In medias res

El final es el mismo. Muy abierto en canal, sin fucking happy end, ni música agudísima legitimando falsas importancias.

Lo que cambia es el medio. El relleno del pavo, del pollo o del cretino a cuerda que acampa algunos días en ese monoambiente donde habita la fuerza del deseo clandestino.


Aunque no lo explicita la receta, el principio es la guinda del pastel, la crema de la torta, el quid de los empachos. El fin se ve venir, como todo paisaje que rueda por la cuesta, pero el principio no. Alcanza para el caso un portazo en la cara, un email sin respuesta, un regalo del todo desmedido. Hay quien cruza la calle y pierde los papeles por una mujercita a la que nunca más. Y están las que suspiran para siempre por aquel delgaducho del colegio que escupía en su cuello en clase de dibujo. El comienzo es sencillo. Crece cual malahierba en el jardín del fondo.

El medio, ese relleno, la duración del plato que todos quieren único, es decir, desbordante de salsa y de promesas, es decir,  indigesto, y a largo plazo germen de muchos platos rotos, insomnios y mentiras, varía en sus especias y mil presentaciones. Sale en sandwich o al plato. Con hojitas de menta decorando el costado y dibujos de aceto. Al horno, a la parrilla, al punto o desagrando. La sal siempre es al gusto. Y el gusto, ya se sabe, no coincide. El sabor es misterio extravagante muy poco criticado. (Se mastica y se traga cada mierda por no pecar de inculto o desalmado en el medio del cuento que se vive...)

Al fin, un bien común, bicabornato a mano para todos. Dos o tres tragos largos antes de ir a dormir para evitar la justa pesadilla bien ganada por andarse metiendo cualquier cosa en la boca. Algunos votimamos inevitablemente antes de que amanezca y el día nos anuncie que el narrador nos tiene abandonados.

No hay de qué preocuparse.
Con el último espasmo se concede también el merecido olvido.

m.trigo