Olvidar






Olvidar
el recuento, balance, 
organigrama clásico 
donde se distribuye 
el porcentaje
de (in)felicidad, 
e (in)transigencia
a, en, con todo 
para sobrevivirnos
como si nunca antes,
como si así, si hoy, 
la sensatez lograra
definirnos,
apuntalar la esencia
de las cosas, 
la vida,
lo que quiera que sea
mientras duran la culpa,
los anuncios, la lluvia. 

Olvidarnos de lo mucho
y lo poco
conseguido,
considerar quizá
lo abandonado
en medio del camino
porque es largo el viaje
y pesa la valija
como cuerpo prestado
tantas veces.

Olvidarnos también 
del vicio de esperar
como si dependiera
de algún otro
el final prometido,
la señal de comienzo,
el disparo o el brindis
que anuncia
o nos advierte
del instante preciso
en el que todo cambia. 

Apretar el gatillo,
descorchar sin escándalo,
asumir que la mano
siempre es propia. 

Olvidarnos la cuenta,
la promesa,
cada herida
sin beso extraviado. 

No revolver de más,
dejarse estar
en paz
o prender fuego,
sin joder ni jugar
con la paciencia
ajena
siempre prójima. 

Incinerar el año,
sus adentros,
hallazgos
y deslices
como causalidades
donde el tiempo
se hierve
a fuego lento
porque el amor,
qué infierno,
es esto mismo. 



m.trigo