Pequeño acto de fe

A todos los actores con los que estoy trabajando justo ahora. 
Gracias. 


"En principio fue el verbo." "Hágase la luz." 

Dos frases perfectas, sencillas y contundentes. Dos frases que resulta imposible no amar porque de ahí venimos y ahí vamos con nuestro (in)consciente cultural. El colectivo y el otro, el más íntimo, el que educamos y malcriamos inevitablemente. El año creativo y creador recién comienza y, sin embargo, muchos ya andamos con el ánimo rengo porque las cosas, las infinitas cosas que amordazan el tan pardo contexto, se amontonan en contra de nuestras expectativas. Mirá que somos civilizados y pacientes, mirá que aprendimos a acomodar nuestros sueños para sintonizarlos con la realidad inverosímil, mirá que estamos avisados de que "con un poco de tiempo, todo puede ir a peor". 

No obstante. 

La vida es un producto de diseño destinado a consumirnos. Lo mucho o poco que hacemos debe adecuarse a unas coordenadas que rara vez tienen que ver con lo que necesitamos para sentirnos... ¿Cuál sería la palabra? Ni bien, ni felices, ni realizados. No. Ninguna de esas palabritas de autoayuda alcanza. ¿Sentirnos vivos, sería? Seguramente tampoco. La vida parece demasiado un accidente. Estamos vivos por quién sabe que azares, sobrevivimos de casualidad y el destino, esa cruz griega que brilla en las tragedias, cada vez parece más y más indómito, impredecible, truculento. No hay donde esconderse. ¿Pero no hay nada que hacer? 

Hemos estado ya en este mirador desolado tantas veces, nos animan a saltar al vacío tan a menudo, que resulta imposible no cuestionarse nuestro puñado de certezas. Esas malas hierbas que crecen como la loca esperanza, sí. 

Certezas humildemente compartidas bajo lluvia en este día:

* Creo en la ficción. En todo lo humano que redime. 
* Creo en el consuelo de todas las formas del arte y en el valor de quienes logran practicarlo porque saben que no pueden hacer otra cosa.
* Creo en la necesidad vital de una poética que traduzca este infierno. 
* Creo en los deberes y la responsabilidad que implica asumirse como artífice, pieza, parte, de cualquier ingenio que amortigüe la caída. 
* Creo en la búsqueda. Y en la necesidad. En el hambre infinito que nada entiende de límites, plazos, números o prisas. 
* Creo en la voluntad de quienes se reúnen para levantar un castillo de imposibles en medio de todos los desiertos. 
* Creo en el teatro. En su infinita capacidad para darnos sentido. 

Elijo este puñado de certezas, pero quiero irme, sí. Varias veces al día quiero irme y dedicarme a cualquier otra cosa que duela menos. Cualquier otra cosa donde no deba trabajar revolviendo lo que  amo y lo que odio como si fuera fácil o bonito. El problema es que no hay de donde ir, no hay donde esconderse de una misma. 

Si el destino es un tópico tan vulgar como el amor, la vocación, por supuesto, apenas es subtema, tontería mayúscula que desmerece todo miramiento. Las acotaciones del sistema así lo explican. 

Sin embargo. 

Siempre fue mal tiempo para la lírica. 
Siempre estuvimos fuera del afuera. 
La realidad es una madrastra que nunca nos quiso. Nos persigue  para mostrarnos la fortuna de los otros. Esos extranjeros que nunca seremos, esos que saben cómo decidir, cómo ser útiles, hermosos y valientes sin enloquecer ni despeinarse. 

El año recién comienza. No vendrán tiempos mejores y nuestro coraje quizá no alcance, pero no nos prendamos fuego todavía. Lloremos si es preciso. Volvamos a llorar para olvidar. Pero no nos odiemos como si fuéramos nosotros los culpables de cuanto no sucede. 

Nada sirve para todo, pero lo que  elegimos hacer, lo que sabemos hacer, lo que logramos pese a todo y tanto, tiene un valor. Uno que el mercado desconoce. Esto tiene todo que ver con sobrevivir y nada, pero nada, con entretener la miseria ajena. Eso creo. 




m.trigo