Esta ciudad, París, tiene sus cosas.


Esta ciudad Cortázar,
esta gris primavera de señuelos intactos
y graffitis históricos,
de insensatez por tiempo abandonado.

Esta ciudad buhardilla y cobertizo,
callejón despiadado de un continente anciano,
esta ciudad sombrero de las luces,
atardecer de cuántos centenarios,
milagrosa sonrisa en retirada,
emperatriz de un sueño de conquista
en un metro cincuenta de estatura,
en tierna Notre Dame
de gárgola en su tinta y en su sangre,
de tan dorada luz cuando aparece.
Esta ciudad de leyes y secretos,
de azules principescos y delfines,
de tan acento en qué,
de hermosas Cenicientas que caminan
y encuentran qué decir a media tarde,
tan trémulas las sombras de una infancia
entre tejados serios y palomas idiotas
y ministros de un dios desconocido
que ha llegado hasta aquí.

Esta ciudad castillo que no nos pertenece
ni nos quiere,
y nos hace guardar rotas costumbres
como a una flor de lis fuera de emblema.