La química del amor

Una es chica de letras
y entiende poco y nada.

Pero dicen los sabios más precisos
que no te quiero, amor. Es otra cosa.

Un cocktail molotov de pura química.

Resulta que te pienso
tan mucho mucho y tan seguido,
no porque vos me importes
más de lo conveniente
y necesario,
sino porque estoy "obse",
baja en serotonina, me concretan.

Y no te extraño, amor, a cada rato,
porque tu ausencia duela,
es doña dopamina
quien impone sus mañas de artificio
y orienta mi deseo hacia tus brazos.

Y todos mis recuerdos
de precisión pictórica
volcada sobre vos,
tus ojos y tus manos,
y ese modo británico,
invencible,
de ignorar mis asedios,
no son más que resaca
de norepirefrina.

También dicen, amor,
que no es que yo te quiera
por sobre tantas cosas,
contra viento y marea,
y todas esas olas
que provoca tu paso
por mi vera.

Es sólo que persigo,
aplicada y serena,
como perra pavlov
bien educada,
la rara recompensa
de verte sonreír
cuando me ves perdida
de antemano,
del todo atolondrada
en tu presencia,
masticando una frase
como chicle,
respirando despacio
por las dudas,
sintiéndome una nena
de seis años
que va a echarse a llorar
si no la miras.

Aspiro a tu sonrisa
y a tus labios
como otras a un contrato
de laburo.

Y no me importa nada
sabernos imposibles
y lejanos.

Y muy menos que nada
me importan todas ellas,
las otras, y la tuya.

Son mera adversidad.
Del todo necesarias
para que yo persista
en amar tu estatura
a contramano.

Efectos especiales
del amor.
Concreto y conocido:
el "romeo y julieta".

Mirá vos, qué graciosos
los tan sabios científicos,
con cuánta puntería
la pedrada en la frente.

Ellos miran, traducen,
la intensa actividad
de mi cerebro
en gráficos y sumas,
colores, decimales,
y vienen a decirme,
para que esté tranquila,
que está todo muy bien,
es lo normal,
yo no te quiero a vos,
sólo busco al modelo
despistado
que enriquezca y perpetúe
mi ADN.

Mirá vos qué graciosos
los tan sabios científicos.
No saben los muchachos
lo muy poco que aspiro
a perpetuarme.

Nadie es perfecto, claro,
pero venían bien.

En todo lo demás
no se equivocan.

Mi cerebro mantiene
batallas con tu química
desde hace mucho tiempo.

No es amor, es verdad,
es un experimento.
Todo es prueba y error
y aprendizaje.

El proceso es tan largo
y fascinante
que a ver quién va y le dice
a mi cerebro
que deje de drogarse
con tu nombre.

Dirás que no entendés
de lo que hablo.

Para eso está el video.
Acá me explican.