Amar lo que se hace (y viceversa)

Obligados a pensar en estos días, una vez más - y otra vez esta vez, la vez de siempre -, en las muchas razones que nos traen y nos llevan de la calle a la escena, se convierten las pocas certidumbres en todo un mecanismo digno de cubo mágico. Sortilegio en colores al que darle mil vueltas mientras afuera llueve y se nos va la luz.

¿Alcanza con empeño? ¿Con talento? ¿Con ganas y un deseo desmedido?

Se ejerce el escenario y sus desvíos como un amor cualquiera. Te mandes de cabeza, víctima de un flechazo, o le des muchas vueltas y vayas despacito, o estás hasta las manos o estás frito. Si no amás lo que hacés en ese rato - mirá que es rato largo, que no hay proceso breve y corta una función como un cuchillo - mejor echa a correr, mudá el esfuerzo, aguantate las ganas, ya irás a tropezar con otro extraño cuerpo que habilite el deseo.

Tan fácil de decir y qué complejo a veces darse cuenta. No mentirse de más ni echar de menos.
Tan fácil de explicar y qué difícil olvidar lo aprendido, no enredarse con miedos y desganas, con dudas desmedidas y fuerzas implacables que censuran las flores y la idea. No hay crítico peor que ese censor astuto que siempre va por dentro, con su traje arrugado y sus malos modales, reventando la fiesta antes de medianoche. Cada quien tiene el suyo. Su demonio. Y está bien que así sea. Se crece en las batallas contra ellos. Tienen razón de ser.

Solamente un recuerdo: todo amor, por imposible y loco que se pinte, debe ser disfrutado y compartido.

¿Nos llueven obviedades?
Quizá sí. Nadie dice que esto sirva para mucho.