tiempo. Poder reflexionar con alguien sobre dos años de producción continuada (letra-ojo / voz-oído), y valorar en su justa medida la influencia lúdica, el respeto y la responsabilidad adquirida sobre el trabajo del otro es, de por sí, una gran e interesante recompensa.

A vos, que estás leyendo, gracias.

m.trigo

Tren Valladolid - San Sebastián, 20 de enero de 2014. 

"¿Qué sería del aire de una sala de teatro sin preguntas?"

Eso se pregunta Alberto San Juan en Autorretrato de un joven capitalista español. Nos lo pregunta a todos. Eso y otras muchas cosas. San Juan ha creado un ¿espectáculo? raro. Uno de esos que nos obliga a reconsiderar qué elementos constituyen una obra o un personaje y cuáles son imprescindibles. Por suerte no existe fórmula que proporcione respuesta fácil. Digamos que el trabajo de San Juan es un unipersonal. Comparte su experiencia de vida. Como hombre y como artista. Pocas cosas más complicadas que enfrentarse a las propias verdades. Afirmar que "el miedo y la ignorancia" fueron sus guías, por ejemplo. Reírse de uno mismo. Pero también reconocer errores. Hacerlo ante una sala llena de desconocidos. Público curioso que está ahí para ver al "guaperas que antes hacía cine". O no, público avisado, que llega con recomendación e incertidumbre porque no sabe bien de qué va el asunto. Y es que Autorretrato de un joven capitalista español juega a ser un monólogo personalísimo pero no lo es. Mejor dicho, no es sólo eso. San Juan apuesta fuerte con un arduo desafío: vincularse con el público a  través del humor patético de sus anécdotas personales y, a la vez, convertirse en un yo colectivo elaborando el marco político y económico de lo que han sido los últimos cuarenta años de la historia de España. Una historia común de la que formamos parte. Sin querer quizá. Y sin saber gran cosa en realidad, pero parte.

San Juan escribió un texto duro, lleno de referencias concretísimas, fechas, nombres, citas. Parte de la bibliografía empleada lo acompaña en la escena. Y el texto de la obra también. A mano. Por si hace falta. Por si la memoria no alcanza o el hilo se pierde entre improvisaciones o comentarios del público. Porque aunque sea un monólogo, el público es interpelado una y otra vez. El actor se acerca, nos busca, nos observa. Espera. Y en ocasiones alguien habla. Comenta. Se atreve. Este montaje no quiere ser mero entretenimiento. Quiere hacernos reír, sí. Pero sobre todo pensar. Las preguntas sin respuesta se suceden sin descanso. La información es mucha. Los absurdos e incongruencias desmedidas sobre los que se cimentó el actual estado de las cosas demasiado inverosímiles. San Juan habla de España, pero lo que cuenta pasó en todas partes. Porque España no está sola. Ningún país lo ha estado nunca. No los dejan. Quizá por eso...

Cuando una sala de teatro se da el lujo de poner en cartel un montaje, del índole que sea, donde prima mucho más lo que se cuenta que la forma en que se hace, se nos recuerda, como público o como creadores, que no todo está hecho. No es verdad que todos los caminos conduzcan a Roma. Alberto San Juan cuenta, lee, comparte, opina, juzga y critica. En primera persona. Desde el escenario. Cabreado con él mismo a ratos. Con su ingenuidad y su ceguera. Habla de algo que nos ha pasado a casi todos por encima en los últimos años: el peso de la historia. Autorretrato de un joven capitalista español es una hazaña casi quijotesca. Algo inesperado que conquista por su valentía, su inteligencia, su humor y cierta desfachatez que, sin duda, habla mucho y bien del espíritu joven de su autor, intérprete y director. Alberto San Juan se permite reflexionar en voz alta sobre su vida y nuestra historia y aún conserva la esperanza de que entendiendo un poco mejor el pasado, apenas un poco, podamos comprendernos mejor a nosotros mismos hoy y volvamos a interesarnos por el futuro de todos.

Autorretrato de un joven capitalista español puede verse en el Teatro del Barrio, sala que funciona como una cooperativa de consumo cultural en Lavapiés. Recomendamos visitar su web donde queda claro que no sólo hay otra manera de hacer las cosas, sino que YA hay gente haciéndolas mucho mejor.

Autorretrato de un joven capitalista español, de Alberto San Juan. 
Teatro del Barrio
Zurita 20. Madrid

http://teatrodelbarrio.com/

Breve ejercicio para sobrevivir

A veces nuestra vida como público goza de pequeños estados de gracia. Momentos privilegiados que se ven favorecidos por estar en el lugar adecuado. Estos días Madrid viene siendo la ciudad de los (re)encuentros y las sorpresas. Ayer tuvimos la suerte de asistir al reestreno de Breve ejercicio para sobrevivir, de Lautaro Perotti.

Cuando un título acierta a despertar ciertas preguntas clave sobre nosotros mismos, comienza a empatizarse con un sustrato interno de la obra que buscamos en la propuesta dramatúrgica. El título de Perotti nos enfrenta a una posible lista de elecciones donde las prioridades pueden ser tan azarosas como cruciales. ¿Acaso cada día no es un acto de supervivencia? ¿No buscamos constantemente un gesto, una acción que nos redima queriendo distinguir entre el tiempo vivido y el apenas ocupado? Y cuántas veces las insignificancias que nos salvan son inexplicables... Quizá sea una conversación en la barra de un bar con un desconocido lo que logre orientar nuestra semana. Un libro. O la mano de un niño distraído que nos confunde por un segundo con su padre. El azar. Y lo sistemático. El frágil equilibrio que ambas fuerzas ejercen en nuestra existencia.

Los personajes de Breve ejercicio para sobrevivir son un hallazgo poético donde estos ecos se traducen en urgencias vitales: el amor y la vocación. Cuchillos de doble filo que manejan torpemente. Con miedo. Se hieren y contemplan las heridas. Incapaces de casi todo. Salvo de entenderse.

Perotti, gran conocedor como actor y director de la importancia de la escucha en la escena, construye una exquisita pieza de encuentro en la que Bárbara Lennie y Santi Marín se entregan con generosidad y talento. Su aparente distancia, sus torpezas, sus hosquedades, resultan escudos demasiado pesados y poco a poco aparecen las verdades más difíciles de decir. Las que aterran, pero también las que conmueven, unen y los cambian para siempre.

Él y ella se dedican al teatro. El teatro los salvó en algún momento. Quizá consumió lo mejor de cada uno. "Es un juego de niños y lo llamamos trabajo", sentencia irónicamente ella. Ahora el teatro está ahí. Un lugar y una gente a la que volver. Si pudieran. Si tal cosa pudiera elegirse. Si no huyeran de sí mismos.

Breve ejercicio para sobrevivir abre la puerta a una de esas intimidades incómodas (estética, física y emocionalmente) a las que el off porteño está muy acostumbrado y por las que Madrid viene apostando como campo de investigación para la creatividad de un teatro que está reinventándose una vez más. Una excelente oportunidad de comprobar que lo mejor del teatro puede estar en el lugar más inesperado.

Breve ejercicio para sobrevivir
Versión y dirección: Lautaro Perotti. 
Actúan: Bárbara Lennie y Santi Marín. 

La pensión de las pulgas
Domingos y lunes. 20 y 21.30h. 
Reservas: 638 752 812

Texto con vos

Acá algunos recortes de lo que fue Texto con vos ayer en Una obra, un artista.

 Gracias a todos los que colaboraron, los que vinieron a ver qué era, los lectores improvisados y los que acompañaron desde lejos.

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¿Y qué vas a escribir? Esa era la pregunta de estos días. Tengo un secreto. Y varios subgéneros propios que puedo practicar de forma desmedida. No es gran literatura pero son temas. Recurrentes. Posibles. (...)

La escritura como evento público. ¿Por qué pensar que uno escribe como reza? Perdón, ya sé. Quién reza. Bueno, que uno/ una escribe a solas, de noche y después de una visita de qué musos. No. La verdad es que no. Yo escribo cuando puedo. Puedo bastante, sí. Tengo esa suerte. Y supongo que por eso este ejercicio, esta práctica de hoy, no me asustaba mucho. Ahora no sé. Estoy acá. No es susto. Es una especie de desafío. Conmigo misma. Sin reglas, por otra parte.

Entonces bastante absurdo, sí. Bueno, yo hago estas cosas. Practico deportes olímpicos que nadie más conoce. Querer en aeropuertos, por ejemplo. Son cosas que preciso cada tanto. En concreto, eso de los aeropuertos, es algo que conviene practicar antes de subirse a los aviones. Por las dudas. Decir te quiero a alguien. Ya lo dije algún día. Lo escribí por ahí. (...)

Qué traje hoy. No mucho.
Varios libros de poemas.
A todo pasado. De Use Lahoz. Escritor amigo de un amigo. 
Dice cosas como estas:

Ayer

Parece que fue ayer
cuando todo

parece
tanto
que no

que era, fue, sólo, eso,

nada

cuánto queda
cómo dura
rotundamente duele
este escaso amor
que se diluye
como quien lo escribe

dudando.
dudando.

Lahoz llegó a mis manos en Valladolid. En casa de Raquel y Javi. Dueños de una de las mejores bibliotecas en las que tuve la suerte de pasar unos días. Empecé a leerlo y me gustó mucho. Me gustó antes de saber que era amigo de Tito. Algunos amigos son como cartas de recomendación. Es para tenerlo en cuenta eso.

**

“La chica escribe”, dicen al pasar.
Eso.

“Escribe”.

En realidad no. La chica, pobre, está acumulando palabra tras palabra. Arma un paredón de palabras que quizá alguien lea allá afuera, por un momento, cuando pase. Pero quizá no. 

La totalidad de esto no sé si hay paciencia que lo aguante después de todo. (...) 





Cuando comencé a pensar en esta idea, en este día, en realidad creo que fue sólo por darle un nuevo marco a esta práctica literaria dirigida a un lector tan fiel como ausente. Siempre se escribe para alguien. No necesariamente con nombre y apellido, no. Ese lector va cambiando y con el paso del tiempo termina por ser ese “lector ideal” que la teoría literaria nos ofrece. Un cuento chino el lector ideal. Un cuento tan tonto como todos los otros. ¿Quién encarnará a esa supuesta persona capaz de articular todas las posibles expectativas del escritor? Lo dije muchas veces. No se puede creer en los príncipes azules, mucho menos en el lector ideal. Sobre todo si se entiende la literatura como un ejercicio de supervivencia. Como una lucha con el infierno propio. Cuando eso pasa es difícil que venga un lector a rescatarnos. (...)

Gracias por la compañía.

Estamos llenos de anécdotas rarísimas. Y esta, supongo, quedará así:

“¿Te acordás de la gallega loca que un día se puso a escribir en una vidriera de Palermo?”. Y bue. (...)

 “Qué suerte que no tiene faltas de ortografía”, dicen. (...)

Después de todas las cartas, los diarios de avión, los regalos absurdos y tanta mar en coche, qué mareo, una sigue pensando qué más podría hacerse. Cómo llegar ahí. Al cuarto oscuro. Qué podría decir, qué palabra precisa abriría esa puerta. Cueva de Alí Babá. Cuento tan largo. Ahora. Cuál sería el hechizo que vendría a romperse si logro la palabra. El adjetivo. Imposible. Nada de esto. Ninguna de estas líneas. Ya lo sé. Ninguna te convoca como debe. No importa. No es por eso que sucede. Simplemente nos llegan. Como decía aquel. Él de sus cuadros, “siguen llegando”. Bueno. Un poco es así ahora. Los poemas. Más de los merecidos. Más de los convenientes. Del todo innecesarios. Quién los cuenta, dirás. No cambia nada. Sé que no los conservas como si fueran copias de cuadros ejemplares. No es la idea. Sé que no editarás obscenidades cuando ya no esté acá y vos los sientas tuyos y entonces los poemas sean como zapatos o relojes de herencia. Algo que nadie más se atrevería a usar, a abrir, robarte. (...) 


Estás ahí. Pudiendo estar en cualquier otro lugar. Estás ahí. Como si desde siempre. Pero ahora. Y sólo por ahora. En un momento. Y no importa tampoco para qué. No es cosa de finales. No hay argumento largo. Y hace rato que huís del happy end. Entonces es así, será posible el lío, el enredo que quieras con tu nombre. Después de todo, nada, es una excusa. Y podría ser otra.
En las ventanas todas, el silencio de siempre.
Mañana no estarás.
Exactamente.
Y no habrá cien preguntas tendidas como ahora.
Mañana será un tango.

Aunque no llueva. (...)

Ok. Queda una hora. (...)

“- Es una instalación. En vivo. No habla con nadie. Está ahí. Improvisando”. (...)

La voz que se construye no es la mía. La distancia es prudencia. Y estoy prudente, sí. Y hasta diría amable. Y luego, esos paréntesis. Los momentos fugaces en los que te apareces y bueno, ahí sí, sos vos. Venís, llegás, leés. Y estás en todos ellos sin saberlo. Y no tenés idea. Como siempre.

La posibilidad de escribir para vos en cualquier parte. Dale. Convengamos que es rarísimo. Que es una de esas cosas del todo inesperadas y un tanto inconvenientes. Uno de esos regalos que no sabés muy bien dónde guardar. No te pega con nada. Y en el salón no entra. Y en esa caja rara tan llena ya de cosas y papeles, no creo que ahora entrara toda esta realidad tan paralela.

22.26 
Acá está F. V. cumpliendo la promesa anunciada de venir a rescatarme del castillo de cristal y palabras.

Nos queda un rato apenas. Un ratito. (...)

Si te quedás quietita mucho tiempo.
O al menos cinco horas.
Si lo pensás seguido y más despacio.
Si te escuchás pensarlo.

Al final, lo imposible, también llega.
No es un veredicto.

Es una impresión.
Afortunada.

**

m.trigo
fragmentos de texto improvisado escrito el 3/12/13 entre las 18 y las 23h en Lafinur 3248.