La canción del año







Sentada en marzo sigo preguntándome de qué color tiene los ojos este año. Está ahí, duerme y se agita con pesadillas heredadas. Lo observo pero no me animo a tomarlo en brazos. Ya  encontrarán valor para ponerle un nombre. No puede haber año sin alguna alegría que raspar. Este también dará sus frutos, dejará caer causas, consecuencias. Nos dejará imprevistos en la puerta y hasta inquietudes nuevas en la noche. Pero le desconfío. Contemplo sus manitos apretadas y veo una amenaza. Escucho su tic tac almibarado aún y recuerdo a los muertos que trajo su llegada. No es inocente el año, pobrecito. No nacen años buenos. No es su culpa, me digo. La fuerza bruta de la costumbre, la humanidad y su barbarie dominical matizan demasiado. Qué puede hacer un año contra tanto. Es tan ridícula la esperanza volcada sobre esta criatura. Ni siquiera trajo su pan bajo el brazo. Tendrá hambre como todos y se echará a llorar. De nuevo sacrificaremos ideales, postergaremos sueños y le entregaremos la sangre de los unos y otras, sólo para que calle, siga y pase.

Es difícil saberlo, pero diría que será un año lento, un poco torpe. Va a tardar en andar y hablará alguna lengua ya olvidada. No le será sencillo mantenernos en pie. Por eso la soberbia se le huele. La marca de la frente no se le irá del todo. Su risa será extraña. Si se le ocurre amar, será un malentendido. Va a sentirse maldito y especial. Se pensará importante sin darse nunca cuenta de que atrasa, de que es un año viejo, repetido, encarna lo peor de algunos ya pasados y es también un suspiro del final de los tiempos. No nace un año bueno, pobrecito.

Es domingo y temprano. Marzo recién comienza. Me pregunto si cantarle serviría y qué nana inventar. Debe ser dulce pero cierta. Quizá meterle miedo entre los huesos no sea mala idea. La canción puede hablar de la sombra, del terror del jinete que deja atrás un pueblo abandonado. La canción puede servir, puede explicar lo que nunca me atreveré a decir.

El año duerme. Aún respira profundo. No subo la persiana. Abandono la pieza para buscar el nuevo tarareo. En la puerta sus padres, jovencísimos, tomados de la mano, me sonríen. No van a preguntar lo que ya saben. Él preparó café. Lo sirve en el jardín. Nadie quiere hacer ruido.



m.trigo