J. L. G.


(...) Ahora se estila más el cine social, el tejido humano, el melodrama de tintes poéticos, la mala conciencia y la liquidación de la deuda externa. El cine de vanguardia ya no se lleva o se lleva de otra forma. Gestualmente alternativo, a la americana, rudimentariamente sentilmental a la europea. De mucho sufrir. El desafío intelectual resulta pedante, frío, pasado de moda. Han muerto las precauciones, el vértigo, el arte por el arte, el cine por el cine. Hay que sentir, en el estómago, en los huesos, en el corazón. En eso estamos; sufrimos mucho, pensamos poco.

De un tiempo a esta parte tengo la sensación de que la gente se cree las películas como si fueran ciertas. Tengo la sensación también de que cuanto más pretende acercarse el cine a la realidad, más se aleja del cine. (...)

A Godard le llámabamos God, que es Dios en inglés; también a Bergman le llamábamos Dios. Ninguno de los dos se enfadaba. Nos tomábamos el asunto rematadamente en serio. No es que nos tomásemos en serio a nosotros mismos (tal vez un poco, pero no sin rubor), les tomábamos en serio a ellos. Aún lo hago. La energía que derrochábamos no nos impedía ver la ironía implícita en la pelea. Y sin embargo nada se tomaba a la ligera. No las llamábamos películas, lo llamábamos cine. Son dos cosas distintas que por momentos se juntan, se superponen, pero también se distancian y en ocasiones se enfrentan, y es lo uno o lo otro. (...) El cine que vemos, y con frecuencia el que hacemos, se ha vuelto plano e inofensivo, falsamente domesticado, sin esquinas. Ignora su propia naturaleza, se reduce, se encoge. No se cuestiona nada dentro de su propio sistema y pretende saberlo todo de la vida real. Qué confusión. Habría que dejar la vida tranquila, la realidad se basta sola, no necesita que la reproduzcan, sino que la incomoden. ¿Y qué hay del cine? ¿Dónde está? Si Hitchcock levantara la cabeza...

Ray Loriga.

"J.L.G., en Días aún más extraños, ed. El Aleph, Barcelona, 2007.