La playa by Fresán

Siempre me intrigó –mejor dicho: siempre me desilusionó– el que en las playas ondearan banderines y banderas advirtiendo de la conducta psicótica y bipolar de las aguas, de sus peligros ciertos y mansedumbres engañosas pero que, además, no existiese un sistema de señales similar para advertir de los riesgos y amenazas acechando ahí al lado, en la supuesta tierra firme, en las arenas eternamente movedizas. Porque, después de todo, qué es lo que te puede ocurrir entre las olas: ¿perder el traje de baño?, ¿que te pique una medusa?, ¿no poder salir del agua por un rato hasta que remita una inoportuna pero acaso justificada erección?, ¿realizar, con cierta retroinfantil culpa y regocijo, una o dos funciones corporales?, ¿que un tiburón te arranque una pierna?, ¿sufrir un calambre y ahogarte? Poca cosa, escasas posibilidades narrativas, casi microrrelatos.

En la playa, en cambio, sucede de todo. Infinitas tramas. En la playa no sólo te quemás las plantas de los pies. O te roban el reloj o tu hijo te entierra vivo. O te estafan en un bar. O se aplaude para avisar que un hijo de otro se ha perdido. O se comprende de una buena vez –en la en la prisión del aire libre, a la vista de todos y de todas– qué era eso de la propia decadencia física. En la playa es donde se oye más fuerte y más claro el opiáceo canto de las sirenas. En la playa puede achicharrarse tu piel por falta de protección solar, pero, al mismo tiempo, puede arder tu cerebro y tu corazón hasta consumirse. En la playa es donde la amplitud del horizonte incita a tener visiones. En la playa no hay límites.


¿Por qué, entonces, hay salvavidas que te arrancan del abrazo traicionero de las corrientes marinas y no salvavidas que se acerquen a uno y le expliquen por qué que es mejor no aceptar la invitación a cenar de esa pareja de noruegos platinados del bungalow Nº 5? Y levante la mano quien, real y simbólicamente, no haya tirado la toalla y sacado ampollas y sentido, en una playa, que se acabó el amor y empezó el odio para de inmediato, insolado, tomar una de esas decisiones que, más que tomarse, se devoran para que, enseguida, te devoren.

Sí, la playa es el lugar del que surgimos hace milenios y el lugar al que volvemos para que esparzan nuestras cenizas.


La playa –y no el espacio– es la verdadera última frontera que no deja de expandirse.

Así, no creerle nunca a esos carteles que rezan “Fin de playa” porque –podemos verlo– la playa sigue y sigue y, como se advierte en esos mapas antiguos de la conquista, “Más allá hay monstruos”.

Y más acá también.

RODRIGO FRESÁN.

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