"Un argumento sobre la belleza", Sontag.

"La mejor teoría de la belleza es su historia. Pensar en la historia de la belleza significa concentrarse en su despliegue en manos de comunidades específicas.
Las comunidades que han sido llevadas por sus líderes a refrenar todo aquello que perciben como mareas nocivas de perspectivas innovadoras, no tienen interés en modificar la valla que ofrece la noción de belleza como alabanza irreprochable y como consuelo. 

(...) Igualmente ineludible parece ser el hecho de que, cuando las más prestigiosas comunidades artísticas se involucraron, hace ya casi un siglo, en proyectos extremos de innovación, entre aquellas nociones que debían desacreditarse estaba, en primera fila, la belleza. A los hacedores y proclamadores de lo nuevo, la belleza no podía sino parecerles un patrón de medida conservador. Gertrude Stein decía que llamar “bella” a una obra de arte significaba que estaba muerta. “Bello” ha llegado a significar “sólo bello”: no hay elogio más común ni más soso.

En otras partes la belleza todavía reina, irreprimible (¿y cómo no?). Cuando Oscar Wilde, notable amante de la belleza, anunció en The Decay of Lying, “Nadie que tenga una pizca de verdadera cultura habla nunca de la belleza de una puesta de sol: las puestas de sol ya pasaron de moda”, las puestas de sol se tambalearon con el golpe, y se recuperaron después; les beaux arts, emplazadas por el mismo llamado para ponerse al día, no. La eliminación de la noción de belleza como criterio para juzgar el arte no necesariamente es indicio de que la autoridad de la belleza ha disminuido. Es más bien un testimonio del descrédito en que ha caído la idea de que existe algo llamado arte.

Aun cuando la belleza era un criterio de valor incuestionable en las artes, se la definía sesgadamente por medio de la evocación de alguna otra cualidad considerada la esencia o lo sine qua non de algo bello. Una definición de lo bello no era, así, más que (o menos que) un elogio de lo bello. Cuando Lessing, por ejemplo, comparaba la belleza con la armonía, estaba ofreciendo otra idea general de lo que es excelente o deseable.

A falta de una definición en sentido estricto, se suponía que había una capacidad o un medio para registrar la belleza (es decir, el valor) en el arte, llamado “gusto”, y un canon de obras escogido por gente de “buen gusto”, buscadores de gratificaciones sutiles, conocedores adeptos. Ya que en el arte, a diferencia de la vida, no se consideraba que la belleza fuera necesariamente visible, evidente, obvia.

El problema con el gusto era que, aunque se dieran periodos de un amplio acuerdo dentro de las comunidades amantes del arte, éste surgía a partir de respuestas privadas, inmediatas y revocables ante las obras artísticas. Y el consenso, independientemente de su firmeza, nunca dejaba de ser local. Para enfrentarse a ese defecto, Kant —un universalizador consagrado— propuso una facultad de “juicio” distintiva, con principios discernibles de carácter general y permanente. Los gustos legislados por esta facultad de juicio —si se habían sujetado a una apropiada reflexión— serían propiedad de todos. Pero el “juicio” no tuvo el efecto que se tenía previsto de apuntalar el “gusto” o de volverlo, en cierto sentido, más democrático. El gusto como juicio normativo era difícil de aplicar por una razón: la conexión que establecía con las obras de arte consideradas incontestablemente bellas o grandes era sumamente débil, a diferencia de la que establecía el criterio del gusto más flexible y empírico. Y eso que el gusto es en la actualidad una noción mucho más frágil y vulnerable de lo que era a finales del siglo XVIII ¿El gusto de quién? O, expresado con insolencia: ¿Y quién lo dice?

A medida que la postura relativista en los asuntos culturales hacía una mayor presión sobre los viejos avalúos, las definiciones de belleza —las descripciones de su esencia— se fueron volviendo más vacías. La belleza ya no podía ser algo tan positivo como la armonía. Para Valéry, la naturaleza de la belleza es que no puede ser definida; la belleza es precisamente “lo inefable”.

El fracaso de la idea de belleza refleja el descrédito del prestigio del juicio mismo como algo que puede concebirse imparcial u objetivo, y no siempre al servicio de alguien o necesariamente autorreferencial. También refleja el descrédito de los discursos binarios dentro del arte. La belleza se define a sí misma como la antítesis de lo feo. Es obvio que no se puede decir que algo es bello si uno no está dispuesto a decir que algo es feo. Pero cada vez hay más y más tabúes a propósito de llamar a algo, lo que sea, feo. (Para una explicación, véase primero, no el ascenso de la noción “políticamente correcto”, sino la ideología en desarrollo del consumismo, y luego la complicidad entre ambas.) Lo que importa es encontrar lo bello en lo que no había sido hasta entonces percibido como bello (o la belleza dentro de la fealdad).

Del mismo modo, hay una resistencia cada vez mayor a la noción de “buen gusto”, es decir, a la dicotomía buen gusto/mal gusto, excepto en las ocasiones que permiten celebrar la derrota del esnobismo y el triunfo de lo que, con condescendencia, se consideraba “mal gusto”. Ahora, el buen gusto parece ser una noción más retrógrada aún que la idea de belleza. La literatura y el arte del modernismo estadounidense, difíciles y austeros, se perciben ya como pasados de moda, como una conspiración esnob. La innovación tiene que ver ahora con el relajamiento; la facilidad del E-Z Art actual le ha dado a todos luz verde. En el ambiente cultural que, en los últimos años, favorece el tipo de arte que es más accesible al usuario, lo bello parece ser, si no obvio, pretencioso. La belleza continúa recibiendo golpes en las llamadas, absurdamente, “guerras de nuestra cultura”.

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http://leedor.com/2016/01/16/susan-sontag-lucida-y-original-lectura-de-la-vida-americana/