Por eso las curitas




¿Por qué retomamos una obra? ¿Qué buscamos al darle una segunda oportunidad a un proyecto? Quién sabe. Nunca se trata de un regreso. No queda fe para los mapas de la nostalgia, sabemos que no hay lugar al que regresar. Es mucho, prácticamente todo, lo que ha cambiado desde el estreno de este unipersonal en 2014. Sin duda, esos cambios y la implacable velocidad de la pérdida, acompañan el impulso de reencontrarnos con una obra donde el pasado vuelve a abrirse para tratar de explicar, desde la experiencia íntima, qué cosa es la vida, cómo se crece contra tanto. Por eso las curitas es un viaje. Y un recorte en el tiempo. Un pequeño paréntesis que se abre para vaciar los recuerdos y convertirlos en algo más, algo que compartir con otros, con el público, con los que eligen el teatro como sala de estar donde seguir creciendo. 



Por eso las curitas

Diseño de espacio: Sol Soto
Diseño Audiovisual: Sol Soto, Dalmiro Zantleifer Ojeda
Asistencia de dirección: Ariadna Mierez
Producción: Brian Bozikovic, Jimena  López
Colaboración artística: Francisca Ure
Grafica: Dalmiro Zantleifer Ojeda
Texto y dirección: Macarena Trigo

El Brío Teatro
Álvarez Thomas 1582
Domingos 14, 21 y 28 de mayo
18h

Diarios del odio



¿Existen materiales más o menos aptos para lo escénico? ¿Qué determina exactamente ese factor? No hay respuesta unívoca. La naturaleza escénica tiene todo de selva, de paraje intransitable, aunque su aspecto logre ser el de un quirófano. Quizá el ingrediente más importante resulte ser uno que ningún manual de dramaturgia satisface: el deseo. El deseo entendido como necesidad. 

Diarios del Odio trata de explicarse en su programa como "arte conceptual, obra visual, poemario, teatro, performance." En efecto, todo eso subyace en su génesis. La propuesta de Silvio Lang viene a cumplir una de las posibilidades que Roberto Jacoby comentaba al presentar su intervención en la Casa de la Cultura del Fondo Nacional de las Artes en 2014. Afirmaba entonces que una de las primeras posibilidades pensadas fue un montaje sonoro con actores que prestaran su voz para visibilizar el discurso elegido: el de los foros anónimos de los diarios Clarín y La Nación. Un discurso, literalmente, residual. Por lo efímero y por lo desechable del contenido. Se da la paradoja de no poder concebir ese material como discurso vacío porque, por supuesto, sucede todo lo contrario. Son mensajes saturados de violencia, obtusos y soberbios. Los foros virtuales son un dique de contención para la impunidad, un reducto donde se sintetiza con eficiencia la profunda involución de la especie o, si se prefiere el optimismo: la constatación de que algunas cosas no cambiarán nunca. 

La muestra de Jacoby en 2014 fue visual. Las palabras ocupaban las paredes en un remedo de graffitti donde la forma resultaba benévola para el terrible fondo. Lang explora ese recopilatorio textual, testimonial, ese arsenal de obviedades nauseabundas editadas por Jacoby y Krochmalny como truculento poemario, y le otorga una puesta en escena escindida. Por un lado, un coro que emula a las congregaciones religiosas que depositan en su cancioneros la síntesis de su fe. Ellos, los cantantes, irán descomponiendo en ritmos diversos ese pensamiento fragmentado que, al reproducirse fuera de contexto, resulta aún más delirante que en su nicho original. La risa es por momentos inevitable entre un público que se sabe e identifica en el extremo opuesto de lo expresado. La aberración en las palabras es tal, que, en efecto, quizá cantarlas resulte un modo de hacerla, sino digerible, al menos, "escuchable". Hay humor, sí, mucho. Negro, por supuesto. Un humor que nos obliga a reírnos por no llorar ante el entendimiento de lo irremediable. No hay un ápice de esperanza en la inverosimilitud de esos testimonios que siguen ahí, reproduciéndose y revitalizándose. 

Frente a esa transformación de la palabra ajena, el discurso de una derecha tan inconcebible como real, una multitud de cuerpos desfila, se retuerce, baila, se arremolina y dispersa. Cuerpos en negro y rojo que van deshaciéndose, perdiendo su individualidad para ser una masa deforme que, por momentos, se ordena dando forma a un icono cultural reconocible. ¿Qué o quiénes son ellos? Ellos, mientras ejercen la escucha y habitan las canciones, quizá seamos nosotros. Nosotros sometidos a esa lluvia de despropósitos, a esa violencia gratuita de un anónimo autorizado por la coyuntura - lo virtual, la época, el acá y el ahora más inmediato que nunca-. Nosotros que nos mantenemos como podemos, torpemente, apoyados los unos en los otros, padeciendo una suerte de hemorragia interna no diagnosticada. Pero también, sí, esa masa son la extensión física de las voces que hablan y cantan. Son una metáfora del odio que supuran las frases. Y así, de a uno, pasarán por el micrófono para cantar. Los "hits" son explícitos. No hay lugar para la metáfora: la prostitución, los negros, los "K", los ñoquis, los pobres, los ladrones... Todo lo que implica diferencia es carne de cañón. 

De más está decir que la propuesta goza de, nunca mejor dicho, rabiosa actualidad y que, más allá de todo análisis estético, su visibilización en este momento es celebrada como una necesidad. No hay tiempo ni lugar para la indiferencia, nos recuerda Diarios del odio. La ideología no se toma vacaciones. Tenemos que hacer lo que esté en nuestras manos para, como afirma el programa del montaje, "no ser pensados por el odio; atravesar el páramo, para no ser pensados por el desierto."







Kantor

























El ciclo Invocaciones curado por Mercedes Halfon sigue regalando obras necesarias. En esta ocasión la figura invocada es la de Kantor y la directora que se enfrenta al fantasma del maestro, Mariana Obersztern.

Kantor es un desafío exquisito sobre la ardua tarea de (re)construcción de una obra teatral. El hombre y creador es la figura omnipresente que atormenta a la directora, personaje inserto como una anomalía, como una extensa nota al pie que adquiere cuerpo y voz para guiarnos y, en el camino, perderse. Mariana Obersztern se interpreta a sí misma elaborando una singular caricatura de lo que puede llegar a ser una directora enfrentando sus demonios en la empresa de invocar una referencia artística del calibre de Kantor. La investigación y el análisis dan como resultado una simbiosis donde la directora / personaje, habla un polaco fonético que reconoce no entender, un idioma otro donde se encuentra sumergida tratando de encontrar respuestas para dudas que se tornan ridículas al ser expresadas en voz alta. Su personaje está acompañado en una primera instancia por  otra mujer, Agustina Muñoz, que ejerce como asistente, intermediaria o discípula de esa directora en tránsito. Encarna la necesidad del orden, persigue claridad, resultados, una toma de decisiones hacia la que azuza a la directora para que la obra adquiera formato manejable, un sentido, quizá un final feliz. Sin embargo, a medida que la obra avanza vemos que eso es imposible. 

También están junto a la directora "los personajes", reproducciones de la estética de Kantor que poseen una preexistencia desde la que se les ha dado cita, no obstante, acá deambulan sin las imprescindibles circunstancias dadas. Son la esencia de Kantor pero en esta obra, la pieza en proceso, aparecen difuminados: ni sus acciones, ni sus urgencias, objetivos o espacios son claros. Los diálogos y pensamientos se convierten en una trampa poética donde la metáfora los atrapa. Cuánta más luz analítica emiten, más sinsentido adquieren. El humor inteligente, raudo e irónico del texto es uno de los factores que nos permite anclarlos en el extraño presente que la obra propone: un presente abierto como infinito paréntesis. El lenguaje cambia del registro literario al coloquial y porteño, generando un zapping delicioso que atrapa al público en un ejercicio de atenta escucha. 

La puesta es coral y minuciosa. Construye un desorden aparente donde la fragilidad de cada elemento materializa lo inestable del proceso creativo. Cada decisión que la autora / directora toma, consciente o inconscientemente, repercute en ese espacio que se arma y desarma atendiendo a una partitura ritmada que se coreografía. Obersztern reflexiona sobre el papel del público: el ingreso en la sala nos desorienta como a los personajes que conoceremos y resignifica el ritual de acomodarse en platea. Se nos observa como a criaturas extravagantes mientras el interrogante de qué hacemos ahí, por qué vamos, por qué seguimos yendo al teatro queda sin respuesta. 

Entre los textos manejados por Obersztern en la composición de su propuesta es probable que estuviera este poema de Kantor que resuena ahora como cartografía posible de esta invocación. 



El fin del mundo

Todo empezó hace mucho tiempo
mucho antes,
mucho antes de la obra de la que estoy hablando aquí.
La imagen del fin,
del fin de la vida,
de la muerte,
de la catástrofe,
del fin del mundo
ya estaba claramente arraigada
en mi imaginación
y quizás en mi naturaleza.
¡Y no sin razón!

Antaño siempre me habían fascinado
el cataclismo 
de la Atlántida,
de ese “mundo” anterior a nuestro mundo,
y el único “relato” que tenemos de él, el de Platón,
que contiene estas palabras:
“esa noche”.
Después de eso todo volvió a empezar desde el principio, de cero.
Y lo mismo sucede ahora en el escenario:
el fin del mundo,
después de la catástrofe,
una pila de cuerpos inanimados
(cuántos ha habido ya),
y una pila de Objetos fragmentados,
eso que quedó.

Después de eso,
según mi idea del teatro,
los muertos “se levantan de entre los muertos”
y desempeñan sus papeles,
como si no pasara nada anormal.

Eso no basta.
Los personajes 
que empiezan a vivir por segunda vez
lo han olvidado todo.
Sus relaciones
(quieren recomponerlas de nuevo)
no son más que trozos de recuerdos,
trágicos y desesperados.
Lo mismo vale para los objetos fragmentados,
que luchan por rearmarse a sí mismos
correctamente
y por deducir su función.
La cama, la banqueta, la mesa, la ventana, la puerta,
después, más “compuestos”,
la cruz, la horca,
y al final los instrumentos
de guerra...

Qué magnífica serie de inventos, de desesperaciones,
de sorpresas, de errores...

Poco a poco,
el mundo de todos los días,
y la esfera más primitiva de la existencia básica,
consiguen nacer.
Luego vienen el mundo
de los fenómenos sobrenaturales,
los milagros, los símbolos sagrados.
Y por fin el mundo
de los acontecimientos colectivos,
la civilización...

Lo más asombroso es que todo es
repetición, ensayo.
A partir de allí, todo
(en escena) está permitido:
otra versión,
deformación,
blasfemia,
corrección...

Quizás
este ensayo,
con su versión, que no encaja con “el original”,
nos permita percibir nuestro mundo,
“el original”,
como si lo viéramos por primera vez.
Nosotros, espectadores de la época 
previa a “esa noche” tan terrible,
contemplamos esta segunda
“edición”
del mundo
muy seguros de nosotros mismos.
Sabemos todo de todas las cosas,
lo sabemos tan bien
y lo hemos sabido durante tanto tiempo
que la realidad se ha vuelto
algo tan obvio
que ya no merece ser comprendido.

Contemplamos esas
luchas primitivas y torpes
y descubrimos
inesperadamente,
como si fuera nueva,
la esencia de esos actos elementales,
de esos objetos,
de esas funciones.

Por ejemplo:
una banqueta...
sentarse...
el estado de estar sentado...

Será más bien así
como habrá de desplegarse
el argumento de este
relato casi aventurado.

Nos estamos acercando al final.

Con los restos de una
civilización desaparecida
el hombre vuelve a construir
algo completamente desconocido,
un objeto-monstruo.
El objeto-monstruo explota.
¡Sabemos qué es eso!
El fin.
¡El fin del mundo!

Éste era el boceto bruto, simplificado,
de esta obra,
que, entre otros,
tenía pegado en la pared
de mi pobre Cámara de
la Imaginación
y la Memoria.

T. Kantor


KANTOR
Wielopole, mezrich, wielopole

Texto: Mariana Obersztern
Traducción: Magda Banach
Actúan: Juan Barberini, Lucas Cánepa, Cristina Coll, Lucio Giuggioloni, Walter Jakob, Agustina Muñoz, Mariana Obersztern, Valentina Pagliere, Ángeles Piqué, Verónica Walfish
Vestuario: Lara Sol Gaudini
Iluminación: Gonzalo Córdova
Diseño de objetos: Mariana Obersztern
Realización de objetos: Santiago Rey
Subtítulos: Julia Perette
Fotografía: Catalina Bartolomé
Asistencia de dirección: Julia Perette
Producción ejecutiva: Lia Comaleras, Gabriel Zayat
Producción general: Carolina Martin Ferro
Curaduría: Mercedes Halfon
Dirección: Mariana Obersztern

Centro Cultural San Martín
Viernes 20h y sábados a las 21h. 

Pornosonetos




¿Cómo llega la poesía al hecho escénico? La poesía como texto férreo sembrado de imágenes imposibles, metáforas, enumeraciones infinitas, ritmo y verso. La poesía como instrumental quirúrgico, ese peligro en manos de cualquiera. La necesidad, el deseo de poner un texto poético en pie y convertirlo en algo más, habitarlo, recorrerlo como una pieza privada de la que se nos entrega la llave por unos minutos, es uno de los alicientes más desafiantes y atractivos en la búsqueda del lenguaje propio. Pornosonetos (des)borda los poemas de Pedro Mairal, los descose, los abre en canal para obligarnos a mirar dentro, a escuchar dentro, a llevarnos algo puesto. Cabe preguntarse si los textos fueron el disparador de esta performance o aparecieron después. La puesta posee una contundencia plástica que permitiría observarla sin sonido generando una extraña pesadilla lisérgica: "Soñé con dos gemelos músicos que tocaban en... Y había una mujer con uno de esos trajes de cuero y una máscara que..." 

La puesta ha recibido la atención de una pieza museística. Nada es azaroso en la composición del espacio o la distribución de los elementos. No está de más señalar que Bailiarini viene desarrollándose como artista plástico hace años, experiencia que acá traduce sensorialmente en sus decisiones sobre el conjunto. Pornosonetos interpela a nuestros sentidos. Somos vista y oído. Desde la trinchera de la platea ejercemos nuestro rol de espectadores y, por momentos, nos convertimos en voyeurs. La música de Ulises López Langono interpretada por los hermanos Infantino y la iluminación de Sebastián Francia son piezas clave donde la dirección explora el extrañamiento de este encuentro. Nos incomoda pero nos regala una galería de asociaciones libres que apuntan a un público entrenado en los contrastes y amante de lo lúdico. 

Los poemas de Mairal construyen una voz masculina, poderosa, ardiente y desesperada. Una voz solitaria y cosmopolita que se calienta, literalmente, con la materialidad de su cuerpo anhelante. Un cuerpo, poético, que no está limitado al presente de sus versos, sino que se sabe extensión, continuidad y cementerio de una tradición sociocultural que carga como una losa al enfrentarse a sus fantasías sexuales. El conjunto de poemas aborda la percepción atemporal de lo físico en ese instante tan fugaz como perpetuo donde el deseo late y se consuma. O nos consume. Pero no sólo de sexo vive el hombre. Será polvo, sí, pero polvo enamorado. Hay un otro. Un objeto de deseo ya inalcanzable y, por ello, puro e idealizado. Un objeto de deseo que es causa y raíz de los versos derramados. El recuerdo del cuerpo amado es una de las experiencias más dolorosas. El poeta lo sabe. Y la dirección transita ese dolor con quien se anime a escuchar la entraña desgarrada. 

La elección de una actriz para habitar la voz masculina del texto resulta un gran acierto. Julieta Vallina aparece como una provocación que trasciende la burla del vestuario. Bajo la máscara hood su mirada interpela a ese objeto de deseo omnipresente para el que ya no hay espacio, aunque exista todo el tiempo del mundo. La estética de dominatriz es sometida por el torrente expresivo de los versos. No hay fortaleza donde la soledad no se entrometa. El juego de roles de la perfo es pues, más que sexual, cultural y poético y, como tal, violento. En los tiempos que corren, porqué no decirlo, también político. Que una mujer se adueñe del lenguaje expresivo de un poeta,  lo habite con su poderosa feminidad y, finalmente, lo que trascienda sea el discurso del (des)amor y su herida siempre abierta, resulta cuando menos un modo interesante de inquietarnos, de obligarnos a reconsiderar determinados aspectos de nuestros, cada vez más endebles, andamiajes. 

Pornosonetos es un excelente ejemplo de cómo la búsqueda del propio lenguaje se consolida en lo interdisciplinar. Una resurrección del recital poético donde cada ingrediente brilla por sí mismo.


Pornosonetos

Actúan: Julieta Vallina
Músicos: Julian Infantino, Ignacio Infantino Almeida
Diseño de vestuario: Ezequiel Galeano
Diseño de escenografía: Ramiro Bailiarini, Sebastián Francia, Ezequiel Galeano
Diseño de luces: Sebastián Francia
Realización de escenografia: José Bailiarini
Música original: Ulises López Langono
Fotografía: Luis Sens
Diseño gráfico: Nacho Jankowski
Asistencia de dirección: Brenda Kreizerman
Producción: Lala Palermo
Colaboración artística: Josefina Gorostiza, Nadia Romina Sandrone
Textos: Pedro Mairal
Dirección: Ramiro Bailiarini


Abasto Social Club 
Yatay 666
Domingos 16.30

Notas de escucha: Mi averío, de Nicolás Blum

Estudiando Teoría de la Literatura se me concedió la maravillosa concepción del universo como la suma de infinitos materiales dispuestos ahí para nuestro exclusivo deleite como lectores. La lectura como el arte de análisis y comprensión de cuanto nos rodea. La lectura como una traducción libre, una interpretación de aquello cuanto ilumina lo que hasta entonces era, quizá, sólo otra cosa. Leer para prenderle fuego al mundo conocido y transformarlo en cenizas de las que nutrirse.
Esa capacidad de lectura interesada, siempre abierta e inconclusa, permite que nos aproximemos, por ejemplo, a obras de arte cuyos sentidos nos atrapan con intenciones tan subterráneas como azarosas. Cada centímetro de aproximación proporciona un nuevo detalle donde fijar la vista, el oído, el tacto... Los sentidos que implique la disciplina y también alguno más. El sexto o séptimo, esa intuición habilitada se prende cuando la obra comunica, nos dice algo e incluso habla por nosotros. 
Nunca escribí sobre un disco y no es mi intención analizar los valores musicales de Mi averío. Carezco de los conocimientos necesarios. Sin embargo, habiendo recorrido sus temas durante los últimos meses con ese extraño entusiasmo que nos genera todo descubrimiento, sí me propongo leer lo ya escuchado. 
Play, entonces.



Resulta inevitable detenerse en el título, la elección del término: "averío". Según la R.A.E. "conjunto de aves de corral". Elige el poeta, autor de la mayoría de los temas, una palabra que nos aleja de cualquier imagen saludable de una bandada cosmopolita, dejándonos ante el interrogante de qué aves son, serán, las que revoloteen en ese corral. Si cada tema fuera un ave, ¿cuál sería? He aquí un posible primer juego, paratextual, que Blum subraya en el arte de tapa, al caracterizándose como pájaro cantor.
Las aves / temas son ocho. Cinco firmados por Blum, dos poemas musicalizados  - "Happy New Year", de Cortázar y "Ejecutoria del miasma", de Girondo - y  una versión del tango "Araca corazón". Sobre éste último nada diremos que haga justicia a la interpretación, les invitamos a escucharlo.
Sí reflexionaremos sobre la musicalización de los poemas de Cortázar y Girondo, por tratarse de textos conocidos que difícilmente podremos volver a leer sin que resuenen a la Blum en nuestra mente.




Los acordes de "Happy New Year" logran que el suspenso textual cortazariano, el tiempo implícito que precisa la recreación de la mano amada, se consolide y ritme. También que fluya con una libertad reiterativa, al tiempo que la voz, se detiene y trabaja algunas palabras, - "urdiendo cada dedo", "muchísimo" - accionando el deseo materializado en la distancia.
Pensemos en la intencionalidad interpretativa, en la fuerza, tan sutil como precisa, con la que un actor (a)borda las palabras. Consideramos que la interpretación de quien canta se desarrolla próxima a esos márgenes. De hecho, el mismo Blum, a lo largo del disco, se cita como personaje y dialoga con su público / audiencia.
Blum convierte la interrogación retórica del poema de Cortázar en estribillo y deposita en él una vitalidad que intensifica el desafío convirtiéndolo en un lamento al que volver.
Su lectura del poema, la certeza con la que instala encabalgamientos, pausas y tempo para el instrumento - una guitarra -, habla del compositor como lector atento. Sus temas lo muestran como una voz original que explora su expresividad en forma y fondo transitando humor, ironía, pasión y contradicción en múltiples registros con imágenes tan afinadas/afiladas como "perro caníbal sufriendo una dieta de arroz"(Cuidado con el perro); o "cariátides milongueras" (Pluma carbón), por ejemplo. Más adelante nos detendremos en sus letras, pero veamos primero su propuesta para el poema de Girondo.

"Ejecutoria del miasma"
Este clima de asfixia que impregna los pulmones
de una anhelante angustia de pez recién pescado.
Este hedor adhesivo y errabundo,
que intoxica la vida
y nos hunde en viscosas pesadillas de lodo.
Este miasma corrupto,
que insufla en nuestros poros
apetencias de pulpo,
deseos de vinchuca,
no surge,
ni ha surgido
de estos conglomerados de sucia hemoglobina,
cal viva,
soda cáustica,
hidrógeno,
pis úrico,
que infectan los colchones,
los techos,
las veredas,
con sus almas cariadas,
con sus gestos leprosos.
Este olor homicida,
rastrero,
ineludible,
brota de otras raíces,
arranca de otras fuentes.

A través de años muertos,
de atardeceres rancios,
de sepulcros gaseosos,
de cauces subterráneos,
se ha ido aglutinando con los jugos pestíferos,
los detritus hediondos,
las corrosivas vísceras,
las esquirlas podridas que dejaron el crimen,
la idiotez purulenta,
la iniquidad sin sexo,
el gangrenoso engaño;
hasta surgir al aire,
expandirse en el viento
y tornarse corpóreo;
para abrir las ventanas,
penetrar en los cuartos,
tomarnos del cogote,
empujarnos al asco,
mientras grita su inquina,
su aversión,
su desprecio,
por todo lo que allana la acritud de las horas,
por todo lo que alivia la angustia de los días.

La musicalización opta por una constancia rítmica que la partitura mantiene e intensifica y un decir ralentizado y selectivo que ilumina la enumeración escatológica y surrealista, logrando que apreciemos cada adjetivo como si los escucháramos por vez primera. Quizá lo que sorprende es el modo en el que forma y fondo se disocian, puesto que la interpretación musical contiene una suerte de detritus amoroso y entusiasta - cuyo origen intuimos se cifra en la admiración de Blum por el poema elegido, cuando no por el mismo Girondo - que se desarrolla a contrapelo del significado literal, logrando, por ejemplo, que "cal viva, soda caústica, hidrógeno o pis úrico", sean una extraña caricia amorosa en el oído.
Los cinco temas firmados por Blum: "Disquisiciones", "Cuidado con el perro", "Oración", "Pluma carbón" y "Polipropileno", gozan de una suerte de dispositivo narrativo similar al que podemos encontrar en esas fotografías que nos atrapan presentándonos un relato o personaje al que sólo nuestra mirada otorga sentido pleno. No hay relato completo, sino una observación al vuelo sobre determinados acontecimientos o percepciones del cotidiano con las que, en ocasiones,  resulta fácil identificarse – la conversación tejida con frases hechas con la que cierra "Disquisiciones" * o las sentencias sobre el camino reiterado de "Polipropileno"- ; mientras que en otras, nos concede un punto de vista privilegiado sobre el que re-crear un argumento.
¿Es ese el objetivo de una canción? Por supuesto que no, ya aclaramos que esto no es más que una humilde propuesta de lectura.  Por eso nos permitimos afirmar que los cinco temas tienen algo de peripatéticos: comparten un ir y venir rítmico que elabora una suerte de caminata, paseo por el barrio, viajecito por la vida o carrera final hacia ese instante arrebatado donde todo cambia para siempre.
La adjetivación precisa y preciosa articula una sensorialidad vívida que la voz del autor manipula a su antojo dirigiendo nuestro oído hacia tal o cual palabra o frase. Y, ya mencionada la fotografía, nos gusta pensar que ese el modo en el que Blum consigue sus primeros planos acústicos tan fugaces como efectivos. Los invito a ver el video de “Oración”, penúltimo tema del álbum, en cuyo montaje se combinan el humor de lo literal, el preciosismo técnico, la metonimia y la disección de las palabras como juego, nada inocente, donde una sola letra modifica el sentido, genera otra realidad.
“Polipropileno” es el último tema. Poco más de dos minutos donde encontramos una buena síntesis de algunas certezas desarrolladas. La impronta de la voz de Blum - autoral y vocal – parece nutrirse de una capacidad lúdica para abordar las palabras como juguetes siempre nuevos. Su forma de transformarlas pasa por el virtuosismo técnico con el que maneja tono, volumen, ritmo y silencios, pero también por la singularidad de su mirada sobre un mundo que re-construye para cantarlo.
“Polipropileno”, título que Girondo firmaría, nos desafía a encontrar belleza en cualquier término y otorga licencia poética al cotidiano, a la intrascendencia que el ojo, y en este caso el oído del poeta, rescatan. De nuevo, canta Blum como quien dialoga: "Disculpen, no recuerdo bien. (...) Qué les puedo decir, qué no. Que sí, que no, que más o menos."  Sin necesidad de que entendamos la totalidad de un relato que será distinto cada vez dependiendo, entre otras cosas, de nuestro ánimo en el momento de afinar la escucha, el entusiasmo con el que el cantor - sí, cantor, cantaor o poeta, nos resultan mucho más precisas que "cantante" en esta disección - ilumina, diríamos descorcha, las frases hechas sobre el camino y la consigna del juego de las escondidas.** Celebra así la vida, lo que acontece sin que logremos apreciarlo en su (in)justa medida.
No es su misión "chillar con doble intención o rimar polipropileno", no. Sus últimos versos, apreciables con o sin melodía, apuntan mucho más y mejor, cuál es la tarea del quehacer poético en cualquier disciplina.

"Se detenía
el silbidito insoportable
de la letanía.
Nunca en silencio
ferreamente corpóreo
un óleo denso
en el lienzo lunar."


DISCO: MI AVERÍO, 2015. 



*  “Sabe cómo está el día, / si va a llover, / pasó volando el año, / uy, qué calor, / qué tiempo loco éste. / Disculpe, usted, / ¿se va de vacaciones / a algún lugar? / ¿Las sierras o la playa? / Le encanta el mar, / a mí también.”
** "Qué camino nos lleva a Roma, / se hace camino al blablablá. / El que no se escondió, se embroma."

Los Corderos





Volver a Veronese. Volvar a ver "una de Veronese". Una con su texto y dirección. Tener la memoria aún física de la primera vez que vimos Mujeres soñaron caballos. Recordar aquello. Lo que nos hizo. Qué creímos entender aquella primera vez. Dónde nos metieron la cabeza. No saber qué esperar. 

Los corderos se presentó en su momento como "una comedia filosófica sobre la condición humana". Argumentalmente lo es. Un texto absurdo que baraja elementos de la cruda realidad argenta y los dinamita para que incomoden pero no lastimen. La violencia, la pobreza, la vida como un tango repetido donde veinte años no es nada y sin embargo... Hay algo del núcleo familiar violentado en las repeticiones, el extrañamiento de las frases, la ilógica del pensamiento, la gestualidad pautada y el histrionismo que remite al juego de roles de Ionesco, pero la apuesta no se cifra en el lenguaje sino en los cuerpos de los actores. En la rotundidad de esas naturalezas contenidas que buscan o desean explotar y que, cada tanto, lo hacen, explotan. En el grito, el gesto, el llanto, la mueca, el golpe... Se deforman a medida que avanzan los sinsentidos. 

El relato es una excusa para explorar un dispositivo escénico donde sí, inmediatamente, se reconocen las inquietudes de la dirección: el interés puesto en ofrecernos los ingredientes, en revelar los secretos de la magia para que el pacto ficcional nunca resulte sencillo. Una puesta que subraya la teatralidad y donde el público ejercita su capacidad para relacionarse con el teatro como artificio. Ninguna posibilidad de empatía, de vinculación con los personajes o de satisfacción de la expectativa narrativa. 

Veronese, una vez más, nos obliga a ver: acá no hay nada. Poquísimos metros cuadrados delimitados por una cinta blanca en el piso y un resto escenográfico, un recorte de paredes por donde los actores entran y salen deshabilitando el afuera narrativo. No está la calle, no está la casa, no hay nada. Vean y obvien. Elijan. Trabajen. Lean donde quieran. Como puedan. Pero, sobre todo, escuchen a los actores. Escuchen esos cuerpos. La puesta permite la observación lateral en unos pocos asientos y en ahí gozarán (o sufrirán) de esa impertinente intimidad que puede resultar intolerable. La misma intimidad obscena que mantienen esos seres desquiciados que quizá representen algunos de los peores estados de la sociedad o, quizá, son solo lo peor de cualquier casa en un mal día. La metáfora del microuniverso es fértil y expansiva. 

Quienes sientan debilidad por observar ese raro fenómeno del cuerpo de un actor o actriz en escena, encontrarán una singular experiencia sobre la potencialidad expresiva de un elenco que confía en la solidez de lo que sus cuerpos, voces y miradas transmiten. La foto que acompaña esta nota es un buen anticipo. Cómo combinar todos esos elementos y qué obra percibirán y construirán finalmente, es algo sobre lo que, sin duda, se teorizará mucho. 



Los corderos

Texto: Daniel Veronese
Actúan: Patricio Aramburu, Flor Dyszel, María Onetto, Gonzalo Urtizberea, Luis Ziembrowski
Escenografía: Franco Battista
Diseño de vestuario: Valeria Cooky
Diseño de luces: Sebastián Blutrach
Asistencia artística: Gonzalo Martínez
Asistencia de dirección y producción ejecutiva: Diego Badaracco
Dirección: Daniel Veronese

Espacio Callejón
Martes a las 21h y sábados a las 17h.

Día T

"Nosotros no hacemos que el teatro exista. 
Es gracias al teatro que nosotros existimos."   

Isabelle Huppert, discurso del Día Mundial del Teatro, 2017.



Vivimos en un mundo desmemoriado que precisa días para todo. Inventamos días que favorecen el consumo y el intercambio de gestos y frases vacías. Se reivindica desde la superficie, desde la apariencia, el desempeño de un oficio, una conquista legal, una identidad de género e incluso la existencia de los vínculos familiares o la supervivencia del amor como concepto. Son tantos los días memoriosos que resulta imposible celebrarlos a conciencia. Tener ganas, cuerpo e ideología para. Los días D se multiplican y debemos elegir cuáles nos pertenecen y cómo participamos. 

El día Mundial del Teatro pertenece a una minoría de mortales. Se nos conceden unos minutos de reflexión y reivindicación. Celebramos la persistencia de la maravilla, el empeño cifrado en eso que sigue atentando contra un sistema cada vez más obtuso: el teatro como encuentro. Encuentro físico, en cualquier espacio. Encuentro de los unos con los otros. Quienes se reúnen para hacerlo posible y quienes acuden a su luz. Nos debemos los unos a los otros. No importa que nunca sepamos quién está en platea o que no tengamos ocasión de agradecerle por tanto al creador que esa noche, con suerte, con muchísima suerte, apaciguó nuestro dolor convirtiéndolo en otra cosa. 

Elijo esa frase de Huppert en su discurso: "Nosotros no hacemos que el teatro exista. Es gracias al teatro que nosotros existimos. " Reconozco en ella una profundidad alejada de parafernalias y reconocimientos. El teatro es un encuentro que nos precisa disponibles y generosos pero, sobre todo, el teatro es lo que nos hace a cada uno. Sobre esa operación poco y nada puede traducirse a ciencia cierta. Hablarán los expertos de (re)conocimiento, catarsis, emoción y epifanía. Tendrán razón, pero se quedarán cortísimos. 

El día Mundial del Teatro quizá sirva para que cada uno, en medio de su campo de batalla, renueve sus votos con la causa y vuelva a elegirla. Recordar que mucho más de lo que podamos darle al escenario, nos será entregado. Recordar que somos piezas ínfimas de una tradición comunitaria que seguiremos amando y desconociendo. Recordar que toda vez es única y entender que, así como nosotros no podemos concebir una vida sin teatro, también hay muchísimos que no lo precisan e incluso tantos otros que harán cuanto esté en su mano para que nuestras condiciones, nuestro ser, estar y hacer, sean cada vez peores. Harán cuanto esté en su mano para que abandonemos, para que nos dediquemos a cualquier otra cosa. No entendieron que después de nosotros vendrán otros. Con más valor y nuevas historias. La absurda historia de la civilización así lo prueba. 



m.trigo