El jodido inspector de salas teatrales

Entre los muchos absurdos trabajos inventados desde el operativo estatal para ejercer un raro paternalismo autoritario muy fuera de lugar, en algún momento post Cromañón aparecieron las siniestras figuras de los inspectores de teatros. No se sabe cuántos son, ni qué cursillo de fin de semana polivalente sobre leyes, medidas de seguridad, higiene, educación sexual y / o cómo ser bombero sin ver nunca un fuego... han tomado estos señores, señoras o señoritas. Se desconoce cuál es su formación, su sueldo, de quién son amigos o con quién se han acostado para pegar el laburo. Lo cierto es que existen.

Todos los que conocen a alguien con una sala de teatro saben cómo se manejan. Para empezar, como si de una redada a delincuentes se tratara, aparecen sin previo aviso, lo que implica, por ejemplo, que no encuentren a nadie y los citen obligatoriamente - sin que su vida importe - como si ya se hubiera fallado en algo por el mero hecho de no estar 24hs. al día en el lugar de trabajo. Atenderles en el momento supone que la actividad cotidiana de ese espacio se interrumpa para que estos sujetos puedan ver las instalaciones y comprobar que todo cumpla "la ley". Algunos caen con esa ley bajo el brazo y cuando se quiere razonar con ellos, rebuscan en la letra pequeña sus razones para estar ahí diciéndote a vos cómo debe ser las cosas.

Han llegado a querer interrumpir funciones y seguro que alguno lo ha conseguido. Dan por sentado que su trabajo es mucho más importante que el de las salas y los grupos de teatro. No tienen ni idea de lo que hay detrás de una función para veinte espectadores. Muchos de esos espacios se manejan en unas dimensiones mínimas y una infraestructura ajustadísima y el detener una función o suspenderla sólo porque un inspector se niega a esperar a que termine para cumplir con su grandísimo deber de chupatintas no sólo es una enorme falta de respeto si no una meada muy fuera del tiesto.

Estos supuestos inspectores del Gobierno de la Ciudad aseguran estar ahí para que se cumplan las normas pero, sobre todo, para que no se repita otro Cromañón. Todas las salas de teatro - algunas mucho más que otras, ojo. (¿Pasan por el San Martín estos señores?) - son absurdamente examinadas con lupa a la luz de aquella desgracia. No se tienen en cuenta las muchas diferencias y se menosprecia el sentido común de los ciudadanos. Somos todos tan idiotas que necesitamos que nos rescaten de nosotros mismos, de nuestra necesidad de acudir al teatro.

Los supuestos inspectores no hacen otra cosa que buscar "lo que no funciona". De más está decir que según los señores o las señoras que caigan al lugar la ley varía. Ninguno la conoce realmente, mucho depende de su ánimo y nada del sentido común porque brilla por su ausencia.

Cada pequeña sala de teatro es un mundo y cada una debería ser visitada con respeto, atención y cuidado. Mejor sería que se planteran su trabajo menos como una manera de proteger a la gente - nadie quiere superhéroes - y más como un modo de ayudar a que los reductos de interés cultural se mantengan. Por mucho que se quieran unificar criterios legalmente, todos sabemos que la excepción se impone y cada caso debiera ser único. Sabemos que esto es imposible, no somos ingenuos. Nos gustaría contar, simplemente, con un poco de respeto. No somos delincuentes por mucho que ustedes lo piensen.

¿Alguien se acuerda de aquella temporada en la que todas las salas se vieron obligadas a instalar máquinas expendedoras de preservativos en sus baños? Nunca se supo quién se inventó el negocio pero el chiste les costó mucho dinero a los teatros. Muchos incluso las compraron y ahí están ahora como un recuerdo absurdo del capricho de algún hijodeputa con gran despacho que, sin duda, hizo el negocio. Esperemos que la próxima vez que el Estado se preocupe por nuestra vida sexual sea para regalar condones, anticonceptivos y aprobar el aborto, por ejemplo.

Queridas salas, no parece que se pueda hacer gran cosa. Sigan luchando por habilitarse. Ahorren desde ya para la inevitable coima en el camino y sigan comprando extintores a la salud de todos.

Señores inspectores, dejénse de joder y encuentren un laburo de verdad. ¿Por qué no toman un cursillo para ser inspector del transporte público? Eso sí que sería ayudar a los ciudadanos.