Cuando el mundo era un tren

y no un mapa,
y había más arena y menos bancos
y todo eran las olas
y no el tiempo ni excusas,
razones ni ordenados,
el amor conocido era distinto.
Para empezar, sin nombre.
Para empezar, sin verbo.
No era suma de cuerpos
o restos de naufragio.
No era caja de plata con cenizas
o eternidad de un día.
Era el amor quizá cuestión del viento.
No parecía entonces cosa seria
y sin miedo se daba y recibía,
sin miedo se moría
y nadie lo enterraba.
Era la vida corta pero gratis
y era el dolor preciso. No se ahorraba.

Y nosotros jamás.

m.trigo