La película


no tiene título.

Podría ser francesa o alemana. Es una de esas pelis donde sucede poco pero como ese poco le sucede a una mujer, de buenas a primeras parece interesante y uno se pone a verla sin muchas pretensiones. Porque se está de paso, o no hay nada mejor o no hace sueño.

Sucede la película.

Esta mujer cualquiera que se parece a todas y a ninguna también está de paso. Camina mucho rato. Sobre vías de tren, a veces por caminos donde cruza algún perro o una oveja, y luego en la ciudad. Una ciudad cualquiera.

No conoce la prisa, no va a ninguna parte. Nunca nos enteramos de qué le paso antes, así que imaginamos que alguien la quiso mal, o acaso se cansó de ser quien era, abandonó a algún hijo, mató a un padre terrible. No importa demasiado. Alguna de esas cosas son posibles porque parece triste y hay algo en su mirada de cansancio excesivo.

Si ella supiera cómo, dejaría de ser. Pero no tiene idea. Así que sigue estando.

Tiene plata consigo. No sabemos de dónde. Lleva uno de esos bolsos de cuero envejecido donde reina el desorden. Tiene un libro que lee y que subraya. Se sienta en los cafés. Finge leer a veces mientras observa al resto. Le llaman la atención las cosas más absurdas. Junta sobres de azúcar donde escribe las fechas.

En algunos momentos parece que sonríe pero es un gesto extraño muy poco practicado.

De noche se da un baño. Sin espuma. Claramente no entiende que ese cuerpo es el suyo. Quisiera ser distinta. Suponemos.

Sabemos de repente que morirá al final de la película. De un modo inesperado. Y no queremos verlo. No queremos saber más que ella. No queremos seguir ahí cuando lleguen los créditos y ella se haya marchado.

Y la dejamos sola.

Hacemos zapping.