Cheever

"La sensación de miedo, al menos de falta de valor, asociada con la reconstrucción de pensamientos y acciones, probablemente está vinculada con el miedo a destruir la propia utilidad como artista. Pero la utilidad del artista varía con el tiempo, y puesto que se trata de horas y días de la propia vida, ¿qué se puede hacer sino recordarlas aunque en ocasiones parezcan inútiles? Te has perdido en el bosque. Sabes cómo funciona la mente. Cuando te das cuenta de que estás perdido, la memoria reacciona con una especie de estoica alegría. Podría ser mucho peor, piensas. Tienes ropa de abrigo, fósforos secos, media taza de agua en la cantimplora. Seguro que si tienes que pasar dos o tres días a la intemperie, sobrevivirás. Debes dominar el pánico. Tus ojos y tu mente deben conservarse serenos y alerta. En menos de una hora, tu serenidad obtiene recompensa. ¡El camino! Sangre nueva parece invadir tu corazón. Tus fuerzas y tu aliento renacen. Claro que te has demorado, pero si vas a buen paso, llegarás a la orilla donde dejaste el bote antes del anochecer. Mantienes el paso. La vista clavada en la senda angosta. No te detienes a beber, ni a fumar, ni a descansar. Caminas hasta que cae la tarde, y al ver que la luz se desvanece, te detienes a escuchar, porque estás seguro de que ya deberías oír el oleaje. El lugar donde te has detenido te resulta conocido. Reconoces el roble caído, la roca, el tocón. Miras a tu alrededor. Ahí está la pesada cesta que abandonaste al mediodía. Has vuelto al lugar donde descubriste que estabas perdido. El júbilo en el corazón, las fuerzas renovadas, la ilusión de acercarte  a la costa, todo lo que te ha levantado el ánimo durante la tarde ha sido un espejismo. Te has perdido y anochece. Muchos de mis personajes están en esta situación. Decides acampar y piensas que tu situación podría ser mucho peor. Pero al parecer no soy capaz de sacarlos del bosque o de transformar el mundo en un bosque. Mis hijos están perdidos, pero en un mundo en que casi todos los demás parecen conocer su camino. Se rebelan con fervor contra su marginación, como seres perdidos. Parecen víctimas de un desequilibrio entre el valor y la sabiduría. La alegría superficial de los perdidos, su fétida compasión, su devoción a las cuerdas profundas de la risa, a las caras bondadosas en salones iluminados, no parecen una resolución moral o estética competente". 

"Recuerdos de la pasión del otoño anterior, cuando el amor hacía olvidar las grietas en el techo y el polvo bajo la cama, y cómo todo terminó en rencor y desconcierto. Pero estas no son las cosas que nos matarán. Es como el hombre que, en medio de la angustia del vértigo, muere atropellado por un taxi. No tengo tiempo que perder, pero pierdo los días". 

"Lo que llamamos pena o dolor suele ser nuestra incapacidad para entablar una relación viable con el mundo, con este paraíso perdido. A veces comprendemos las razones, a veces no. A veces, al despertar, descubrimos que la lente de aumento que magnifica la excelencia del mundo y sus habitantes está rota".

John Cheever

Diarios, ed. Emecé, Buenos Aires, 2007 (1990)