Mintamos

Digamos, por ejemplo, que el tiempo en los aviones no envejece. Retuerce a su capricho, simplemente, nuestras ganas de ser distintos, lejos. Deja en barbecho restos de esperanza. Sin cuándo, paraqués o cómo y dónde. También hace posible que vos estés presente entre las nubes como un dios de dibujos animados y se te cuente todo, tantísimo secreto acumulado, cada pecado tonto y diminuto, cuentos sin happy end.

Mintamos porque gusta.

Afirmemos entonces que nadie es más tormenta de verano que quien acá se fuga. Contenida, feliz y silenciosa hasta el momento exacto en que se truena el mundo. Y entonces la promesa de diluvio y el tiempo como borde fronterizo y besos de portal mientras se saltan charcos y no hay canción que valga pero suena.

Mintamos porque sí.

Porque a final de cuentas no hay gota que nos colme la paciencia, ni vaso en el que ahogarse, ni nada es para es tanto ni dura para siempre ni sirve para todo ni nos mata de amor. Pero se quiere igual. Porque la nada avanza. Vanguardia clandestina que no agrupa talentos pero firma el pan de cada día en todo desayuno que se precie.

Mintamos porque ayuda.

Dirás, quién sabe cómo, que la vida te ocupa demasiado, no quepo en tu bolsillo, te lleno de cafés, miento fatal, padezco de nostalgias y exagero. Y tendrás la razón. Y no te servirá para ignorarme. No firmarás contratos prenupciales pero comerás postre.

O sea, traduzcamos: no te compro camisas ni de lino, pero aprendes igual la incierta geografía de mi nombre sin darle muchas vueltas al mapa del abismo.    



m.trigo