Una semana / Otra vida






“Falta media hora para que llegue el taxi que me lleva al aeropuerto. Estoy nerviosa, pero más que nada por la gente, claro, por los reencuentros. El temita este del virus, no sé... Si se va de madre no me dejarán regresar o al volver tendré que estar en cuarentena. Regreso con anticipación sobre el plan original porque lo de Italia se canceló, así que lo imprevisto se acomodará. Voy a disfrutar dos semanas con gente querida, espero mantener la buena predisposición que tengo desde enero y ser capaz de pasarla bien.”

Esas fueron mis últimas palabras. Ahí están, en uno de esos audios que me mando a mí misma para no volverme loca o recordarme cosas. Mis últimas palabras en esa vida. Otra. Una que estaba ahí hace una semana y que ahora no está más. Soy una de tantos sin vuelta de esquina en este momento. La frágil estructura de mi subsistencia está en veremos.

Hace una semana aterrizaba en Madrid y tomaba un tren a Oviedo. Fui a encontrarme con tres personas amadas. No una, ni dos. Tres. Hace una semana esos encuentros significaban lo bueno y prodigioso. Ahora, hasta nuevo aviso, mi viaje se convirtió en una de esas situaciones donde todo se hace por última vez. Nadie sabe cuándo volverá a tomar un vuelo con tranquilidad y todo indica que la diplomacia internacional sufrirá una transformación seria. ¿Deberemos obtener un certificado de salud antes de comprar un pasaje aéreo? Quién sabe.

Los acontecimientos en relación al coronavirus no dejan de precipitarse. Mi estadía de quince días en España se redujo a una semana ante las medidas drásticas que se implementaron. Pude volver el lunes a Buenos Aires como residente. El domingo, en Barcelona, ante una rueda de prensa donde comparecieron los ministros de salud y transporte y la ministra de seguridad, durante unos minutos pensé que declararían estado de sitio- ya regía el de alarma – y no podría salir de Cataluña, donde una vez más el gobierno autonómico reivindicaba su independencia y quería tomar directrices sobre el transporte ajenas a las medidas del gobierno central.

En Barcelona dejé a M, argentino instalado hace apenas un mes en esa latitud. Observa este delirio con la distancia de quien creció en constante crisis y sabe no esperar nada. También a S, que me acompañó al cercanías que me llevaría al aeropuerto, temerosa de un madrugón de los independentistas que impidieran el paso. No llegué a ver a Y y A porque salir a la calle implicaba un confuso llamado de atención de las autoridades o una posible multa. Tampoco llegué a Madrid. El cierre de los bares por decreto fue la señal definitiva de que convenía evitar la capital del reino. Nada garantiza que la ciudad no quede aislada. Escribo esa frase y me doy cuenta de lo rápido que asimilamos lo imposible.

En estos días V obtuvo su segunda baja médica del mes por teléfono. Su diagnóstico de esclerosis le impide acercarse a cualquier centro de salud. E logró que sus padres se queden en casa solo cuando en el pueblo cerraron el bar y la iglesia. Allá y acá, muchos tendrán que ir a trabajar sin alternativa porque el “teletrabajo” es el lujo de una minoría. Ni hablar de quienes subsisten por fuera del sistema día a día. La vida, esa misma que la semana pasada no era gran cosa y nos tenía preocupadísimos e infelices, ahora está en suspenso, se diluye, y descubrimos una vez más que cuando estábamos mal, estábamos mejor. Entre el desconcierto y el pasmo, lo mejor, por supuesto, son los memes, videos y noticias que acentúan la sensación de estar en una película apocalíptica con pésimos guionistas. Alguien en Murcia sacó la basura disfrazado de dinosaurio y el video se viralizó mucho más rápido de lo que se repartirá la vacuna que los optimistas esperan.

Recorrí tres aeropuertos con sus franquicias de consumo cerradas. En los altavoces se recuerda mantener un metro de distancia. La gente vuelca su atención sobre sus teléfonos ocultando el rostro tras barbijos improvisados y se lava las manos con la actitud de quien encara una neurocirugía. Como amante del cine apocalíptico sé que apenas estamos en la primera fase de una serie de acontecimientos que pronto nadie se molestará en explicar. Por otro lado, ¿quiénes son nuestros criterios de autoridad en este momento? ¿En qué voz confiar ante una situación para la que nadie tiene manual? ¿Acaso las últimas décadas no son una constatación de que estamos en manos de nadie o, peor aún, de cualquiera?

El vuelo de Aerolíneas Argentinas de regreso a Buenos Aires estaba repleto. El personal fue amable. Aclararon que era un vuelo extraordinario, que tomarían medidas de precaución en el servicio y que firmaríamos una declaración jurada donde reconocíamos tener o no algún síntoma de los relacionados con la gripe. El documento también pedía nuestro itinerario de los últimos quince días y una persona de contacto. Como siempre que me encuentro en esa instancia, nunca sé a quién citar. Después de pensar rato largo dejé los datos de un productor de teatro amigo. Fue la única persona asociada a la internacionalidad del conflicto que supuse sabría por dónde empezar a hacer algo llegado el caso. 

¿El caso de qué?
Exacto.

El vuelo transcurrió con normalidad y el aterrizaje se aplaudió con entusiasmo. Se nombró en voz alta a las personas que alegaron manifestar síntomas y fueron los primeros en bajar. A mi lado una señora, incrédula, comentó que seguro habían puesto que se sentían mal para salir antes. Argentina. Nada como el hogar. Antes del control de pasaportes avanzamos entre efectivos de seguridad y salud en estado de agotamiento absoluto y un supuesto sensor de temperatura capaz de detectar a alguien con fiebre.

El taxista tenía la radio a todo volumen pese a ser de madrugada. Las noticias eran una extensión de las europeas. Suspensión gradual de todas las actividades. La reacción de la población, como en Europa, no termina de ser la deseada. Como sucedió en Italia o España, muchos se lanzaron a la ruta para vacacionar durante la cuarentena. Hay quien se indigna ante la irresponsabilidad que eso implica. Olvidan que la gente somos gente. Educados en la fantasía de una libertad individual donde somos dueños del tiempo que nuestro dinero compra, ¿cómo lograr que nos preocupe un lejano prójimo de un día para otro?

Hace una semana tomé un vuelo a España sin dar crédito a la posibilidad de que el mundo pudiera cambiar de la noche a la mañana. Vivimos suficientes crisis como para saber que la humanidad como plaga, sobrevive. Podrán diezmarnos porque al capital le conviene un recorte poblacional, qué duda cabe, pero vendrán otros y serán y serán. Europa, ese gran geriátrico, deja de ser un buen continente para envejecer. No es difícil imaginar la sonrisa del sistema de pensiones en estos momentos. No obstante, no enfrentamos el apocalipsis deseado sino una revelación (más) de nuestra enorme fragilidad y de la inoperancia que rige el mundo. Se le piden soluciones, medidas extraordinarias, respuestas, a los dirigentes políticos. Me pregunto en qué momento de su oscura formación alguien concibe que les proporcionan un instructivo en caso de pandemia. En mi absoluta ignorancia fantaseo con la lógica de un protocolo mundial orquestado por la OMS de cumplimiento obligatorio. En lugar de eso, en honor de su infinita (in)dependencia, cada país instrumenta lo que puede. Pueden poco. Y mal. Algo huele a podrido en todas partes. 

Durante unos minutos consideré la posibilidad de quedarme en España por tiempo indeterminado, pero mi hábitat es porteño. Regresé ante el temor de no poder hacerlo cuando quisiera. Llegué en la madrugada del martes al departamento que alquilo y lo primero que pensé es hasta cuándo podré hacerlo. Cuánto tiempo sostendremos este limbo desestructurado quienes a duras penas sobrevivimos con una economía precarizada, autoexplotándonos y sin ningún tipo de seguro. Los whatsapps de amigos ofreciendo ayuda en lo que fuere, me tranquilizaron un poco. No falta buena voluntad ni cariño. Soy afortunada. Las noticias sobre el desastre económico y lo que implica la suspensión de las actividades culturales para quienes nos dedicamos al incierto rubro artístico comienzan a circular, pero su visibilidad en medio del caos es nula. ¿Qué Estado puede contemplar una hipótesis que ampare tanta novedad insólita? Ningún gobierno anunció medidas extraordinarias para la gente en situación de calle. Imposible contemplar como población de riesgo a todos aquellos que, de por sí, conviven cotidianamente con síntomas mucho peores que los anunciados en relación al virus. Quedarnos quince días en casa pensando en la muerte como salida de emergencia, también es un privilegio. 

Agradezco una vez más no tener hijos, no tener que explicarle a una criatura qué sucede en estos días ni qué haremos después.

Escribo esto en mi segundo día de cuarentena.
Estoy bien. No tengo síntomas.

To be continued?