Sinsentido.

Hay días como éste en los que nada pareciera servir de mucho. De nada. Días en los que peleamos con lo peor de nuestra inercia. Momentos en los que no recordamos el motivo para estar de este lado de las cosas, atrapados en el fondo de este espejo que todo distorsiona. ¿O acaso lo revela? Quién sabe.

Los días sinsentido son días en los que nada ni nadie pinta mucho. Y uno menos que nadie, menos que todos juntos. Son días oscuros pese al sol afuera. Días de zumbido propio de caldera averida porque ni el silencio se nos da, nada se regala o aproxima.

En días como este dan ganas, muchas ganas, de pegar volantazo, salirse de la vía, romper una vez más lo que ya armamos, gritarle al universo que no importa una mierda, que sí, que nos reímos, que sí, que lo entendemos, que todo duele un huevo pero nada es lo mismo.

Los días sinsentido no sabemos quién somos o a qué fuimos llamados. Hacemos sólo esto. Este tiro al vacío, este gesto consuelo, simulacro que luego queda en nada pero ordena. Cadena de sentido. Salvación de la historia narrativa. Todo lo que puede contarse se comprende, nos decimos.

Pero está lo demás. Debajo, al fondo de. Cubierto de cristales y cenizas. Confuso y agotado. Está todo lo otro, lo que no tiene forma de palabra, lo que es apenas eso, la angustia inevitable, el no poder moverse o respirar sin temer que de pronto nos olviden, nos condenen a no haber existido.