Kartun y Szuchmacher, sobre el teatro oficial porteño

"En principio, el fenómeno numérico del teatro en Buenos Aires es una especie de fenómeno ecológico, telúrico, nunca se había vivido una efervescencia y cantidad desmesurada, en términos literales, fuera de toda medida. Pienso que son como los fenómenos que atacan el clima: lo que está pasando con el teatro en Buenos Aires es El Niño, con todas las virtudes que eso trae: "Hay mucha lluvia y como hay mucha lluvia crece mucho". Sí, pero también vienen las inundaciones, te embarran y te hacen mierda todo. Estamos en una especie de estado de paradoja. La gran producción tiene un valor simbólico, entenderla como tal, respetarla y disfrutarla. Pero efectivamente hay una creatividad por debajo de la que deberían establecer las proporciones: si es tan grande la producción, debería haber una enorme calidad también, pero no hay producciones originales sino una especie de estancamiento. No obstante, me resulta muy alentador el hecho de pensar en la cantidad de creadores sub-40 e incluso sub-30 que se están sumando a escribir, dirigir. Ni la dirección ni la dramaturgia parecían ser campos tentadores, y hoy lo son. Esto de alguna manera pone en salvaguarda el futuro del teatro, al menos el porteño. Los teatros oficiales no están aceptando el desafío. Tienen grandes espacios que requieren poéticas singulares, la poética singular del gran espacio, de las grandes salas, y no están haciendo un trabajo de investigación ni de transmisión de conocimiento sobre la puesta en grandes salas. La sensación es que empieza a ponerse en riesgo la posibilidad de que las nuevas generaciones encaren con solvencia y creatividad el manejo de esos espacios. Creo que lo que se debería hacer en las salas oficiales, además, es pensar en la transmisión del conocimiento de ciertos directores. (...)
No han entendido que la cultura es un servicio, al igual que la salud y la educación. Lo han pensado en términos de adorno, de cumplir alguna función calmante para que la comunidad teatral tenga una fuente de ingreso mayor, pero no se ha entendido el fenómeno del acceso social a través de la cultura, que es lo que debe cumplir un teatro oficial. Es hacer lo que no pueden hacer otros, porque hay que poner cierta cantidad de guita, porque hay que juntar demasiados actores, porque hay que elegir títulos que no son necesariamente comerciales, porque hay que correr riesgos estéticos. (...)
Desde hace años apareció una especie de tendencia en el teatro que se fue volviendo una peste: el teatro de la no acción. Cierta valorización de un teatro que se alejaba del peligro de lo sobreenfático, porque se lo consideraba anacrónico, pero que lentamente empezó a caer en el otro extremo, subenfático. Sin énfasis, sin energía. Empezó a haber una sobrevalorización deportiva de quién es capaz de hacer el espectáculo menos enfático y que esté bueno. Eso arma una especie de manta poética que está cubriendo buena parte del teatro de las nuevas generaciones. No le tengo tanto miedo a la repetición cuando la repetición es in crescendo. Me parece que el problema es la monotonía. De todos modos creo en la salida por agobio, hay un momento en que la propia repetición vuelve las cosas angustiantes, y alguien hace estallar el modelo y aparece una cosa nueva".

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