Seguir acá y así, como si nada,


después de tanta fiesta, en medio de esta pausa eterna y veraniega donde nada parece ser demasiado cierto, donde todo se extraña y se enrarece sin que nos demos cuenta.

Trato de superar este raro letargo y sus borrascas con palabras ajenas. Berta Piñán dirige, yo acompaño.

LA LLETRA B

María contónos que l'americana compró-y un calzón vieyu de llin del difuntu Baltasar que, total, nun valía dos riales, díxonos. Taben les dos a la puerta casa y depués ella invitóla a entrar pa la cocina y a café que nun diben tar ellí papando fríu como dos pasmarotes. Tomaren anís y María contaba que-y daba como apuru vende-y aquel calzón comíu polos años y polos ratos pero l'americana explicó-ylo mui bien, que yera pa un asunto de ropa vieyo de llugares remotos y a María prestáren-y pola vida les coses que-y contó aquella muyer y cómo falaba de raro, que se mataba de la risa d'oyila. Por eso-y vendió'l calzón de Baltasar y porque-y dio pola gana y porque taba farta de guardar n'arcón los recuerdos de un home estrañu, comíu pol tiempu. Taben les dos sentaes na mesa grande, asina que María pañó del caxón una aguya fina y tiró del filo azulao que dibuxaba a puntu cruz una B mayúscula na pernera del calzón y un segundu más tarde la lletra esfízose como ceniza nes sos manes, como los años d'una vida, pensó ella. Después díxonos qu'aquel día sintióse más moza y tola tarde tuvo ganes de bailar.

(La letra B/ María nos contó que la americana le compró un calzón de lino del difunto Baltasar, que, total, no valía dos reales, nos dijo. Estaban las dos en la puerta de casa y después ella la invitó a entrar hasta la cocina y a café y que no iban a estar allí cogiendo frío como dos pasmarotes. Tomaron anís y María nos contaba que le había dado como apuro venderle aquel calzón comido por los años y por los ratones, pero la americana se lo explicó muy bien, que era para un asunto de ropa vieja de lugares remotos y a María le gustaron muchísimo las cosas que le decía aquella mujer , y cómo hablaba de raro, que se moría de la risa de oírla. Por eso le vendió el calzón de Baltasar y porque le dio la gana y porque estaba harta de guardar en el arca los recuerdos de un hombre extraño, comido por el tiempo. Estaban sentadas las dos en la mesa grande, así que María cogió del cajón una aguja fina y tiró del hilo azulado que dibujaba a punto de cruz una B mayúscula en la pernera del calzón y un segundo más tarde la letra se deshizo como ceniza entre sus manos, como los años de una vida pensó ella.Después nos dijo que aquel día se había sentido más joven y toda la tarde había tenido ganas de bailar).


Collecha
Sin duldes foi un bon añu
de collecha. La nueche cálido sorprendíanos
cansos y felices. Los tomates esguilaben
en güertu, tres la casa, y tu aportabes de tarde
con maniegos de piescos, de cirueles.
Alredor nuestro sentíemos el pulsu precisu
de los díes y la tierra ofrecíase a nosotros
como un cuerpu de carnes xeneroses. Yera branu
entós y aquel añu nin siquier hubo tormentes.
Tovía teníemos la memoria.
Sabíemos nada de la muerte.

(Cosecha./Sin duda fue un buen año/ de cosecha. La noche cálida nos sorprendía/ cansados y felices. Los tomates trepaban/ en el huerto, tras la casa, y tú llegabas de tarde/ con cestos de manzanas, de ciruelas./A nuestro alrededor sentíamos el pulso preciso/ de los días y la tierra se nos ofrecía/ como un cuerpo de carnes generosas. Era verano/ entonces y aquel año ni tan siquiera hubo tormentas./ Aún teníamos limpia la memoria./Sabíamos nada de la muerte).


Berta Piñán, Noches de incendios (1985-2000), Trea Poesía, Gijón, 2005.