Nurit Kasztelan













Librera, editora, poeta y dramaturga. 


¿Cómo te definís profesionalmente?
Qué díficil: hago muchas cosas dispersas. Soy librera, editora, escribo poesía y dramaturgia, doy clases y ahora estoy empezando a dirigir teatro.
¿Sabés por qué te dedicás a esto?
No podría hacer otra cosa.
¿Qué disciplinas resultaron fundamentales en tu formación?
Todas, recibirme de economía me sirvió para saber que no quería dedicarme a eso, estudiar literatura me sirvió para entender que tengo una relación absolutamente pasional con los libros y que la carrera de letras donde estaba obligada a leer lo que no quería no era para mí; y la maestría en Estudios interdisciplinarios de la Subjetividad me sirvió para abrirme la cabeza, para usar a la filosofía como una forma de ver y entender el mundo.
¿Qué es lo más útil que te ha enseñado tu trabajo?
Mi trabajo me enseñó a adaptarme a las personas: que no todos los libros son para todo el mundo, que lo te gusta a vos no necesariamente le va a gustar al otro.
¿Y lo más hermoso?
Que a veces lo que te gusta a vos sí es lo que le gusta al otro, y entonces encontrás una empatía tremenda con alguien que apenas conocés. Pero lo más hermoso que me pasó es algo que no me voy a olvidar nunca, y fue recibir este mail después de la presentación de mi libro, de la mamá de una nena de ocho años:
“Hola, Nurit el sábado fuimos a escuchar a Lucas y te conocimos, conocimos a la poetisa. Desde el conocimiento, la teoría, el análisis nos encantó lo que hacés. Nos conmoviste mucho, pero no te escribo por eso. Junto a mí estaba mi hija Victoria. Mientras recitabas te miró atenta, aplaudió, te escuchaba con esa mirada de niña que captura, desde la inocencia, todo. Aquí a mi lado me recuerda que sus poemas favoritos son: "El orden" y "Necesidad de lo liviano". Cuando salimos, nos pidió hasta el cansancio que le compremos tu libro. Esta mañana lo agarró y nos empezó a leer tus poemas en voz alta y se reía, y los disfrutaba, jugaba con ellos, corría con el libro en la mano, fue mágico. Quería contártelo, Nurit, porque vos le abriste el alma a mi hija a la poesía y ella se asoma de una manera increíble. Yo no sé cómo agradecerte lo que has hecho, quizá ninguna de las tres tengamos conciencia de este momento. Gracias, querida Nurit, ya sos inolvidable para mí.”
¿Cuáles considerás que son tus principales fuentes e influencias creativas?
Mis influencias van cambiando, son por etapas. Suele pasarme que me obsesiono con un autor y trato de leer todo lo que publicó o ver todas las muestras de un artista plástico particular. Mis maestros, colegas que admiro. Pero en realidad, soy lo que soy principalmente debido a la dispersión y el aburrimiento.
¿Qué es lo que más te duele a la hora de ejercer tu vocación?
Tengo un nivel de obsesión alto, y me cuesta mucho cerrar los poemas, o un texto, le doy demasiadas vueltas al asunto. Pero no es algo que me duela.
¿Crees haber sacrificado algo importante para dedicarte a esto?
No.
¿En cuántos proyectos laburaste el año pasado?
En 2015 estuve con proyectos que venían desde antes y que todavía siguen, como la librería y la editorial. Incursioné en dos cosas nuevas, que es dar clases de formación de espectadores y conducir una columna en la radio. También dirigí en teatro dos obras breves y a mitad de año empecé a dirigir una obra que escribí con una amiga, que aún no se estrenó.
¿Todos llegaron a mostrarse o estrenarse?
La idea es que la obra “El espacio conmigo” se estrene en 2016, en 2015 se trató sobre todo de armar el equipo (actores, asistente de dirección, escenógrafo, iluminadora, productora).
¿Cuál es el proyecto al que dedicaste más tiempo hasta la fecha?
La poesía siempre está, va y viene, pero estoy casi todo el tiempo conectada con ella, es un poco mi manera de mirar y entender el mundo, por más que no esté siempre la idea de publicar el libro.
¿Cómo lo recordás? ¿Qué hubo de bueno y de malo?
No pienso en términos binarios. Al principio tenía más ansiedad para publicar, ahora ya no, respeto mucho los tiempos que dicta la poesía.
¿Vivís de lo que amás o tenés otra actividad que ayuda a pagar las cuentas?
Tengo la suerte de ser feliz casi todos los días en mi trabajo, y en general vivo de lo que me gusta. Lo que amo amo, prefiero mantenerlo como estado de excepción para que sea solo resto. Amo cocinar y cuidar mis plantas, pero no me gustaría que me paguen por ello.
¿Con qué otras artes te relacionas habitualmente?
Me interesa mucho la pintura, suelo ir seguido a ver muestras en museos o galerías. A veces estoy tan saturada de la palabra que necesito sólo imagen. Y además de literatura y teatro también me interesa el cine. Y últimamente un poco la danza.
¿Qué es lo más absurdo que has hecho por amor al arte?
Estaba en Berlín y quise ir al museo de Bruke, que estaba a dos horas de la ciudad, en una localidad rural, y me fui sola para allá, donde nadie hablaba inglés, me senté a comer en un lugar por señas y encima el museo estaba cerrado.
¿Hay algo que no volverías a hacer?
Me arrepiento de pocas cosas.
¿Qué estás leyendo?
Releyendo Mi vida de Isadora Duncan, Los poemas de nuestro clima, de Wallace Stevens y un libro de entrevistas a Curadores de arte, compilado por Gumer Maier que editó el Centro Cultural Rojas
¿Qué autores recomendás siempre?
Silvina Ocampo, Enrique Lihn, Julio Ramon Rybeiro, John Berger, Marguerite Duras, Virgilio Piñeira.
¿Qué películas volvés a ver una y otra vez?
En general no me gusta ver películas más de una vez pero Sans Soleil de Chris Marker es una gran excepción. Me partió la cabeza y me emocionó mucho.
¿Qué artistas – de cualquier ámbito - te resultan imprescindibles?
Los que me emocionan hasta la médula o me abren nuevas formas de mirar el mundo: Xavier Dolan, Miranda July, Sophie Calle, Louise Bourgeois, Wes Anderson, Marta Minujin. Seguro más, pero ahora no se me vienen a la cabeza.
¿Qué buscás en la gente con la que elegís laburar?
En general busco que compartan mis obsesiones, y que tengamos una forma parecida de trabajar. Sobre todo busco que sean pasionales con lo que hacen y que tengan claro su deseo.
¿A qué profesionales de tu ámbito seguís de cerca?
De los libreros me interesan Andy Andersen de la ex Lilith, Pablo Pazos de Arcadia y Sandro Barella de Norte. De editores admiro mucho a Diego Esteras y Ezequiel Fanego de Caja Negra, no solo por lo profesional sino por el modo de encarar lo humano, son pibes muy generosos. En teatro me interesan obras puntuales de algunos autores: Nada del amor me produce envidia de Santiago Loza, Mi vida después de Lola Arias, Vapor y El pasado es un animal grotesco de Mariano Pensotti, varias de Rafael Spregelburd, Actriz de Barbara Molinari, Llegó la música de Alberto Ajaka. En poesía me cuesta contestar. Podría nombrar dos que llegaron a interesarme tanto que me las puse a traducir, Anne Carson y Louise Gluck.
¿Con quién hablás sobre tu trabajo? ¿Pedís consejo o asesoramiento a alguien de confianza?
Hablo con amigos, colegas, gente que admiro. Siempre ando pidiendo consejos. Es mi mayor defecto, y mi mayor virtud.
¿Pedís subsidios para tus proyectos? ¿A qué instituciones?
Solamente pedí el año pasado a una línea movilidad y lo gané, fue un viaje España.
¿Por qué?
Porque mi editor me había invitado a España a participar a un festival de poesía y no podía pagar el pasaje. Fue él quien me incentivó a presentarme y me llenó el formulario.
¿Por qué vivís en Buenos Aires?
Tengo ganas de intervenir acá, en este lugar, en la cultura de esta ciudad. Hoy no me imagino viviendo en otro lugar. Me siento un poco identificada con ella: es nocturna, le cuesta mucho dormirse, siempre hay cosas para hacer…
¿Hay algún viaje que marcara un antes y un después en tu trabajo?
En la poesía fue mi primer viaje a Chile a un festival de poesía, y en términos editoriales cuando fui a Guadalajara, se me abrió la cabeza, muchas ideas que aún no llegué a concretar. En términos personales, cuando fui a Cuba en 2001, estaba conflictuada con mi situación de clase y fue muy fuerte ver lo que pasaba ahí, entender un poco cómo fue la revolución, viendo cosas buenas y también un montón de cosas malas. Ahí me di cuenta de que quería ser artista o dedicarme al arte de cualquier forma, y que era muy dichosa de elegir lo que quería hacer y no lo que una revolución necesitara.
¿Cuándo te das cuenta de que tenés un nuevo proyecto entre manos?
Siempre tengo un nuevo proyecto entre manos.
¿Sentís que tenés un sistema personal de trabajo?
Sí. Mi cabeza funciona por compartimentos separados, o, por decirlo de otro modo, el desorden es mi sistema. Como hago tantas cosas, pongo prioridades en términos de energía y así voy cumpliendo las tareas, a veces por días de la semana, momentos o meses del año. A veces la claridad en el deseo te ordena el resto de las prioridades.
¿Qué hay en tu lista de cosas pendientes?
Tener un hijo. También quiero conocer Rusia, Japón y China.
¿Tenés un panorama claro de lo que vendría siendo tu trayectoria?
No considero que tenga trayectoria. Considero que soy una persona que tiene deseos muy fuertes y que en general tuvo la suerte de realizarlos.
¿Qué es lo que más te preocupa en tu futuro?
Me gustaría eventualmente tener hijos, y me preocuparía que eso no ocurra.
¿Qué hacés cuando no estás trabajando?
Trato de escaparme a la naturaleza, al Tigre especialmente. Necesito mirar el verde y el agua.
¿Si no te dedicaras a esto qué estarías haciendo?
Sería cocinera. Amo cocinar, mezclar ingredientes, improvisar, agasajar a gente querida cuando viene a comer.

Apología de la carta de amor

 “Ama como puedas, ama todo lo que puedas. No te preocupes por la finalidad de tu amor”.

Amado Nervo


Aprendí a declararme por escrito antes de poder decir en voz alta “te quiero”. El amor traducido, domesticado en metáforas terribles y adjetivos que tropiezan entre sí con humor torpe y desvalido, siempre me pareció más interesante que el sentimiento desprolijo y esquizoide que altera mis sentidos convirtiéndome en alguien francamente estúpida. De algún modo, la carta de amor, la misiva donde mi corazón diseccionado se explaya en kilómetros de tinta, construye un puente desde el que no temo saltar al vacío. Tardé mucho tiempo en ponerme en el lugar del lector, el receptor de esos explosivos alegatos donde todo es posible. Cuando lo hice, comencé a censurar mi mala praxis y a cuestionar la inutilidad de un esfuerzo que nunca recibió el análisis exhaustivo que esperaba. Nunca me importó tanto que no me amaran como su reacción ante lo leído. ¿Había conseguido algo? ¿Era diferente su mundo ahora que habían enfrentado mi manera de verlos y sentirlos?

No iban a enamorarse de mí pero descubrirían que alguien diferente habitaba el interior de esta carcasa y se fascinarían lo suficiente como para desear saber algo más sobre esta criatura o, mejor dicho, sobre mi punto de vista. Porque el amor, maldita sea, apenas es eso: un punto de vista privilegiado, un primerísimo primer plano con el que enfocamos e iluminamos a nuestro objeto de deseo inventándolo a nuestro antojo.

Las cartas de amor hoy día apenas sirven para convocar concursos literarios y, con suerte, cumplen su objetivo en los guiones cinematográficos. Ahí sí. Los guionistas saben bien cuándo debe aparecer una misiva ardiente. Pocas veces nos dejan leer o escuchar lo que dice porque cualquier hilado de frases que encadenen nos decepcionará. Alcanza con el rostro del lector, con su mirada conmovida, su sonrisa o el atisbo de una lágrima para entender que las palabras elegidas fueron las mejores posibles, que el amante – las cartas las escriben los amantes y siempre el lector es el amado - acertó, logró elaborar el hábil algoritmo de sentido que modificó todos los errores del pasado. De ahí en más, gracias a esas pocas líneas, sus vidas serán otras, mejores y felices. Al menos hasta los títulos de crédito.

Las cartas de amor no tienen títulos de crédito. Podrían. Una larga lista de agradecimientos, al menos. Nuestro agradecimiento a todas y cada una de las personas que nos acompañaron hasta esa fecha, la fecha de la carta. Porque gracias a ellos estamos lo suficientemente locos como para enamorarnos e involucrarnos en la hazaña de bajar nuestro amor a un papel. Nuestro eterno agradecimiento a todos aquellos que alguna vez nos quisieron lo suficiente como para hacernos sentir merecedores de su cariño, dignos receptores de una atención que nos mejoraba y nos hacía crecer de modos infinitos que nunca constatamos pero que, en efecto, sucedieron. Acá estamos. Somos la prueba viviente de que ese cariño no se entregó en vano. Gracias a ese cariño somos capaces de amar a una persona a la que nos dirigimos por escrito como si fuera el único ser vivo del planeta.

No. Las cartas de amor no tienen créditos porque los créditos serían un flashback larguísimo donde sería preciso contar toda nuestra historia. Quiénes somos, qué hicimos, qué nos hicieron, para entender porqué nos hemos convertido en alguien capaz de escribir una carta de amor en el siglo veintiuno y no querer que nos amen por ella, sino pretender que esa escritura, de por sí, sea lo que nos mantiene con vida. Y entonces, sí, cómo no escribirla, cómo no agradecer la existencia de cualquier ser que nos inspire y nos proporcione el coraje suficiente para enfrentarnos una vez más a nuestra soledad y llenarla de palabras que la entibien con las que, no, nunca lograremos que nos amen, pero al menos demostraremos que aún somos capaces de sentir algo. Y vivir para contarlo.

Algo de todo esto y otras muchas causalidades constituyen el iceberg de Esas cosas que se dicen y son tan extrañas, un nuevo proyecto con Fernando del Gener y Jimena López que recién comenzamos a compartir. Un pequeño (des)amor que ya tiene muchos cómplices. Buscamos testigos. 



m.trigo









Sola no eres nadie

Creemos que sabemos cómo funciona, trabajamos dentro y fuera del escenario, actuamos, dirigimos, disfrutamos los ensayos como el territorio donde nos sabemos persona, donde encontramos sentido a lo poco que somos. Creemos amar el teatro, nos hace bien, decimos, nos ordena y obliga. Nos da algo parecido a la felicidad. No importa cuánto creamos entenderlo o cuánto nos sintamos parte. El teatro siempre encuentra un modo de recordarnos que sí, es todo eso, pero aún puede ser más. Mucho más. Y necesita menos, mucho menos. 

El escenario es un campo minado. Apenas un actor lo pisa y/o abre la boca, el amor puede nacer. O terminarse. Anoche, apenas Mariano Mazzei lo cruzó para buscarnos, vimos a una persona - no un personaje, sino una persona - con el corazón en la mano y una historia que contar. Mazzei le presta su cuerpo a ella, una ella que se despide de él, para nacer en la quietud del campo. Un él que no precisa más que un vestido rosa para dar luz a la mujer que siempre fue. Una ella para quien unos pendientes de perlas pueden ser la diferencia, la belleza o la felicidad y también la soledad, el recuerdo, la pena inconsolable. 

Sola no eres nadie aborda la temática de la identidad sexual con un texto poético donde se sintetizan los infinitos derroteros de un alma enfrentándose a sus miedos y mostrándose al mundo tal cual es, aunque el mundo se niegue a verla y la desdibuje a su manera. 

El trabajo de Mazzei bajo la dirección de Ana Alvarado es delicado y preciso. Su mirada, su voz y su cuerpo se ofrecen con generosidad y excelencia para albergar el relato. No solo la encarna a ella, también nos presenta, haciendo alarde de una expresividad creativa y orgánica, a los otros personajes cruciales en la historia. Un cambio de voz, una forma de mirar, una mano que se quiebra... Tan simple de decir y tan difícil de lograr. Una composición exquisita sobre un escenario prácticamente vacío que el actor ilumina una y otra vez. 

No hay que temer el tantísimas veces anunciado fin del teatro, mientras haya un solo actor con la necesidad de contar una historia, sobrevivirá a cualquier cosa que le hagamos. 



Sola no eres nadie

Texto: Natalia Villamil.
Actúa: Mariano Mazzei.
Vestuario y escenografía: Valeria Cook.
Diseño de luces: Jessica Tortul.
Música: Gustavo García Mendy.
Fotografía: DeadossolerVeronese, Christian Inglize.
Asistencia de dirección: Guillermo Aragonés, Gabriel Guz.
Prensa: Carolina Alfonso.
Producción: Gabriel Guz.
Dirección: Ana Alvarado.


La Carpintería
Jean Jaures 858

Domingos 18.30

Me mata haber crecido

No es el paso del tiempo / es el paso de un tren / lo que mide mi vida. 






Me mata haber crecido / como una planta más / sin mucho miramiento / bajo lluvia / como hija de vecina / a ratos pródiga / siempre a punto de nieve / con una excusa a mano / y miedos a montones / con ganas de ser otra / una cualquiera / del todo bien distinta / más amable / discreta / con padre catedrático / o primos extranjeros / otra a quien los idiomas / los números / la vida / se le dieran mejor / y se cansara menos / o no esperase nada / otra llena de acuerdos / y razones / con plan a largo plazo / una casa en el pueblo / un amor secretísimo / alguna Bovary bien entrenada / en tardes de silencio / y crucigramas / capaz de usar tacones / o andar en un vestido / por la calle / sin verse disparate / o trampantojo / incluso otra con fe / dentro de un hábito / en uno de esos tornos / de clausura / donde el tiempo es un dulce / conservado / y dios una promesa.

Me mata haber crecido / lejos de los pasillos / y los patios / donde el mundo era un cuento / haberme entorpecido / en la nostalgia / de un país remendado / inexistente / haberme enamorado / para nadie / sabiendo que quien nada / no se ahoga / que quien nos calla / otorga / mil sentidos / y nos hará llorar / porque se puede / acaso hasta se debe / y haya deudas / en más de una entidad / a nuestro nombre. 

Me mata haber crecido / en otro siglo / cuando el tiempo / el dinero / los vicios / las costumbres / los malvados / los buenos / la comida / el transporte / la miseria / los parques / las guerras / los ancianos / ser feliz / o morirse / eran cosa de locos.





m.trigo


Satori


El Teatro El Brío presenta en estos días funciones de su fórmula "Combinado". Se trata de una invitación temática realizada a un artista plástico y un director teatral. En esta ocasión el tema es la construcción del recuerdo. En plástica fueron convocadas Solange Krasinsky, Soledad Ianni, Carolina Rabenstein y Violeta Bernuchi y entre los directores se encuentran Claudio Mattos, Gabriel Rosas, Los Sublimes, Julieta Vallina y Agustín Rittano. 


Cada director aborda el espacio creado libremente y con esa premisa nacen obras. 

Vimos Satori, donde Julieta Vallina se desempeña por primera vez como directora de un texto propio y lo hace con una impronta personal y una rotunda apuesta por la presencia de lo poético en la escena. La pieza está llena de simbolismos e imágenes bellísimas que aluden a un imaginario de lo paranormal pero también a un realismo mágico donde el tiempo, el ensueño, la fe y las maldiciones se dan la mano.

Adueñándose de la distribución espacial del Brío y de la propuesta plástica, Vallina inserta el relato entre vestidos, valijas, alfombras y una iluminación expresionista, suspende así el tiempo para dar paso a un cuento extrañado, a un relato sobre el que los propios personajes dudan. A la delicada puesta en escena se suma una hábil dirección de actores donde Nicolás Goldschmidt y Milva Leonardi despliegan hermosos y diferentes registros físicos y emocionales que nos guían en un relato de superstición, deseo y muerte. Las imágenes evocan con humor múltiples simbolismos e inauguran un mundo posible donde los personajes podrían habitar infinitas realidades paralelas. 

Vallina, a quien tanto conocemos y admiramos como actriz, saca a la luz ahora una emocionante batería de recursos como autora y directora. Esperamos que esta sea la primera de muchas incursiones. Felicitamos al Brío por esta iniciativa que apuesta por la mixtura de los disparadores creativos y por la calidez y belleza de un espacio que invita a ser frecuentado como propio. 



Satori

Actúan: Nicolás Goldmishdt, Milva Leonardi.
Asistencia de dirección: Ramiro Bailarini.
Texto y dirección: Julieta Vallina.


El Brío
Álvarez Thomas 1582
Domingos 20h. 

Giampaolo Samà








Actor, dramaturgo, docente.



¿Cómo te definís profesionalmente?
No es simple definirse a uno mismo. Diría que soy un actor al que le gusta escribir sus textos. Entonces también soy un poco dramaturgo. Pero también me ocupo seguido de la fotografía y enseño italiano e historia en una escuela. Uno no es nunca una cosa solamente.
¿Sabés por qué te dedicas a esto?
No podría estar sin el teatro. Es como un soplo vital, me permite expresar en libertad mis pensamientos, ponerlos en duda y volver a plantearlos. Y además me hace feliz a veces.
¿Qué disciplinas resultaron fundamentales en tu formación?
El cine, antes que nada. Mi familia tenía un cine en mi pueblo y cuando era chico me pasaba tardes enteras viendo cualquier película. Era un poco como en Cinema Paradiso. Estar en la cabina de proyección, tener la película en la mano… El sueño del pibe. También la música, estudié piano de muy chico, mejor dicho, maltraté el piano unos años cuando era chico y al final me quedó el amor por la música. La lectura y la poesía llegaron, como para casi todos, en la adolescencia.
¿Qué es lo más útil que te ha enseñado tu trabajo?
La constancia.
¿Y lo más hermoso?
El placer de la búsqueda.
¿Cuáles considerás que son tus principales fuentes e influencias creativas?
Muchas, no podría decir una ni intentar armar un elenco. Prendo por donde venga. Una música, una imagen, un cuadro, una frase en un libro o una frase escuchada. Un olor, un recuerdo inesperado o algo que no logras recordar. Todo puede ayudar en el acto creativo, solo hay que estar encendido.
¿En cuántos proyectos laburaste el año pasado?
Tres. Una obra dirigida por Román Podolsky Movimientos sin utilidad. que estuvo en cartel en el CELCIT y mi unipersonal LAMERICA, que me da muchísimas satisfacciones desde su estreno en 2011 y que sigue girando este año. También terminé de escribir y ensayar EL VIAJE, una comedia poco divina, mi nuevo unipersonal que está ya con funciones en Timbre 4 los viernes 23 hs.
¿Cuál es el proyecto al que dedicaste más tiempo hasta la fecha?
Mis unipersonales. Son un trabajo de todos los días, el tiempo de estudio, la escritura, los ensayos, y volver sobre los textos. El tiempo no alcanza nunca.
¿Vivís de lo que amás o tenés otra actividad que ayuda a pagar las cuentas?
Los primeros años en Argentina no fueron simples, tuve que empezar de vuelta con todo. En Roma, donde viví diez años, trabajaba bastante seguido como actor y en los últimos años mucho con mis espectáculos. En 2006 terminé la Facultad y en el 2007 dejé todo por amor y me vine a este rincón del mundo. Llegar desde fuera, no conocer el idioma, tener que comprender a los porteños y darse cuenta que son tanos que hablan castellano... El tiempo de adaptación duró 6 años. Pero este es un país muy generoso y despacito fui sintiéndome como en casa. Con el tiempo se me abrieron muchas oportunidades gracias a mi idioma y mi licenciatura. Como profesor traduje teatro y un guión al italiano, dicté cursos sobre el cine de mi país en el profesorado J. V. González y desde el 2014 soy profesor de teatro en italiano en la Cristoforo Colombo, una hermosa escuela italiana de Capital. Una experiencia muy placentera y enriquecedora con chicos de séptimo grado que son un amor, los quiero mucho. Eso es una ayuda cuando llegan las cuentas. Pude trabajar en publicidad y también la tele empezó a necesitar de tanos verdaderos. Participé en Farsantes y en Esperanza mía, donde me tocó hacer de un Cardenal italiano. Fue muy divertido. Este año llega una gran oportunidad: un personaje de malo en una nueva tira co-producida por Disney y Pol-Ka.
¿Con qué otras artes te relacionas habitualmente?
Con la fotografía, soy fotógrafo casi con la misma pasión con la que hago teatro. Me dedico a la fotografía de espectáculos principalmente.
¿Qué estás leyendo?
Unos libros de Umberto Galimberti, un filósofo italiano: Los mitos de nuestro tiempo; Vicios capitales y nuevos vicios; Cristianismo, la religión con el cielo vacío. Y también un libro de dramaturgia. Cosas que no tienen relación entre sí, o eso creo.
¿Qué autores recomendás siempre?
Italo Calvino y Dante Alighieri. Pero también Gabriel García Márquez y Borges, que me hicieron descubrir América Latina de dos maneras muy distintas.
¿Qué películas volvés a ver una y otra vez?
No me gusta volver a ver la misma película, es raro. Si me indigestó esa práctica de chico. La que vi más veces es C’era una volta in America de Sergio Leone, una clase magistral de cine.
¿Qué artistas – de cualquier ámbito - te resultan imprescindibles?
Dario Fo es imprescindible para mí.
¿Con quién hablás sobre tu trabajo? ¿Pedís consejo o asesoramiento a alguien de confianza?
Pido consejos a unas pocas personas de confianza todas las veces que puedo. El proceso creativo está plagado de dudas y compartirlas ayuda a disiparlas.
¿Hay algún viaje que marcara un antes y un después en tu trabajo?
Mi primer viaje a la Argentina en 1996. No tenía la menor idea que un día esta ciudad sería mi ciudad. Tenía veintiséis años y vine con la Academia de Arte Dramático en la que acababa de recibirme. El espectáculo de fin de año se presentó en el Teatro Coliseo para la comunidad italiana. Te dejo imaginar. Salir a escena y encontrarse con esa sala llena de gente fue inolvidable. A lo largo de los años volví varias veces y, viste como son estas cosas, volver, volver… Te cruzas con el amor de tu vida y al final te quedas.
¿Cuándo te das cuenta de que tenés un nuevo proyecto entre manos?
Cuando no me lo saco de la cabeza por mucho lo intente. Entonces siento que hay que seguir con el camino que me propone.
¿Sentís que tenés un sistema personal de trabajo?
Imagino que sí. Se fuer armando con los años y por las circunstancias.
¿Qué hay en tu lista de cosas pendientes?
Terminar mis días frente al mar. Cuando me canse de todo esto lo haré.
¿Qué es lo que más te preocupa en tu futuro?
No poder terminar mis días frente al mar.
¿Si no te dedicaras a esto qué estarías haciendo?
Me hubiese encantado ser cocinero. Me gusta cocinar y compartir la mesa con amigos. Me parece el mejor lugar para encontrarse, una mesa, unos amigos y un buen plato de comida recién salido del fuego.

Alacrán o la ceremonia

Cuando el unipersonal construye un mundo nuevo al que se nos invita, nuestra experiencia como público recupera algo del antiguo rito, no nos limitamos a ser espectadores educados sino que nos convertimos en cómplices y testigos de un personaje que nos necesita. 

Alacrán o la ceremonia, del español José Antonio Lucia, apuesta, desde el título, por esa ritualidad. Alacrán, un gitano nómada, enamorado, vividor, entra en escena por la puerta grande, cantándole al dolor pasado y al futuro, presentándose con lo puesto, que no es poco, sobre todo cuando se luce como estampa, cuando se sabe que lo que acierta a mostrarse es apenas un reflejo posible, la punta del iceberg de su historia.

José Antonio Lucia figura como padre de la criatura. El personaje es una creación propia, tanto el texto como la poética afilada con la que lo encarna. Es él quien le da vida, dirigido en Buenos Aires por Román Podolsky, cuya sensibilidad para propuestas de esta índole nos resulta conocida y admirada. 

Alacrán tiene la consistencia de un personaje tan atávico como poético. Se nutre de un imaginario español y oscuro donde se dan la mano Lorca, el esperpento, el maravilloso folclore gitano, el cante y hasta la semana santa. La composición del texto es impecable, abunda en metáforas y expresiones en desuso que se rescatan con desparpajo y organicidad y que acá, además, resuenan con un exotismo que embelesa y seduce a la platea desde el primer instante. Quien escribe siente fascinación por los personajes que, ya desde el texto, iluminan el escenario con una voz personal y poderosa. Un punto de vista único que se traduce en la naturaleza de sus expresiones. Alacrán es un regalo al oído y al entendimiento. Hay en la obra una arqueología de la palabra, pero también de una realidad que se permite rescatar las huellas de un poderoso imaginario español que, por desgracia, el tiempo ha ido borrando y silenciando. La narración nace y se presenta como fábula pero, sobre todo, como ceremonia. Alacrán tiene que volver a contar una y otra vez su historia para entenderla y para que nos entendamos, para hacer presente a los que ya no están y recordar que el amor, alguna vez, fue el comienzo, no solo el fin de todo. 

No llegan muchas obras españolas a Buenos Aires donde puedan disfrutarse tantos elementos: texto, dramaturgia, actuación y dirección. Una puesta en escena mínima, bien porteña, que otorga al intérprete la responsabilidad de conquistarnos.Y lo logra. 



Alacrán o la ceremonia

Idea, texto y dramaturgia:  José Antonio Lucia. 
Actúa: José Antonio Lucia.
Prensa: Marisol Cambre.
Producción: Murática Teatro, Sandra Commisso.
Dirección: Román Podolsky.

Domingos, 21.30 
Timbre 4
Boedo 640