Saramago (16 de noviembre de 1922 - 18 de junio de 2010)

Escribo para comprender, y desearía que el lector hiciera lo mismo, es decir, que leyera para comprender. ¿Comprender qué? No para comprender en la línea que yo estoy tratando de hacerlo; él tiene sus propios motivos y razones para comprender algo, pero ese algo lo determina él. Lo que no quiero es que se quede en la superficie de la página. Cuando alguien está en una lectura y levanta la mirada como si estuviera aprendiendo con mucho más intensidad lo que acaba de leer, es el momento en el que ese alguien está totalmente involucrado, como si pensara: esto es mío, esto tiene que ver conmigo. Uno saca de la lectura lo que necesita.


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Si alguien considera que el pasado está muerto es un poco tonto. El pasado nunca está muerto por una razón muy sencilla porque nosotros somos pasado, estamos hechos de pasado, no estamos hechos de presente, que realmente no existe, ni de futuro, que no sabemos lo que es. El pasado continúa en cada uno de los hombres, en la lengua, en la cultura, en la historia, en las costumbres. Todo eso es el pasado.
 
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Y yo pregunto a los economistas políticos, a los moralistas, si ya han calculado el número de individuos que es necesario condenar a la miseria, al trabajo desproporcionado, a la desmoralización, a la infamia, a la ignorancia crapulosa, a la desgracia invencible, a la penuria absoluta, para producir un rico.
 
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Los hay que se pasan toda la vida leyendo sin haber llegado nunca a ir más allá de la lectura, se quedan pegados a la página, no se dan cuenta que las palabras no son más que piedras puestas para atravesar la corriente de un río, si están es para que podamos llegar a la otra ribera, la otra ribera es lo que cuenta, Si no es que, Si no es que qué, Si no es que estos ríos no tienen dos riberas, sino muchas, que cada persona que lee es, ella misma, su propia ribera, y que es suya, sólo de ella, la ribera donde habrá que llegar.
 
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