Jornadas de Estudios sobre Teatro Independiente

En estos días se están celebrando unas Jornadas de Estudios sobre Teatro Independiente en el Instituto de las Artes del Espectáculo y en el Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini. Son jornadas dedicadas a la exposición de investigaciones específicas donde la definición de "teatro independiente" funciona como eje en las charlas con los creadores invitados. El cruce entre investigadores y teatristas no abunda. Pareciera que habitamos regiones diferentes de un mismo planeta, sin embargo, alcanza con escuchar la pasión con la que los investigadores defienden sus objetos de estudio, las infinitas hazañas que realizan en la búsqueda de datos pertinentes o los modos en los que elaboran sus propias herramientas de análisis, para entender que todos convivimos en el mismo campo minado. 

Señalaba ayer Ricardo Halac, con la sabiduría de los años, el valor de la anécdota como aprendizaje. En efecto, como en cualquier ámbito de lo inefable, a menudo en la anécdota se encuentra un perfecto resumen de la experiencia vital compartida más allá del paso del tiempo y los diferentes contextos socioculturales. Las anécdotas de oficio, en su infinita humanidad, demuestran que hoy y ayer, las inquietudes, dudas, beneficios y excelencias fueron y son prácticamente idénticas. Lo interesante de estos encuentros está siempre en los interrogantes que se articulan. No se persigue arrinconar verdades unívocas y el enfoque cambia a medida que cada invitado comparte su experiencia. 

Afirmaba Halac que el teatro da más de lo que pide y nos permite significar la existencia. Es una suerte de "iglesia laica" donde encontramos sentido a la vida. Solo así se entiende la enorme cantidad de voluntad, energía y amor que se deposita en una empresa donde el rédito económico es (casi siempre) inexistente y donde todo parece ir a contramano. Su mística se nutre de factores casi absurdos: su insalvable arcaísmo - exige nuestra presencia física, ya sea como creadores o público - y su quehacer al margen de la economía de mercado. Un quehacer que se autogestiona y mantiene gracias al empeño, en ocasiones literal, de sus hacedores. 

¿Qué tiene de fascinante un arte donde la práctica apenas cambió desde los albores de la humanidad y que se sabe pasaje de ida hacia la ruina? ¿Por qué seguimos haciendo teatro? ¿Por qué el público acude a las salas? ¿Quién es ese público? ¿Cuál es su imaginario sobre el teatro porteño? ¿Con qué y quiénes nos comparan? ¿Hacemos teatro sólo para "los nuestros"? ¿Y, de ser así, está "mal"?

Hoy son muchos, casi todos, los actores que trabajan en varias obras a la vez, obras cuya esperanza de vida ronda los cuatro meses, ¿a qué responde? Sabemos que participar en varias producciones no equivale a un sueldo ni por asomo, ¿tendrá entonces que ver con la imperiosa necesidad de sentirnos vivos, de sentirnos "más vivos" aún? ¿Es la forma de seguir adquiriendo experiencia como única ganancia a nuestro alcance? ¿El vínculo humano imprescindible y urgente que nos integra dentro de un grupo de trabajo es lo que lleva a tantos a mantener un espacio propio, a abrir una sala? 

Alejandro Samek recordaba un tiempo en el que los trabajadores salían de su segundo empleo a las seis de la tarde y se juntaban después a hacer teatro. Hoy los teatristas persiguen que su trabajo alimenticio esté relacionado con lo que aman hacer. Nos encontramos con paradójicas situaciones donde no existe tiempo físico real para ensayar o, directamente, para estrenar. Los actores colapsan sus agendas. Y también las salas que, de a poco, han ido integrando nuevos horarios de función - mañanas, mediodías, tardecitas - que hace nada hubiéramos considerado inviables. La vorágine del hacer nos tiene tomados de la mano. Y de la nuca. 

Es una suerte contar con profesionales que quieran compartir su historia, hablar sobre cómo empezaron y que, además, siguen barruntando sobre el ahora, sobre qué hay de bueno, de malo, de peor y de incomparable. Son charlas infinitas y nunca concluyentes. Los afortunados tienen un puñado de certezas y algunos revelan profundas inquietudes compartiendo ideas geniales. Matías Feldman, por ejemplo, exponía su enorme, singular y generoso horizonte de expectativas al hacernos pensar en la importancia de construir una "dramaturgia de tres pisos". Venía a cuento de la precariedad de recursos de producción y de cómo, tantísimas veces, parece que nos convertimos en el valor de lo pequeño. "Miren, qué lindo, dura nada". También consideró la necesidad de un profundo replanteamiento sobre la organización del gremio. Invertir nuestros titánicos esfuerzos en elaborar una ley de teatro estatal donde recuperemos lo que siempre debió ser nuestro, esos teatros que se desmoronan hace décadas en manos de un Estado desinteresado e ignorante. Un teatro público a cuyos cargos se acceda por concurso, un posible marco universitario, directores elegidos por votación, una red nacional de intercambio que facilitara el trabajo en todas las provincias... Escucharlo en nuestro actual contexto resultó doloroso pero, más allá de la coyuntura política (inter)nacional, es destacable una visión que nos posiciona con derechos y deberes sobre el actual estado de las cosas. ¿Por qué estamos tan alejados de lo que nos pertenece por derecho? Cuando el gobierno presume de Buenos Aires como ciudad de la cultura sabemos que se sirven de nuestro trabajo para esgrimir ese argumento. Si ese argumento existe no es gracias a ellos, sino todo lo contrario. No debemos olvidarlo. "Todo lo que el Estado toca, lo paraliza", recordaba Alejandro Samek que decía Alejandra Boero. 

Feldman también subrayó la importancia de observar lo rápido que nuestra realidad se transforma y el papel fundamental que desempeña el mundo virtual en todo eso. Necesitamos ser conscientes de esas modificaciones pero no para establecer comparaciones quejosas con supuestos pasados idílicos o mejores, sino para integrarlas en nuestros modos de trabajo y ser capaces de gestionar otros procesos de creación, intercambio y muestra. Si el sistema satura es porque, una y otra vez, caemos en la repetición de "fórmulas" que aparecen como respuestas inmediatas y orgánicas a lo que nos rodea, pero eso no quiere decir que esa sea la única o la mejor de las maneras de hacer las cosas. Si nos atreviéramos a darle cabida a nuestros deseos, inquietudes y necesidades cruciales más a menudo, a buen seguro encontraríamos otras formas de posicionarnos en el ecosistema teatral. 

El teatro sigue necesitando de la vinculación más íntima, de la presencia de los cuerpos y la entrega del otro. Demanda incondicionalidad y maneja modelos de producción asistemáticos. Por eso sigue siendo subversivo y es un espacio de resistencia. Cada quién sabrá contra qué y/o quiénes resiste. Quizá ya no discutimos con el poder ni nos peleamos entre nosotros por diferencias conceptuales porque hemos crecido con el diálogo como herramienta y tenemos muchas formas de hacernos visibles, sin embargo, seguimos peleando el imposible, reivindicando un quehacer poético cuya principal funcionalidad pareciera ser interrogarnos sobre nuestra propia vida y acompañarnos ante la ausencia de respuestas definitivas. 




m.trigo



Las Jornadas sobre Teatro Independiente están organizadas por el Área de Investigaciones en Teatro y Artes Escénicas, el Área de Investigaciones en Teatro para Niños y Teatro de Títeres, el  Área de Investigaciones en Artes del Espectáculo y Judeidad - Subárea Teatro Independiente.