Ad eternum

El raro privilegio de dedicarse al arte. De estar siempre pensando qué se hace para desaprenderse, olvidar certezas, cuestionar las fugaces nociones que nos anclan a quién sabe qué escenario, vidriera, galería... Donde sea que sea que nos muestren y miren. Donde sea que simulen querernos, entender de algún modo ese dolor o exceso, esa herida que el tiempo hizo bisagra, el chirrido constante, ingrediente secreto pese al grito y los focos. 

Justo ahí nos paramos. 
Equilibristas de la náusea. 
Pirómanos de todo cuanto fuimos y somos. 

El paso de los años proporciona herramientas pero no soluciones. El martillo de hoy no servirá para el clavo de mañana. No hay dos obras iguales. No hay inercia. Solo un runrún de fondo, una estática en el aire que nos ronda y una fuerza. Jamás de gravedad. La fuerza es interior. Y bruta. Despiadada. Empuja y putea contra todo sin entender de horarios, justificaciones, enfermedad, familia o alquileres. La fuerza es lo que dice que se sigue adelante. Es lo que hay, lo que rige y desordena.

Su origen y nutriente será siempre un misterio. No hay dos definiciones iguales del prodigio. Quien la tuvo alguno vez quizá ocupe su vida en volver a encontrarla. Quien la mantuvo habita en un infierno tan propio como merecido. Quien la desconoce, no entenderá estas líneas. 

En algún momento del camino, dicen, dejaremos de buscar respuestas y trataremos de mejorar nuestras preguntas, trabajaremos para que nuestros interrogantes crezcan. Dejaremos de dar explicaciones y buscarlas. Estaremos tan felizmente ocupados en la tarea elegida que todo y todos serán innecesarios. Hasta que, una vez más, nuestra obra esté terminada y el ritual de compartirla para retomar la dosis mínima de sentido sea imprescindible. 

Ad eternum.