El cuento de la abuela


Una vez tuve dos abuelas, algo rarísimo en mi familia porque nunca cumplimos con los requisitos mínimos de parentesco. Pero sí, una vez tuve dos abuelas. 

Una era sevillana. Dejé de verla a los tres años. En mi recuerdo fue siempre una mujerona de mal genio, con el pelo blanco repeinao y el grito fácil. Le ponía yerbabuena al cocido, caminaba despacio y por esas cosas de la vida y de nuestra singular genética, cuando volví a verla yo tenía veintinueve años de repente y ella casi dos mil. 

Me encontraba de paso por Sevilla y me pareció un momento tan malo como cualquier otro para tocar timbre en una casa donde supe ser nieta de alguien a quien todos llamaban doña Ana. En el portero eléctrico pregunté por una hermana mía que creció contracorriente ahí mismo. Ya digo que lo nuestro no es la inercia. Mi abuela a sus casi dos mil años no escuchaba bien, pero me abrió el portal donde una niña con mi nombre había caminado de la mano de un señor que intentó brevemente ser mi padre. 

Almodóvar mediante subí la escalera hasta el primer piso y me recibió una señora de casi dos mil años, flaquita, flaquita, doblada a la mitad, con poca vista y sorda. Eso era todo lo que quedaba de aquella mujerona andaluza a la que temí durante años. 

Como la vida no es una película, no me reconoció. Y yo no tuve ganas de explicarme. Pensé que si le decía que era una de las hijas de su hijo se pondría a llorar y quizá hasta contenta. Pero también podía precipitar su muerte y no consideré que fuera mi objetivo esa mañana. Inventé ser amiga de esa hermana que tengo medio a medias y pregunté si tenía algún teléfono donde localizarla. Mi abuela sevillana sacó varios papeles de un cajón donde aparecían nombres y números o números sin nombre. Uno era de mi hermana. Anoté, agradecí y me fui sin darle un beso porque a cuento de qué. 

Poco después ingresó en uno de esos geriátricos donde vamos a esperar la muerte viendo tele y calculo que ya le habrá llegado.

La otra abuela era castellana e incordió lo suyo hasta que terminó en uno de esos geriátricos donde vamos a esperar la muerte viendo tele. Me enteré de su final años después por la esquela de un periódico donde aparecía mi nombre junto al de otras personas con las que comparto ADN. 

La vida, no me canso de escribirlo, no siempre se parece al cine. 




m.trigo