Púlpito o butaca


 

 El 23 de septiembre el Gobierno Nacional habilitó el culto religioso en las iglesias de Buenos Aires autorizando la reunión de hasta veinte personas. Se me ocurre que la estadística es optimista porque quiero creer, ciega y obtusamente, creer desde mi ignorancia y desde mi punto de vista razonable y ateo, que veinte fieles es una multitud difícil de encontrar en una misa. Pero quizá veinte personas son poquísimas y ahora los representantes de dios en la tierra, como actores con éxito fugaz, deban hacer doblete. Los obispados, supongo que felices, recomiendan que así sea los días de mayor aforo. Debería volver a misa para ver qué onda y de paso sacarme el mono de puesta en escena. Disfrutar del espectáculo del alzamiento de hostia, participar del happening de la comunión. Ojo, paarece que el distanciamiento social ha logrado renovar un ritual que admite pocas modificaciones, la última quizá fue aquel malabarismo del padrenuestro a fines de los ochenta cuando pasamos de pedir perdón por nuestras deudas, a pedirlo por nuestras ofensas. Al parecer ahora se comulga en silencio, para ahorrar el aliento del prójimo en el diálogo – "el cuerpo de Cristo / Amén" -. Ya no se ofrece la mano al dar la paz. ¿Se animarán a chocar los codos o alcanzará con poner cara de circunstancias al decir, "la paz sea contigo"? Tampoco el cestito de la limosna sablea en medio del rito, sino en la puerta, donde supongo que, como en nuestras funciones a la gorra, habrá un responsable para recordar que el cielo es eterno, pero la vida hay que pagarla. 

Se mire por donde se mire el culto religioso es un acontecimiento escénico. Nada revelador, por supuesto. ¿Por qué será que la evidencia, sin embargo, no corre en ambos sentidos? ¿Por qué mi fe en la catarsis teatral no encuentra asidero en la cada vez más dubitativa legalidad que nos rodea? Así como nosotros podemos alabar la pulcritud de la perfo religiosa y asumir que los presentes, autoconvocados por horario de celebración, son responsables de sus palabras, obras y omisiones, responsables de sus actos durante el tiempo que dure el intercambio, por qué nosotros, fieles, devotos, practicantes de las artes escénicas en todos sus formatos, no conseguimos alcanzar el mismo grado de credibilidad ante las autoridades para generar contextos propicios donde nuestra actividad pueda salir de este coma inducido en el que se mantiene.

Las noticias del Extranjero, ese país donde todo se hace de otra forma, siguen siendo desconcertantes pero en muchos lugares el teatro ya regresó. Con los protocolos y medidas que se consideran necesarios, asumiendo que tanto los trabajadores como el público pueden y deben sentirse cuidados. Bajo el hashtag #LaCulturaEsSegura muchas movilizaciones reivindican la imperiosa necesidad de encontrar formas para que el arte sea posible en este contexto indeseable. No obstante, si algo quedó claro este año es que nada es seguro. Los gobiernos no dejan de improvisar a nuestra costa con la pretendida esencialidad de nuestras actividades. Los trabajadores de la cultura no nos cansamos de argumentar su valía, pero necesitamos el apoyo radical de las instituciones para implementar nuevas y urgentes estrategias que incluyan arte y cultura entre las atenciones sanitarias, es decir, que reconozcan su enorme beneficio. El arte es imprescindible para sobrevivir en este mundo roto. El teatro es una de las formas que la humanidad encontró para dolerse menos. En cuerpo y, por qué no, en alma. Si los fieles acuden a refugiarse en sus templos en busca de consuelo ante la incertidumbre, por qué nosotros no podemos hacer exactamente lo mismo y con tanta más razón, puesto que público y artistas crean su obra al creer juntos en la redención que la ficción concede. En el teatro todos creamos, somos tan demiurgos como cualquier señor de los altares. 

Sea.