millón de margaritas

a todo vos posible


A vos se te quería
quizá porque callabas,
y en los recreos nunca
me pegaste
y tu nombre era tierno
como una espiga verde.


A vos supe quererte
en medio de la risa
de los otros.
Sin importarme nada
que vos me despreciaras,
sacaras mejor nota
o entendieras tantísimo
esos problemas crudos
en clave matemática
en los que yo moría.
Fue breve nuestro amor.
Duró un colegio.


A vos te amé seis años
en silencio.
Fuiste mi delincuente
favorito.
Repetidor de curso
y el mejor futbolista
de la clase.
Paseaste mi nombre
en esos pocos meses
que te duró el cariño.
El verano llegó
y otra niña más grande
robó tu corazón.
Y yo fui desde entonces
tu amante discretísima.
Aprendí a escribir cartas
aunque no respondieras
y a soñar con cambiarte
para que fueras bueno.
Dicen que ahora sos árbitro
y que estuviste preso.
Y yo suelo soñarte.
Todavía.


Vos fuiste el mejor hombre.
Nuestro humor creció fuerte
y alimentó un amor
incuestionable
que nos hizo felices
y mejores.
Y tuviste razón.
Y a vos regreso.

A vos te quise, amor.
Y a vos te quiero.
Porque sos el principio
de todos mis finales.
Y no terminas nunca.
Y fuiste mis razones
para incendiar el mundo
conocido.
Donde yo terminaba
estabas vos.
Y sigues.


Y vos, mi cínico divino,
hombrecito tan serio
que no supo qué hacer
con mis versos obscenos
cuando saliste huyendo
para luego decirme
qué valiente.

Me ayudaste a llorar,
me cuidaste de lejos
y fuiste en una noche
todo lo inesperado
de la vida.
A veces te recuerdo
y me pregunto.


Con usted fue distinto.
Fue empezar. Y fue bueno.
Pero la vida es larga.
Y nosotros muy breves.


Y vos, altísimo y lejano,
del todo incompatible,
absurdo de los pies
a la cabeza.
Llegaste cuando nadie
te esperaba.
Y no acierto a perderte
por más que contradiga.



A todos, como supe,
los amé para siempre.

Duró así de poquito.