#teleoenFB

Ayer celebramos en Boedo un aquelarre cuya cascarita lo disfraza como evento de lectura. Y sí, pero no. No sólo. "Te leo en FB" se inspiró en el profundo deseo de encontrarnos cara a cara con algunas de las voces cotidianas de nuestro muro. Siete en este caso: Giselle Aronson, Salvador Biedma, Carolina Giollo, Cristian Godoy, Helga Fernández, Valeria Iglesias y Leticia Martín. La convocatoria, si así podemos denominar un inbox privado, no atendió a su quehacer literario, sin embargo, no es menor que los siete elegidos, en principio por algoritmo, y después por compatibilidad de humor, ritmo y poéticas, sobre este juego extraño que llamamos vida, resulten ser escritores. 

Hemos visto suficientes películas futuristas para saber que la máquina, el invento, el robotito, son lo que el hombre hace con ella. FB se vende como "red social". Atrapa, es cierto. Lo "social" requiere múltiples matices. Cada muro es un mundo. Están los que empapelan con fotos de gatos, citas falsas, paisajes y oraciones a los santos. Los que maldicen, naufragan y no entienden pero hacen ruido. Para todos hay lugar y contra todos remedio: santo bloqueo. 

Finalmente nos quedamos con quienes nos "acompañan". Si de algo sirvió encontrarse cuerpo a cuerpo, fue para constatar que la lectura de los otros existe. No somos (sólo) robots. No regalamos megusta a cualquier cosa. En el infernal zapping de cada día, sabemos quién obliga a deternerse, quién nos hace reír, quién tiene la posta sobre la última desgracia política, quién cita buenos autores, etc. 

Hay una primera instancia del escaparate donde solo vemos lo que podemos: a los conocidos. Amigos o no de la (puta) vida otra. Ese resulta ser el lugar más detestable y angustioso del invento. Constatamos ahí nuestra existencia vacía. Todos son mejores, felices, exitosos y fotogénicos. Y a esos, encima, nos da pudor bloquearlos porque son "de verdad". Pero alcanza con pasar al modo "dejar de seguir a X pero seguir siendo amigos" para que el muro se descomprima. Entonces aparecen los demás, los otros otros. Perfiles con los que establecemos conversaciones fluidas y fugaces, con los que se intercambia material, consejos, bibliografía y eterno etc. Encontrarse en persona rara vez es el objetivo. 

Quizá por eso el evento de ayer tuvo su gracia. Jugamos a violentar nuestras virtualidades y cedimos a la posibilidad de defraudarnos en persona. Tanta intimidad expuesta en esos muros, es imposible de asimilar en un golpe de vista. Los cuerpos creen reconocerse pero no saben abrazarse y las voces aportan un rasgo de personalidad novísimo. 

La lectura imitó el scrolling y eso no sólo dinamizó la presentación de los participantes, nos mantuvo enganchados durante hora y media a cada anécdota que se improvisaba para introducir o aclarar algo sobre el material elegido. Se leyeron posteos. Era la excusa de la cita. Darle valor a todo ese pensamiento, aparentemente efímero y descuidado, que le regalamos a la red. Rescatar del olvido anécdotas cotidianas que, si llegaron al muro, es porque algún peso tuvieron. Quizá lo más curioso de escuchar fue reconocerlos, es decir, recordar algunos de esos posteos. Entender que mi memoria les reserva un espacio. 

Lectores y asistentes, porque aunque cueste creerlo hubo público oyente, resignificamos el uso y abuso del FB en nuestra vida. Si llegamos a esta instancia es porque, claramente, constituye una herramienta con la que hacemos mucho más que pasar el rato. Sin duda es una vía de escape, sin duda es una pausa eterna, sin duda nos distrae y nos impide realizar otras cientos de miles de cosas. Sin duda. Pero también logra todo eso bueno que solo en la intimidad identificamos. Afirmaba ayer Carolina Giollo, "al facebook le debo más de lo que piensa", y así, con esa certeza iluminada que arrancó carcajadas, podría resumirse la experiencia de una práctica donde los otros siempre están presentes. Donde somos, más que nunca, literales, un runrún de voces que teje nuestra pequeña historia. 

Nos inventamos, sí, redactamos lo mejor que sabemos desde nuestro selectivo y prejuicioso punto de vista, un rosario infinito de auroras boreales que sólo a nosotros nos embelesa. Hasta que llega el megusta de otro. De un perfecto extraño. O el megusta importante, el que sale del dedo de alguien cuyos posteos sigues y compartes. Ahí, en esa cosquilla late la diferencia, la sutileza alquímica que bendice al algoritmo que nos reúne. 

En tiempos tan desconcertantes como estos donde parece imposible sentirse más solo y fuera del sistema, es importante observar qué seguimos haciendo, cómo nos afecta la ingeniería compacta e insidiosa de un mundo donde nada se reproduce sin filtro, donde todo nace censurado y maquillado. Facebook no es más que una red social, es cierto. Pero si mientras la usamos decidimos habitarla y no solo transitarla por inercia, puede ser otras muchas, muchísimas cosas. Consideremos que el libre albedrío otorgado obtuvo una importante bonificación con el invento. 




m.trigo