La película que no se ve

Así se títula un excelente libro de J. Claude Carrièrre sobre el arte de contar historias a través del cine. Acá algunos fragmentos de su lucidez.

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El verdadero peligro consiste en creer que la técnica es suficiente y que el virtuosismo puede suplantar a la idea.

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Cuanto más envejezco más admiro a los artistas que saben disimular todas sus habilidades, que evitan cuidadosamente los golpes de efecto, que huyen de los subrayados. Me gusta que sus investigaciones vayan por otro lado: el misterio, la concentración, la intensidad vital, cualidades menos espectaculares pero a la vez menos frecuentes.

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No basta con la realidad. Es necesario que la imaginación se inserte en ella y la pervierta, o por lo menos le de una nueva forma.

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El guión es el sueño y la infancia es el film.

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Todos los buenos actores lo saben: llega un momento en el que hay que lanzarse, como las mariposas atraídas por la llama, en lo que bien puede ser un viaje sin retorno. El conocimiento del personaje sólo se da al precio de este riesgo.

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Nadie está obligado a embarcarse en la narración de un relato, pero aquel que lo haga debe ser consciente de las obligaciones que contrae con ello. Lejos de la ilusoria libertad, todo empieza en una disciplina estricta. Sólo a partir de ella el autor podrá dejar sitio para su expresión personal.

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Como todas las experiencias de este mundo el cine nos remite a nosotros mismos. (...) Lo consideramos un espectáculo, mientras que en realidad forma parte de nuestra manera de vestir, de nuestro comportamiento, de nuestro físico, de nuestras ideas, de nuestros deseos y terrores.

A medida que penetramos en nuestro teatro interior, vamos siendo más conscientes de la miopía en que vivimos, de lo poco que sabemos de nosotros mismos.

J. Claude Carrièrre, La película que no se ve, ed. Paidós, 1997.