Hablar de las cigüeñas

que ya no saben dónde está París,
y del tiempo de lluvia
cuando el amor se cansa
y no queda paciencia,
y de la mala baba
y la incierta desgana
por casi cada cosa
que nos propone el mundo.

Decir que para qué
tanta deshora,
tanta espuma en la leche,
tanto cigarro en mano
con un frío de muerte
que nos dejaba raros,
ahí, sin happy end.

Protestar por la idiota
primavera,
por la prisa de tantos
y la alergia,
por la estación de tren
abandonada
donde no llorar más.

Decir adiós sabiendo
que mentimos
y hablar de las cigüeñas
como si hiciera mucho
que soñamos con esto,
con esta poca fe
en los atardeceres
de aeropuerto.