¿Los reconocen?

Hay un público de teatro particularmente imbécil. Es ese que acude a ver una obra de la que ha oído hablar mucho, quizá demasiado, quizá demasiado bien. Dicho sujeto acumula antes de llegar al teatro - suponemos que desde el momento en el que una fuerza superior lo posee obligándole a comprar su entrada-, toda una serie de reproches que desea confirmar. Sabe que llegará a la sala y la escenografía le dejará indiferente o no será apropiada, será demasiado obvia o poco cuidada. Sabe de antemano que el argumento no le interesa y que no se identificará con nada de lo planteado. Sabe, porque así lo espera, que los actores no le gustarán. Que serán demasiado esto o muy poco aquello. En definitiva, este sujeto está de vuelta de todo, no va a dejarse sorprender, no reirá las gracias, no cederá a la emoción, no encontrará nada porque ese es su deseo, a eso ha ido.

Nuestra pregunta es: ¿muy señores nuestros, por qué no se quedan en casa o se gastan la plata de la entrada en sanas cervezas? ¿Cuál es la morbosa necesidad de torturarse con algo que no les interesa? ¿Qué perversa satisfacción encuentran en el hecho de ver algo que le gustó a tanta gente y poder ser el que diga, "sí, la vi y  no me gustó para nada porque...". Cae por su propio peso pero conviene señalar que este público tan especial normalmente tiene un gran defecto: se dedica al teatro y, si las estadísticas nos lo permitieran veríamos que sus trabajos son un asco.

Francamente, es una triste pérdida de tiempo para ellos y pasan desapercibidos, no obstante celebramos desde acá su valiente negativa a aplaudir para que al menos el vecino de butaca se entere de su opinión. El que no se consuela es porque no quiere.

Mammmamía, que mala malita mala que es la verde envidia.