Sin principio ni fin

Pensando.

Que las historias que nos tienen como personajes, ya seamos protagonistas o secundarios, rara vez terminan. Ni bien ni mal.

Es eso. Hoy se nos ocurre que sea eso.
No hay the end certero. Acaso todo sean infinitos paréntesis y elipsis que nos llevan, como esos ríos que aparecen y desaparecen en paisajes silenciosos.
Y puntos suspensivos...

Y algún punto y aparte.

Eso explicaría las misteriosas reapariciones de ciertas personas. El raro ejercicio de memoria que implica interrogarse sobre un pasado que ahora ya sabemos inventado. ¿Cuándo nos vimos por última vez? ¿Quiénes éramos entonces? ¿Y esos que éramos ya tenían alguna idea de lo que nos esperaba? ¿Una parte recóndita de nuestro inconsciente ya sabía entonces que después de un tiempo nos encontraríamos así, siendo estos de ahora que se creen tan distintos, cansados y posibles?

La vida como un relato de David Foster Wallace, donde la nota al pie nos abre un mundo.

Opciones infinitas:

irse de vacaciones a un paréntesis, llevarnos el apunte de un modo más fiable, confiar mansamente en ese narrador que nos acosa con su torpe omnisciencia, reconocer que no sabemos nada, avanzar en azares dejando que la causalidad sea cosa de los otros, los que entienden mejor la mecánica aguda del calendario, mantienen una agenda puntillosa y borran los contactos como allá en las pirámides se desaparecía a algunos faraones, condenándolos a no haber existido.

Pensando.

Que todos somos personajes. De nuestra breve historia, donde nunca sabemos quién es el asesino, pero también de otras, de otros muchos relatos, vidas extraordinarias donde estamos de paso, apenas unos días de rodaje, unas muy pocas páginas de diálogo improvisado... Y quién sabe. Quizá alguien nos recuerde por esas pocas líneas, quizá ese sea nuestro mejor papel, nuestro gran personaje, ese para el que no nos preparamos, un reemplazo de última hora, esa escena del todo inesperada donde no se dudó y, como el mejor Bruce Willis, supimos qué hacer y qué decir en el momento exacto en que el relato volaba por los aires.