Pequeña colección

Están los que conquistan
a diestra y a siniestra
porque saben que en casa
les planchan la camisa.

Están los que se saben codiciados
por hordas de niñitas desalmadas
e ignoran los presagios
y se piensan eternos y agradables.

Están los que sonrojan desde lejos
y avergüenzan la especie
y consumen paciencia e ilusiones
como otros hacen hijos o se van.

Están los casadísimos,
los tan correctos padres de familia
que provocan sospechas y dan tos
en mesas saturadas de formales.

Están los convenientes,
los menos deseados,
extraños hombres buenos
que algunas atesoran.

Están los preferidos para el sexo,
con los que no se habla
ni se aspira al suspiro.
Atienden emergencias.

Están los que revuelven por inercia
y entienden cualquier cosa
y son impuntuales, torpes, lentos
y nunca acaban bien.

Están los que enamoran para nada.
Inspiran discos, versos
y ganas de ser otra. O de viajar.
De olvidar las excusas. Y el horror.

Y estás vos, corazón.
Desertor de quien sabe cuántas patrias,
ajeno a los patrones, horarios y deseos.
Campo minado. Broma. Pesadilla.