JGR

"Los alumnos de la especialidad han aprendido con los años a formar una piña en el fondo del proceloso mar de la Academia, a sentirse parte de una estirpe de marginados plenamente conscientes de su superioridad, a integrarse en un espacio seguro y protector donde nadie se sorprenda de sus capacidades, donde nadie se burle de sus intereses intelectuales y donde nadie pregunte constantemente aquello de esto que- estudias-para-qué-sirve.

Sus maestros son, claro, gentes de orden. Ellos, tristísimos, malencarados y aburridos profesores con previsible pinta de profesor, con sus anticuados pantalones de tergal y sus camisas rayadas que les han comprado sus mujeres, con sus chalecos de punto y sus americanas pobres, con sus gafas de montura metálica y sus ojillos diminutos, con sus inevitables estudios en el seminario, con sus declinaciones a cuestas y sus aoristos. O por el contrario, tipos modernos con coleta y pendiente, transgresores empollones que abandonaron el Derecho y la Economía, y se pasaron al lado oscuro de la fuerza, dejando a sus padres compuestos y sin más solución que decir: «pero al menos, hijo, a ver si llegas a catedrático».

Ellas, con sus trajes de chaqueta de corte clásico, con sus rímeles excesivos bajo sus gafas de diseño, con sus divorcios o sus solterías, con sus bolsas de la compra colmadas de verduras, de carpacho de ternera y de queso en lonchas, con sus proyectos de investigación sobre poetisas arcaicas poco feministas o sobre variaciones textuales en códices ilegibles. O hippies coloristas con largas faldas étnicas de volantes, con sandalias de cuero y colgantes exagerados, con el pelo recogido en coletas casual o suelto y rizado como quien no quiere la cosa; niñas listas con altísimas notas en la prueba de selectividad que tienen vocación de maestras y ganas de cambiar el mundo".

Javier García Rodríguez.

"Verlaine, campanas de Verlaine (Chritsmas campus tale)", en El cuaderno, n°40.

Revista completa: http://issuu.com/elcuadernocultural/docs/elcuaderno40